Decir que has estado en un restaurante Michelin es un comodín con el que siempre quedas bien, una carta con la que presumir, una experiencia que siempre impacta y que da mucha conversación. Se queda de persona que controla en el tema gastronomía (y en el económico también). Pero es algo que no siempre está al alcance. Ya sea porque no te puedes gastar los 500 o 600 euros que cuesta un menú degustación en uno de estos restaurantes o porque no tienen ninguno a mano al que ir a celebrar las ocasiones especiales. Para que, aun así, todos estemos pendientes de lo que dice esta prestigiosa guía, Michelin amplía su campo de acción. Sin salir de la gastronomía, pero valorando algo que todos podemos adquirir: una botella de vino
Del plato a la copa
Tras estrellas y llaves, llegan ahora los racimos Michelin. Y es que, la Guía Michelin ha anunciado la creación de un nuevo sistema de valoración exclusivo para el mundo del vino, una clasificación propia que pone el foco directamente en los viñedos y en el trabajo que hay detrás de cada botella. La noticia se dio a conocer en una comparecencia ante la prensa en la que Gwendal Poullennec, director de la Guía Michelin, explicó el objetivo de esta nueva distinción. La idea es clara: ofrecer a los aficionados al vino y a la gastronomía un nuevo referente que permita reconocer, con un lenguaje comprensible y jerarquizado, el trabajo de los productores vitícolas. Porque si el consumidor ya entiende lo que significa una estrella Michelin en un restaurante, ¿por qué no trasladar ese mismo sistema de lectura al vino?
Cómo funcionan los racimos Michelin
El nuevo sistema se articula en cuatro niveles, pensados para ser claros y fácilmente reconocibles:
- Un racimo: viñedos de gran calidad.
- Dos racimos: viñedos considerados de excelencia.
- Tres racimos: casas que alcanzan la categoría de excepción.
- Mención “recomendado”: para aquellos viñedos que no llegan al primer nivel, pero merecen ser destacados.
No se trata de una puntuación numérica ni de una nota técnica al uso. Es una clasificación cualitativa, pensada para orientar tanto al aficionado curioso como al enoturista que busca experiencias concretas. Uno de los puntos clave de este nuevo sistema es cómo se evalúa. Michelin no va a catar una botella aislada ni a premiar una añada concreta. El foco está en el conjunto y en la coherencia del proyecto. Es decir, aquí cuenta todo el proceso, desde la uva hasta la botella, dando así protagonismo a todos los que trabajan en una bodega.
Así, palabras como terroir o los diferentes tipos de uva o, incluso, los sistemas de producción entran en la ecuación a la hora de valorar un sorbo de estos apreciados caldos. Para otorgar los racimos, la guía tendrá en cuenta cinco criterios fundamentales:
- La calidad agronómica, es decir, el trabajo en el viñedo.
- El dominio técnico en la bodega, cómo se elaboran los vinos.
- La identidad del vino, aquello que lo hace reconocible y único.
- El equilibrio, tanto en estilo como en resultado final.
- La constancia a lo largo de varias añadas, un punto clave para evitar modas pasajeras.
Un equipo de expertos de la Guía Michelin será el encargado de visitar los viñedos y realizar las evaluaciones. Según explicó Poullennec, el proceso busca garantizar independencia y rigor, dos palabras que Michelin cuida especialmente porque forman parte de su prestigio. Las primeras evaluaciones no serán globales. Michelin comenzará por dos regiones históricas del vino francés (juega en casa): Burdeos y Borgoña. Los resultados se darán a conocer en 2026, durante dos eventos distintos cuyas fechas aún no han sido anunciadas, pero que ya han levantado una expectación máxima.
La intención, eso sí, es clara: ampliar el sistema a otras regiones vinícolas, primero dentro de Francia y después en otros países. Seguro que los de España están ya en su radar y es que el nivel es altísimo. Solo hay que visitar algunas de sus bodegas para saber que los críticos de Michelin están ya deseando cruzar la frontera.
