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Las patatas fritas perfectas no dependen solo de tener un buen aceite. El secreto para que queden crujientes por fuera y tiernas por dentro es controlar el almidón y no intentar hacer toda la cocción de una sola vez. Cuando las patatas entran directamente en aceite muy caliente, el exterior se puede dorar demasiado rápido mientras el interior todavía queda duro. La técnica más fiable consiste en lavarlas bien después de cortarlas, secarlas completamente y freírlas dos veces a temperaturas diferentes. Es un paso más, pero cambia el resultado.

Unas buenas patatas fritas se hacen con calma y sin prisa

Primero, hay que eliminar el exceso de almidón

Una vez cortadas en bastones regulares, conviene poner las patatas en un bol con agua fría durante veinte o treinta minutos. El agua se vuelve turbia porque arrastra parte del almidón superficial. Este exceso de almidón puede favorecer que las patatas se peguen entre ellas y que se doren de manera irregular. Después del remojo, se tienen que enjuagar y, sobre todo, secar bien con un trapo limpio o papel de cocina. Si entran húmedas en el aceite, salpicarán y costará mucho más conseguir una superficie realmente crujiente.

Patatas fritas. Foto: Pexels

La primera fritura se tiene que hacer a temperatura moderada, alrededor de los 150 o 160 grados. En esta fase no buscamos color, sino cocer el interior. Las patatas tienen que quedar blandas, pálidas y flexibles, pero sin llegar a romperse. Según el grosor, pueden necesitar entre cinco y siete minutos. Después se retiran, se escurren y se dejan reposar. Este descanso permite que el vapor interno salga y que la superficie pierda humedad, un detalle esencial para la segunda cocción.

La segunda fritura crea la costra crujiente

Cuando las patatas ya están cocidas por dentro, se aumenta la temperatura del aceite hasta los 180 o 190 grados. Entonces se vuelven a freír durante un par de minutos, justo hasta que cojan un color dorado intenso. Ahora sí, la superficie se deshidrata rápidamente y forma aquella costra fina y crujiente que contrasta con el interior tierno. Es importante no llenar demasiado la sartén o la freidora, porque si ponemos muchas patatas de golpe la temperatura baja y acabarán absorbiendo más aceite.

La sal se tiene que añadir inmediatamente después de sacarlas, mientras todavía están calientes y tienen un poco de grasa en la superficie para que se adhiera bien. También conviene servirlas enseguida: a medida que reposan, el vapor del interior migra hacia fuera y va ablandando la costra. Por eso las mejores patatas fritas son siempre las que llegan directamente del aceite al plato.

Esta técnica funciona porque separa dos fases que a menudo intentamos resolver a la vez: cocer la patata y dorarla. La primera fritura cocina el interior; la segunda, más corta e intensa, transforma la superficie. Si, además, las patatas se han lavado, secado bien y frito en pequeñas tandas, el resultado es mucho más constante. No hace falta ningún ingrediente extraño ni ningún truco complicado: solo agua fría, dos temperaturas y un poco de paciencia. Con estos pasos, las patatas dejan de quedar blandas o demasiado tostadas y consiguen ese punto difícil de imitar: crujientes al morderlas y cremosas en el centro.