Cuarenta y ocho horas antes de que se tuviera que votar en el Parlament la enmienda a la totalidad de los presupuestos catalanes, el president Salvador Illa ha dado su brazo a torcer. Ha retirado las cuentas públicas que su gobierno aprobó en la reunión extraordinaria del Consell Executiu del pasado 27 de febrero y que, el mismo día, la consellera de Economia, Alícia Romero, entró en la Cámara legislativa. Se explique como se explique, Illa no ha conseguido su objetivo, puesto que había puesto todo su empeño y su confianza en que Esquerra cedería, aunque fuera en el tiempo de descuento. El president había apostado muy fuerte y es indiscutible que la jugada no le ha salido como pensaba. Ha habido, por parte del PSC, un error de cálculo nada pequeño, aunque el disponer del poder le otorgue numerosas plataformas para maquillarlo. Pero también ha habido una negativa radical por parte de Oriol Junqueras a subirse a un tren que, lejos de lo que muchos pensaban, carecía de alicientes y también intuía que, internamente, le restaría más que le sumaría.
Al menos, hay cinco razones para que se haya llegado a este fracaso. En primer lugar, un cálculo equivocado sobre ganancias y pérdidas de cada parte. Era obvio que el Govern, con unos nuevos presupuestos, resolvía buena parte de sus problemas en la presente legislatura. Después de acceder a la presidencia, en agosto de 2024, con un triunfo inapelable pero con una mayoría parlamentaria inestable, la aprobación de las cuentas es una palanca perfecta para mantener vivo el relato de la estabilidad en Catalunya. Pero hay dos cosas que el PSC no puede asegurar y que son básicas para los republicanos: la transferencia de la gestión y recaudación del 100% del IRPF y la validación por el Tribunal Constitucional de la ley de amnistía, paso previo para que los dirigentes del procés juzgados y con sentencia firme se puedan acoger a ella. En consecuencia, con la aprobación de los presupuestos, los socialistas despejaban la navegación de la presente legislatura y los republicanos llenaban el cesto de las promesas y, por utilizar una expresión que se entienda, no alejaban las críticas mordaces de ser unos pagafantas.
Aprobando los presupuestos, los socialistas despejaban la legislatura, y los republicanos no alejaban las críticas de ser unos 'pagafantas'
El segundo argumento tiene que ver con los horizontes electorales y los inevitables cálculos partidistas. A la vuelta de Semana Santa, faltará poco más de un año para las elecciones municipales, pero es obvio que para los que están en la sala de máquinas de los partidos eso es a la vuelta de la esquina, aunque para los profanos no sea así. Será el inicio del nuevo ciclo político, que incorporará elecciones en España, como tope en julio del 2027, y en Catalunya, en mayo de 2028. Ninguno de los dos grandes partidos, PSC y Junts, se mueve con horizontes electorales optimistas, aunque es mucho peor el del partido de Carles Puigdemont por la amenaza de Aliança Catalana. Esquerra Republicana, en cambio, ya perdió buena parte de las plumas en las pasadas catalanas y ahora, en las encuestas, aparece con un pronóstico entre estable y de un mínimo crecimiento. Los socialistas catalanes sufren desgaste en el cinturón de Barcelona, donde Vox está muy fuerte y empieza a percibirse el empuje de la formación de Sílvia Orriols, que penetra por su crítica a la inmigración, no por la independencia, claro está.
La tercera explicación está relacionada con saber calibrar con precisión la importancia de los diferentes pesos en una decisión. En esta había, para Junqueras, al menos cuatro: aprobación de los presupuestos, posible convocatoria de elecciones, el indulto y la presidencia de Esquerra. No todos estaban a la vista, pero, como en una partida de billar americano, que se juega en una mesa que tiene seis agujeros, el principal es usar una bola blanca para golpear otras bolas numeradas y meterlas en las troneras siguiendo unas reglas específicas. En la mayoría de los reglamentos competitivos y recreativos, pierdes el juego automáticamente si en el tiro donde metes la bola negra (la 8) también entra la bola blanca en cualquier tronera. La única que no se podía ir por el agujero era la presidencia de Esquerra, que era el objetivo a preservar ineludiblemente. Los presupuestos, las elecciones o incluso el indulto, por determinante que sea, no pasaban, en ningún caso, por delante.
El cuarto argumento es el tiempo en que se producen las cosas. Esquerra nunca ha renunciado a la posibilidad de entrar en el Govern, pero para eso es necesario despejar antes la amnistía y las inhabilitaciones. ¿Eso puede pasar en junio? Puede pasar. Dependerá de muchos factores, también de cómo llegue este tema a la mesa de negociación, de la fuerza del president Illa y de Junqueras y de las exigencias y vetos que pueda haber. Es una carpeta aún por abrirse, pero que las dos partes saben que tienen encima de la mesa. En los últimos meses, las relaciones entre los dos socios de investidura habían mejorado sustancialmente, circunstancia que reconocían ambos sin ambages. Ahora, veremos. Es muy pronto para saber el poso que deja el desencuentro que se ha producido y si ambos son capaces de relativizarlo y mirar hacia delante. ¿El tripartito de izquierdas saldrá reforzado? Parece que no, pero me atrevería a aventurar que acabará siendo que sí.
Finalmente, y en quinto lugar, están los equilibrios internos en cada una de las dos organizaciones. No hay duda sobre los liderazgos de Illa y de Junqueras, pero es evidente que las aguas no bajan igual en ambas formaciones. Los socialistas catalanes cierran filas, sin ninguna fisura, alrededor del president por cultura política, pero también por realismo, ya que disponen de un poder cuasi absoluto en el país. Los republicanos aún tienen que pasar página de las últimas confrontaciones y hay núcleos del partido esperando un error de su presidente. Después está también el papel de la guardia pretoriana de Junqueras, que encabezan, por su posición en la organización, la secretaria general Elisenda Alamany, y el director general del partido, Lluís Salvadó, que ocupa un cargo de nueva creación dentro de la estructura del partido, diseñado para profesionalizar la gestión interna.
Por el pasado de Salvadó como secretario de Hacienda de la Generalitat durante el procés y su detención el 20 de septiembre de 2017 por la Guardia Civil, el Tribunal Superior de Justícia de Catalunya (TSJC), que instruye la causa contra él y Josep Maria Jové por delitos de malversación, prevaricación y desobediencia relacionados con el 1-O, mantiene el proceso paralizado a la espera de resoluciones de tribunales superiores. Pero el peso de Salvadó está al alza y el de Jové a la baja. El primero ha sido pieza clave en las negociaciones con el PSC y el segundo podría perder en los próximos meses su cargo de presidente del grupo de ERC en el Parlament en beneficio del exconseller Joan Ignasi Elena. En estas negociaciones con el Govern, Junqueras ha jugado el papel de poli malo, el que no iba a ceder si no se daba la cesión de la gestión del 100% IRPF, mientras que Salvadó ejercía de poli bueno. Pero, como en las mejores obras, el papel de cada uno puertas adentro era diferente, y nadie, y mucho menos Salvadó, ha intentado internamente convencer a Junqueras de que cambiara de opinión.