Usamos muchas expresiones sin pensar demasiado en lo que dicen de verdad. Frases que salen solas, que sirven para cerrar una conversación, zanjar una discusión o dejar claro que no hay marcha atrás. “S’ha acabat el bròquil” es una de esas. La soltamos cuando ya no hay nada más que negociar y cuando el tema está finiquitado. Y lo curioso es que, aunque hoy la usemos en contextos muy distintos, su origen es tan literal como gastronómico. La historia la ha recuperado recientemente una creadora de contenido centrada en la cultura catalana y nos lleva directos al siglo XIX, a una Barcelona muy distinta de la actual, pero con algo en común: la importancia de comer bien y hacerlo en comunidad.

Una fonda en la calle de la Boqueria

En aquella época, la calle de la Boqueria no era solo un lugar de paso. Estaba llena de fondas y casas de comidas donde se servían platos tradicionales, sencillos y pensados para alimentar a mucha gente. Eran locales frecuentados por trabajadores, comerciantes y viajeros. Nada de cartas infinitas ni elecciones complicadas: había lo que había y se comía lo que tocaba ese día. Además, las cantidades no eran las de ahora y los platos solían agotarse rápidamente. Para no ir repitiendo y que todo el mundo se enterase bien, cada vez que se terminaba un plato se gritaba bien fuerte. Uno de los platos más demandados era el brócoli, por lo que el “se ha acabado el brócoli” era un grito que se escuchaba a diario.

Bròquil / Foto: Pexels
Brócoli en la olla. / Foto: Pexels

Como ocurre con muchas expresiones populares, la frase empezó a salir de su contexto original. Lo que nació como un mensaje para los comensales pasó a usarse en otros ámbitos para expresar que algo se había terminado del todo: una oportunidad, una paciencia, una discusión, un privilegio. El salto fue natural. Si en la fonda significaba que no había más plato, en la vida diaria empezó a significar que no había más margen. Y así, de boca en boca, la expresión fue quedándose. Primero en la ciudad, luego en todo el territorio, hasta llegar intacta a nuestros días. Hoy casi nadie piensa en una verdura cuando la dice. Pero el sentido sigue siendo el mismo: no hay más, se acabó.

La comida sirve para medir, comparar, exagerar y explicar emociones. Y lo hace de una forma muy visual, muy directa, que no necesita explicación

La comida protagonista

Este no es un caso aislado. El lenguaje está lleno de expresiones que nacen en la cocina, en la mesa o alrededor de los alimentos. No es casualidad. Durante siglos, comer no fue una experiencia aspiracional ni gourmet, sino una necesidad diaria compartida por todos. Y aquello que todos entendían era el mejor material para crear frases que funcionaran. Por eso hablamos de algo claro como el agua cuando no admite dudas, decimos que algo es pan comido cuando resulta fácil o soltamos un me importa un pimiento cuando algo nos da exactamente igual. También damos calabazas, ponemos toda la carne en el asador o decimos que algo es más blanco que la leche.

La comida sirve para medir, comparar, exagerar y explicar emociones. Y lo hace de una forma muy visual, muy directa, que no necesita explicación. Quizá por eso estas expresiones nos resultan tan naturales. Porque, igual que muchas recetas tradicionales, no necesitan reinventarse para seguir funcionando. Se adaptan al contexto, pero mantienen su esencia. Al final, el lenguaje y la cocina se parecen más de lo que pensamos. Ambos nacen de la necesidad, se transmiten de generación en generación y sobreviven porque dicen mucho con muy poco. Y en este caso, cuando algo se termina de verdad, no hace falta añadir nada más: "s’ha acabat el bròquil".