Comer en el espacio no tiene nada que ver con sentarse a la mesa, abrir la nevera o servirse un plato caliente como en la Tierra. En la Estación Espacial Internacional (ISS), gestionada por agencias como la NASA y la European Space Agency, los astronautas no utilizan platos tradicionales ni disponen de frigoríficos convencionales. La razón es sencilla: en microgravedad, cualquier objeto suelto flota, las migas pueden dañar equipos sensibles y el espacio disponible es extremadamente limitado. Por eso, el sistema alimentario espacial está diseñado para ser ligero, seguro, estable a temperatura ambiente y fácil de manipular, lo que explica el protagonismo de la comida liofilizada y deshidratada.
Esto es lo que usan los astronautas para comer
La liofilización consiste en congelar un alimento y después eliminar casi toda su agua mediante un proceso de sublimación al vacío. El resultado es un producto muy ligero, con larga vida útil y que conserva buena parte de sus propiedades nutricionales. En el espacio, los astronautas rehidratan estos alimentos añadiendo agua caliente o fría a través de válvulas especiales integradas en los envases. Sopas, huevos revueltos, pasta o incluso postres pueden presentarse en este formato. Según explica la NASA en su documentación sobre sistemas alimentarios espaciales, reducir el contenido de agua es clave para disminuir el peso del cargamento y garantizar la seguridad microbiológica sin necesidad de refrigeración.
Además de alimentos liofilizados, se emplean productos termoestabilizados, similares a las conservas, que han sido sometidos a altas temperaturas para eliminar patógenos. Estos se presentan en bolsas selladas y pueden consumirse tras calentarlos en dispositivos específicos a bordo. También existen alimentos en forma natural que no requieren preparación, como frutos secos o tortillas especiales. De hecho, la tortilla se utiliza en lugar del pan tradicional porque no genera migas, un detalle crucial en un entorno donde las partículas flotantes podrían interferir con sistemas electrónicos.
El sistema alimentario espacial está diseñado para ser ligero, seguro, estable a temperatura ambiente y fácil de manipular
La ausencia de nevera no significa que la dieta sea pobre o improvisada. Antes de cada misión, los astronautas prueban y seleccionan sus menús dentro de un catálogo aprobado por nutricionistas. La planificación busca asegurar un aporte adecuado de calorías, proteínas, vitaminas y minerales, teniendo en cuenta que en microgravedad se produce pérdida de masa muscular y ósea. Por ello, la ingesta de proteínas y calcio está cuidadosamente controlada.
El agua utilizada para rehidratar alimentos proviene en parte de sistemas avanzados de reciclaje que recuperan humedad ambiental e incluso procesan fluidos corporales. Este circuito cerrado es esencial para misiones prolongadas. Según datos oficiales de la NASA, un astronauta puede consumir entre dos y tres kilos de comida al día, incluyendo líquidos, todo almacenado en compartimentos compactos y organizados.
Sin platos, sin cocina convencional y sin refrigeración, la alimentación espacial es un ejemplo de ingeniería aplicada a la supervivencia. La combinación de comida liofilizada, deshidratada y termoestabilizada demuestra que, incluso a 400 kilómetros de la Tierra, es posible mantener una dieta equilibrada adaptada a las condiciones extremas del espacio.
