Leyendo la mayoría de los medios de comunicación de Madrid, escuchando los que se denominan a sí mismas radios nacionales o bien viendo cualquiera de las televisiones estatales, Pedro Sánchez ha pasado de ser una mosca cojonera que impide a Mariano Rajoy gobernar España a ser un auténtico cráter para el PSOE e incluso para la democracia. El último movimiento del secretario general con el triple anuncio de que tenía intención de intentar un gobierno alternativo al del PP y que iba a convocar primarias en octubre para celebrar el congreso del PSOE en diciembre, es toda una declaración de intenciones de que piensa morir matando.
Los críticos socialistas, que por las declaraciones que se escuchan cada día son multitud, tendrán que salir de lo que hoy se denomina la zona de confort para plantarle batalla en campo abierto. Es un escenario cómodo para Sánchez, que tiene poco que perder y que, al final, si sale derrotado sumaría una derrota más, un problema menor para un político con su hoja de servicios. En cambio, los críticos con la escurridiza Susana Díaz al frente tendrán que salir de la madriguera si quieren tumbarle. Y es que las bases son siempre una solución pero también pueden propinar más de un coscorrón.
Sánchez es hoy el Jeremy Corbyn del Partido Laborista. Repudiado por muchos de los suyos por su política izquierdista, Corbyn acaba de ganar sus segundas elecciones primarias en un año después de que la mayoría de pesos pesados del partido fueran críticos con su línea política. Todo ello en medio de insultos y amenazas, en una imagen nada edificante de una organización política. Pedro Sánchez cree, igual que Corbyn, que puede encontrar en las bases el apoyo que no encuentra en la dirección. Porque, al final, lo que se dilucida son dos modelos de partido y dos estrategias de actuación.
Un PSOE que apoyara al PP facilitaría un gobierno en España pero dejaría a los socialistas muy tocados en un momento que a su izquierda surge con fuerza una formación como Podemos y todas sus confluencias. Es probable que los condenara a una larga travesía del desierto y quien sabe si a su desaparición como partido. El otro camino, disputarle a Podemos el voto de la izquierda, no es ni mucho menos un camino de rosas, ya que el lastre de los socialistas es pesado y se ha ido llenando con los años. Las dos vías son un camino angosto y ninguna garantiza el paraíso. Pero lo más interesante es ver en directo una caza al hombre como la que sufre Sánchez. Un político que, al final, acabará despertando una cierta simpatía aunque por la capacidad de enemigos que puede reunir por segundo.
