Hay cenas que resuelven el día con tres ingredientes sencillos y, sin embargo, llegan a la mesa con apariencia de receta trabajada. Este pastel rápido de calabacín, huevo y queso es un buen ejemplo: queda dorado por fuera, tierno y jugoso por dentro, se puede preparar en una sola sartén y admite casi cualquier queso que tengamos en la nevera. No es exactamente una tortilla, porque resulta más cremoso y ligero, pero tampoco exige encender el horno ni preparar una masa. El secreto consiste en eliminar bien el agua del calabacín, mezclarlo con los huevos y cocerlo lentamente para que cuaje sin resecarse.
Una cena sencilla, sana y más que deliciosa
El calabacín se debe cocinar antes de mezclarlo
Para preparar dos raciones necesitaremos un calabacín mediano, tres huevos, unos 80 gramos de queso rallado o cortado pequeño, sal, pimienta y un poco de aceite de oliva. Podemos utilizar mozzarella si buscamos una textura más hilante, emmental para obtener más sabor o queso de cabra si queremos un resultado intenso. También encajan hierbas como orégano, albahaca, perejil o tomillo.
Lavamos el calabacín y lo rallamos con la parte gruesa del rallador. No hace falta pelarlo, siempre que la piel esté en buen estado. Lo ponemos en un colador, le añadimos un poco de sal y lo dejamos reposar durante diez minutos. Este paso ayuda a extraer parte del agua. Después lo exprimimos bien con las manos o lo envolvemos con un trapo limpio y presionamos hasta que suelte el máximo de líquido posible.
Calentamos una sartén antiadherente con un chorrito pequeño de aceite y salteamos el calabacín durante cuatro o cinco minutos. No hace falta que quede dorado, pero sí que pierda la humedad y deje de tener textura cruda. Si lo mezcláramos directamente con los huevos, soltaría agua durante la cocción y la cena podría quedar blanda, aguada y difícil de girar. Mientras tanto, batimos los huevos en un bol con pimienta y muy poca sal, porque el queso ya la contiene. Incorporamos el calabacín tibio y aproximadamente dos terceras partes del queso. Removemos hasta obtener una mezcla homogénea, con suficiente huevo para unirlo todo, pero sin convertirla en una sopa líquida.
Cocción lenta para que quede tierno y dorado
Volvemos a poner la mezcla en la sartén, ligeramente engrasada, y la extendemos para que tenga el mismo grosor en todas partes. Esparcimos el resto del queso por encima, tapamos la sartén y lo cocinamos a fuego bajo entre ocho y diez minutos. La tapa retiene el calor y permite que la parte superior cuaje sin quemar la base. Cuando los bordes estén firmes y el centro solo tiemble ligeramente, podemos girar el pastel con la ayuda de un plato, como si fuera una tortilla. Lo dejamos dos o tres minutos más por el otro lado. También podemos evitar este paso y acabarlo tapado a fuego muy bajo, especialmente si hemos utilizado una sartén ancha y la preparación no es muy gruesa.
Antes de cortarlo, conviene dejarlo reposar cinco minutos. Así gana consistencia y el queso deja de salir completamente líquido. Se puede servir con una ensalada de tomate, unas rebanadas de pan tostado o una salsa rápida de yogur y limón.
El resultado parece más elaborado de lo que realmente es: una capa exterior dorada, un interior tierno y pequeñas zonas de queso fundido. Además, permite aprovechar restos de pollo, jamón, cebolla cocinada o espinacas. Con una única norma —quitar bien el agua del calabacín—, tres ingredientes cotidianos se convierten en una cena completa, económica y preparada en menos de media hora.
