Cuando pensamos en Sigmund Freud solemos imaginar divanes, teoría del inconsciente y tratados sobre los sueños, pero rara vez reparamos en sus hábitos cotidianos, incluida su relación con la comida. Sin embargo, diversos testimonios y biografías recogen detalles curiosos sobre su alimentación, que reflejan tanto su personalidad meticulosa como el contexto cultural de la Viena de finales del siglo XIX y principios del XX. Lejos de ser un sibarita, Freud mantenía rutinas bastante austeras, preferencias muy marcadas y una dieta más bien sencilla, acorde con su carácter disciplinado.
La dieta de Sigmund Freud
Entre los aspectos más llamativos está su inclinación por la carne hervida, una preparación típica de la cocina centroeuropea de la época. En Viena era habitual consumir carnes cocidas lentamente en caldo, como el conocido Tafelspitz, un plato tradicional que formaba parte del recetario local. Freud prefería este tipo de elaboraciones simples, sin demasiadas especias ni salsas complejas, lo que encaja con una alimentación sobria, poco dada a extravagancias y centrada en platos tradicionales. Esta elección también podía estar relacionada con cuestiones digestivas, ya que la carne hervida resulta más fácil de asimilar que otras preparaciones más grasas.

Otro rasgo curioso es su conocida animadversión hacia ciertos alimentos, entre ellos el pollo y la coliflor. Aunque no existen tratados extensos dedicados a sus gustos culinarios, cartas y recuerdos de personas cercanas señalan que evitaba estos productos. Este rechazo podría explicarse por preferencias personales o por experiencias concretas, pero lo cierto es que formaba parte de una lista de manías alimentarias que revelan un carácter exigente y selectivo incluso en lo cotidiano.
No existen tratados extensos dedicados a sus gustos culinarios
Más allá de estos detalles, la dieta de Freud no era especialmente variada ni sofisticada. Como muchos intelectuales de su tiempo, solía realizar comidas estructuradas, con horarios bastante regulares, y no mostraba especial interés por innovaciones gastronómicas. Su estilo de vida estaba más marcado por el trabajo intenso y el consumo elevado de café y puros que por el disfrute culinario. De hecho, su afición al tabaco es uno de los aspectos más documentados de su biografía, influyendo incluso en su salud en etapas posteriores.
La alimentación en la Viena imperial combinaba influencias austrohúngaras con tradiciones centroeuropeas, lo que daba lugar a platos contundentes y ricos en carnes, sopas y repostería. Freud se movía dentro de ese marco cultural, pero sin destacar por un gusto refinado. Su relación con la comida parecía responder más a la necesidad que al placer, reflejando una personalidad concentrada en la reflexión intelectual, el análisis clínico y la disciplina diaria.

Aunque su legado se vincula al psicoanálisis y a la comprensión profunda de la mente humana, sus hábitos alimentarios muestran una faceta más doméstica y humana. Incluso en algo tan simple como la comida, Freud dejaba ver sus preferencias firmes, su carácter estructurado y su manera particular de entender la vida cotidiana.