Vivir en otro país no solo implica aprender un idioma distinto, sino adaptarse a códigos sociales no escritos que, muchas veces, generan auténticos choques culturales. Hajime, un japonés residente en España, lo ha resumido con una frase tan directa como llamativa: “Los españoles convierten el tren en una discoteca”. Más allá de la exageración, su reflexión abre un debate interesante sobre el respeto en los espacios públicos y cómo algo cotidiano para unos puede resultar ofensivo para otros.

En Japón, el comportamiento en lugares compartidos como el transporte público está regido por una norma básica: no molestar al resto. En España, en cambio, la forma de relacionarnos con el entorno es mucho más expresiva, ruidosa y emocional. Dos maneras opuestas de entender la convivencia.

Silencio, normas no escritas y respeto colectivo en Japón

En el transporte público japonés, el silencio no es una imposición legal, sino una convención social profundamente interiorizada. Hablar por teléfono en el tren está mal visto, incluso considerado una falta de respeto. Los pasajeros ponen el móvil en modo silencio, hablan en voz muy baja y evitan cualquier comportamiento que pueda incomodar al resto.

Para Hajime, criado en ese contexto, el ruido no es solo una molestia: es una invasión del espacio ajeno. En Japón, el respeto se mide por la capacidad de autocontrol. Hacer ruido innecesario, reír a carcajadas o poner vídeos sin auriculares se interpreta como una señal de falta de educación y de consideración hacia los demás.

La pista de la sala Plató de la discoteca Big Ben (Alba Mor ACN)

Además, el metro japonés es un espacio donde se comparte el cansancio, no la energía. La gente duerme, lee o simplemente desconecta. El silencio es casi una forma de cortesía colectiva.

El tren como extensión del bar: la visión española

En España, la percepción es radicalmente distinta. El transporte público se vive como una prolongación de la vida social. Conversaciones en voz alta, risas, notas de audio reproducidas sin auriculares o grupos que comentan el día son escenas habituales. Para muchos españoles, esto no es una falta de respeto, sino una expresión natural de cercanía y espontaneidad.

Hajime reconoce que no se trata de mala intención, pero sí de una diferencia cultural profunda. Lo que para un español es “ambiente”, para un japonés puede ser vivido como caos. Cuando alguien grita en el vagón, pone música o habla por teléfono, el japonés no piensa “qué animado”, sino “está rompiendo la armonía”.

TMB, metro, tren, vagó, andén, L5, Plaza de Sants / Foto: Carlos Baglietto

Ahí es donde surge el conflicto: los españoles no perciben el ruido como una agresión, mientras que para muchos japoneses sí lo es. No porque sean más fríos, sino porque su concepto de respeto pasa por no destacar, no invadir y no imponer la propia presencia.

El testimonio de Hajime no pretende criticar, sino poner un espejo cultural. Recordarnos que nuestras costumbres, tan normales para nosotros, pueden resultar chocantes —e incluso irrespetuosas— para quienes vienen de sociedades donde el silencio también comunica.