Hay cocineros que trabajan el producto y los hay que lo transforman en lenguaje. El proyecto de Arnau Triola se mueve justo aquí: en este punto donde la técnica se encuentra con la idea y el gusto se convierte en relato. Desde el Empordà, Triola ha ido construyendo una trayectoria sólida, marcada por la exigencia y la precisión. Formado en entornos profesionales de nivel y con experiencia en competiciones internacionales como el World Chocolate Masters, su camino no responde solo a la voluntad de hacer bien las cosas, sino a la necesidad de encontrar una voz propia.

Hace pocos meses, nos ha presentado su nuevo proyecto: un obrador propio situado en la población que lo ha visto crecer, como persona y como profesional. Un regreso con sentido, donde todo toma más coherencia. Porque aquí no solo hay producción, hay raíz. Y es en este contexto que ha presentado su nueva gama de chocolates, después del éxito de la campaña de Navidad con sus turrones y de haber sido segundo clasificado en el II Campeonato Nacional de Turrón Creativo. Un reconocimiento que confirma el momento que vive: madurez, discurso e identidad.

El obrador: donde nace el discurso

Su obrador no es solo un espacio de producción. Es un espacio de pensamiento. Aquí, cada elaboración parte de una idea. De un concepto. De una pregunta. Trabajando desde una mirada bean to bar, Triola controla todo el proceso: desde el grano de cacao hasta la tableta final. Pero este control no es solo técnico, es narrativo. Porque lo que busca no es solo equilibrio o textura. Busca sentido. Y eso se nota en cada decisión: en los ingredientes, en las combinaciones, en la manera de construir cada chocolate. Todo tiene un porqué. Su colección es una declaración de intenciones. Cada pieza es un relato.

  • La Mentidera es quizás una de las más conceptuales: un chocolate blanco que parece negro. Algarroba y avellana para recordar aquel tiempo en que la algarroba sustituía el cacao. Un juego entre memoria y percepción, entre lo que parece y lo que es.
  • Con la Albina, el discurso se depura. Blanca, limpia, directa. Un punto de yogur aporta frescor y, la vainilla, visible, refuerza la idea de transparencia. Es un chocolate que no esconde nada.
  • La Picantona nos traslada a la primavera: campos en flor, fruta madura y el perfume de los pimenteros. Una combinación inesperada, pero coherente. Una sensación convertida en gusto.
  • Y con la Cabrona, el proyecto se arraiga definitivamente al territorio: cabra y rosa mosqueta, montaña y cultura rural dentro de una misma pieza. No es solo una combinación, es una manera de explicar de dónde venimos.

Cuando Triola trabaja el chocolate negro, el discurso se desnuda

Elaboración del chocolate de Arnau Triola. / Foto: Xevi F. Güell
Elaboración del chocolate de Arnau Triola. / Foto: Xevi F. Güell

Tradición reinterpretada

Una de las grandes virtudes de Triola es su capacidad de reinterpretar la tradición sin perder su esencia.

  • La Catalufa es un ejemplo claro: la crema catalana convertida en chocolate. Leche, caramelo, canela y cítricos, traducidos a un nuevo lenguaje, pero manteniendo intacto el recuerdo.
  • Con la Tronada, el discurso se vuelve más complejo: leche de oveja, té negro y la “Pólvora de Duc”, una mezcla de especias medieval. Una propuesta que conecta historia, territorio y técnica con una mirada contemporánea.
  • Y con la Matona, se rompe otro esquema: un chocolate con leche con un 60% de cacao. Intensa, directa, sin concesiones. Una manera de entender el chocolate con leche desde otro lugar.

Una cocina dulce que no se queda en el azúcar, sino que entra en el discurso. Porque sus chocolates no solo se comen. Se entienden. Se interpretan. Y sobre todo, se explican

Chocolate de Arnau Triola. / Foto: Xevi F. Güell
Chocolate de Arnau Triola. / Foto: Xevi F. Güell

Y cuando Triola trabaja el chocolate negro, el discurso se desnuda.

  • La Exótica (68%) deja hablar al cacao con sus notas naturales de fruta amarilla, evocando el níspero. Sin artificios.
  • La Matinera (70%) construye un puente entre territorio y ritual: sal de Taffoni y café. Mar y mañana, intensidad y cotidianidad.
  • La Arrelada (75%) nos lleva al bosque mediterráneo: pino, resina, paisaje. Un chocolate que casi se puede oler antes de probar.
  • Y la Infinita, la más extrema, busca el límite: el porcentaje más alto, la máxima concentración. Aquí no hay distracciones, solo cacao.

Una nueva manera de entender el chocolate

El proyecto de Arnau Triola no busca impresionar, busca conectar. Conectar con el territorio, con la memoria, con la manera de entender la gastronomía desde un lugar honesto. Una cocina dulce que no se queda en el azúcar, sino que entra en el discurso. Porque sus chocolates no solo se comen. Se entienden. Se interpretan. Y sobre todo, se explican. En un momento en que la gastronomía busca autenticidad, propuestas como esta tienen más sentido que nunca. Porque aquí, cada tableta es algo más que un producto: es una idea hecha gusto.