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Cuando preparas un guiso, dejar la carne más tiempo al fuego o añadirle más agua no siempre es la mejor manera de conseguir que quede tierna. El resultado depende mucho del corte escogido, de la cantidad de colágeno y de la temperatura, pero también hay una técnica previa muy sencilla que puede ayudar especialmente cuando trabajamos con piezas que tienden a quedar más secas: dejar la carne unos minutos en una mezcla de agua y maicena. Esta preparación crea una capa fina alrededor de la superficie y ayuda a conservar mejor la humedad durante la cocción. Por cada 500 gramos de carne, se puede preparar una mezcla aproximada de dos vasos de agua y una cucharada de maicena, dejar los trozos unos 15 minutos y escurrirlos bien antes de empezar a cocinar. Es un recurso fácil, económico y especialmente útil cuando quieres asegurar una textura más agradable sin complicar mucho la receta.

Con un pequeño truco los guisos pueden quedar mucho más buenos

El secreto antes de poner la carne en la cazuela

Una vez escurrida, conviene secar ligeramente la superficie para que la carne pueda dorarse correctamente. Este paso es importante porque el contacto directo con una cazuela bien caliente favorece las reacciones de Maillard, responsables del color tostado y de buena parte de los aromas del guiso. Contrariamente a una creencia muy extendida, sellar la carne no cierra literalmente los jugos en el interior, pero sí que aporta mucha más profundidad de sabor y una textura exterior más interesante.

Carne guisada. Pexels

También hay otras técnicas que pueden funcionar según la receta. Algunos cocineros dejan la carne brevemente en leche o yogur, mientras que otros utilizan marinadas con vino, hierbas o ingredientes ligeramente ácidos. El bicarbonato también puede modificar la textura superficial, pero hay que usarlo con mucha moderación porque un exceso puede alterar el gusto y dejar una sensación poco agradable.

Otro factor importante es el tamaño de los trozos. Si son demasiado pequeños, se pueden resecar antes de que el tejido conjuntivo se haya ablandado. Por eso, en estofados largos acostumbra a funcionar mejor cortar la carne en piezas regulares y no excesivamente pequeñas. También conviene no llenar demasiado la cazuela cuando se dora, porque si los trozos quedan amontonados liberarán vapor y, en lugar de dorarse, empezarán a cocerse.

La cocción lenta sigue siendo imprescindible

Una vez la carne entra en el guiso, la paciencia sigue siendo importante. Los cortes ricos en colágeno necesitan tiempo para que este tejido se transforme progresivamente en gelatina y la carne adquiera esa textura melosa que buscamos. La mejor estrategia es mantener una cocción suave, sin hervir violentamente, y dejar que el proceso avance de manera constante.

La sal tampoco se debe considerar el enemigo. Añadirla al principio no hace automáticamente que la carne quede dura; lo más importante es controlar bien la temperatura, el tiempo y la cantidad de líquido. Si el fuego es demasiado fuerte, las fibras se pueden contraer y el resultado será menos agradable aunque el guiso haya estado muchas horas en la cazuela. Finalmente, dejar reposar el guiso unos minutos antes de servir ayuda a que los sabores se asienten y que la salsa recupere una textura más homogénea. Así, la combinación de una breve preparación con maicena, un buen dorado y una cocción tranquila puede marcar mucha más diferencia que simplemente añadir agua o alargar el fuego indefinidamente.