En la actual guerra entre EE.UU/Israel e Irán, pueden entreverse dos lógicas yuxtapuestas, una de carácter local y otra de carácter global. También destaca el peso de tres factores genéricos: el tiempo, la historia y la geografía.

Por un lado, Israel encabeza la lógica local de la guerra. El objetivo es maximizar su seguridad regional a costa de minimizar la influencia de Irán en toda la región de Oriente Medio. Por otro lado, EE.UU. parece dirigido a reducir las potencialidades de China en el marco de la futura hegemonía geopolítica global. Son dos lógicas no coincidentes y que a medio plazo probablemente serán divergentes.

Ambos países tienen prisa en alcanzar sus objetivos (factor tiempo). Y es bien conocido que las prisas son la antesala de los errores. Israel ha visto una oportunidad en el debilitado estado iraní después de la intervención bélica del verano pasado y de la subsiguiente reacción ciudadana saldada con decenas de miles de muertos por el régimen teocrático de los ayatolás.

EE.UU. da un paso más al castigar a un socio clave de China: control del petróleo de este país y de sus reservas, las mayores del planeta y que podrían ampliarse con la zona de Esequibo, en la Guayana, reivindicada desde hace tiempo por Venezuela. Todo lo que perjudique y ralentice una posición dominante de China resulta estratégicamente conveniente para EE.UU.

La intervención estadounidense de limitarse a ataques aéreos parece hacer bueno el adagio inglés de “el gato que quiere pescado, pero no quiere mojarse las patas”. Parece claro que el objetivo de la guerra no es un cambio de régimen en Irán, muy difícil cuando parece que no se ha preparado ninguna oposición interna sólida ni se quiere una intervención militar sobre el terreno, sino debilitar el ascenso chino. La actual guerra se ha llevado a cabo a pesar de la oposición del principal mando del Pentágono, que no la recomendaba. Un caso que recuerda a la decisión de la democracia de Atenas (415 a. C.) de combatir a Siracusa, aliada de Esparta, en contra de lo que recomendaba el general Nicias, al que, como ahora, también se le encargó la dirección de esa fracasada expedición militar.

Siempre sorprende la aparente falta de información empírica de las administraciones estadounidenses en sus fracasos de política exterior (Vietnam, Irak, Afganistán). Por el contrario, China es "el Estado paciente": es difícil que cometa errores por precipitación.

Esta guerra nos retrotrae a conflictos anteriores en el mismo escenario (factores histórico y geográfico). Si repasamos un poco la historia, comprobamos que el territorio que por el norte va de los Cárpatos hasta la cordillera del Hindu Kush ha delimitado una sucesión de imperios y de Estados en los que ninguna potencia ha logrado la hegemonía. Un ámbito que constituye la base de una inestabilidad internacional desde hace siglos. Es el territorio de las tensiones balcánicas, entre romanos/bizantinos y persas aqueménidas/partos/persas sasánidas, entre turcos selyúcidas, mongoles, timúridas, otomanos, safávidas, etc., hasta la presencia de los imperialismos “ilustrados” (Gran Bretaña, Francia, EE.UU.) y, en menor medida, Rusia. La historia muestra una lucha permanente y nunca resuelta por el control de un territorio geográficamente muy complicado y culturalmente muy diverso.

Tras decenas de miles de muertos, básicamente iraníes y libaneses —además de los anteriores muertos gazatíes—, lo más probable es que, de hecho, al final nadie haya ganado esta guerra. Irán no la puede ganar, pero en este caso, resistir es no perderla. Y EE.UU. habrá hecho un gran gasto de recursos sin poder cambiar el marco general de la región.

La historia muestra una lucha permanente y nunca resuelta por el control de un territorio geográficamente muy complicado y culturalmente muy diverso

El orden internacional de la segunda posguerra y sus equilibrios se están evaporando ante nuestros ojos. Europa queda aún más marginada internacionalmente de lo que ella misma se ha marginado. Los conflictos bélicos actuales (principalmente Ucrania, Gaza e Irán) así lo expresan. Por muy lamentable que sea, las apelaciones europeas a un orden internacional basado en normas e instituciones (Naciones Unidas, Tribunal Penal Internacional, etc.) quedan postergadas en momentos de crisis. La legitimidad de los derechos humanos es superior a la del derecho internacional. Hoy se constata, una vez más, que el mundo internacional no se basa en pretendidas reglas prescriptivas, sino en equilibrios fácticos de poderes. Las reglas tratan de legitimar posteriormente estos equilibrios a través de tratados y de un lenguaje con vocación universalista… hasta que, por diversas razones, viejos intereses y nuevas correlaciones de fuerzas las dejan desnudas.

En un libro ya clásico, Eastward to Tartary (Rumbo a Tartaria), Robert Kaplan muestra cómo los Cárpatos suponen la frontera entre el imperio austrohúngaro y el imperio otomano en el extremo occidental de este territorio geográfico (esta división sigue latente hoy en los indicadores de desarrollo de los Estados de las dos áreas). Yendo hacia el este, Turquía, los estados del Cáucaso (Georgia, Armenia, Azerbaiyán), la “gran Siria”, Líbano, Israel, Jordania, Egipto y la península arábiga, Irán, Turkmenistán y Afganistán hasta llegar al Hindu Kush, delimitan los territorios más llenos de historia, invasiones y complejidad étnica, nacional y cultural del planeta. Tiflis, la capital de Georgia, ha sido destruida veintinueve veces.

Dice Kaplan, creo que sabiamente: “El cosmopolitismo debe ir siempre unido a la memoria”; “la historia sigue siendo la mejor guía para conocer lo que nos espera”. Conocer qué pasa y por qué pasa es la base del conocimiento científico. Pero creo que resulta crucial entender también cómo pensamos y desde dónde pensamos lo que pasa antes de realizar afirmaciones sobre lo que debería pasar.

En la vida a menudo hace falta realismo para entender que te has equivocado. A pesar de una cierta superioridad autoatribuida, los occidentales también tenemos límites mentales que nos impiden analizar bien el mundo. No nos damos mucha cuenta, pero Europa —tal y como subraya J. Quinn en Cómo el mundo creó Occidente— fue una creación asiática. Grecia y Roma son productos que beben del este, precisamente de las culturas de la zona delimitada por las cordilleras del título de este artículo.

Los dioses se conocieron en los puertos del comercio del Mediterráneo, el Índico y el Pacífico. A pesar del "redescubrimiento" de América a finales del siglo XV, hacía siglos que los principales hitos del "progreso", la ciencia, la tecnología, el comercio y la cultura estaban lejos de las ciudades europeas. Estaban en Persia, la India, China o en el islam medieval. La visión o reconstrucción eurocéntrica sobre la historia, incluido el propio término “Oriente Próximo”, el Renacimiento o la Ilustración, no deja de ser una reconstrucción bastante local. Algunos pensadores críticos, como Aron, Berlin o Taylor, han incidido en la cuestión desde una perspectiva más filosófica. Se trata de un tema importante y complejo, además de analíticamente apasionante. Quizás hablemos de ello otro día.