La estrella Gamma Cassiopeiae llevaba 50 años intrigando a los astrónomos debido a la la emisión de rayos X inusualmente potentes. Esto era algo que no se correspondía con su tamaño, que se ha podido observar perfectamente, al ser una estrella visible a simple vista. Gracias a las observaciones de alta precisión del telescopio espacial japonés XRISM, astrónomos han descubierto el origen de este peculiar comportamiento: una compañera enana blanca oculta.
La estrella Gamma Cassiopeiae no estaba sola
Cualquiera que mire al cielo en una noche despejada —desde el hemisferio norte— podrá ver la estrella Gamma Cassiopeiae, justo en el centro de la 'W' que dibuja la constelación de Casiopea. También conocida como "γ Cas", esta estrella ha estado envuelta en un misterio durante 50 años que acabamos de descifrar. Esa intensidad de rayos X no era habitual en una estrella de su tamaño, y todo se debe a la presencia de una compañera.
En una misión conjunta entre la NASA y la agencia espacial japonesa, un gripo de astrónomos ha utilizado el potente y nuevo telescopio XRISM para detectar con mayor precisión el origen de estos rayos X inusualmente potentes. Y el resultado ha sido que la culpable no era Gamma Cassiopeiae, sino una pequeña compañera que la orbita en secreto: una enana blanca magnética.
El descubrimiento de la fuente de los extraños rayos X de γ Cas es más significativo de lo que parece. Durante décadas se propusieron varias teorías, desde un “cortocircuito” magnético entre la estrella y su disco de gas hasta la presencia de un objeto compacto acompañante, como una estrella de neutrones, una estrella desnuda o una enana blanca. Sin embargo, ninguna de estas explicaciones encajaba del todo. Ni los modelos físicos ni las observaciones lograban explicar la emisión tan extrema, lo que mantuvo el misterio abierto durante años.
Gamma Cassiopeiae no es una estrella cualquiera. Fue la primera estrella de tipo B identificada (ya en 1866) y destaca por ser masiva, muy caliente y girar a una velocidad extrema, hasta el punto de expulsar material y formar un disco de gas brillante a su alrededor. Todo parecía encajar dentro de lo esperado hasta que, en 1976, se detectó algo completamente fuera de lugar: emitía rayos X hasta 40 veces más intensos que otras estrellas similares, con plasma a más de 100 millones de grados y cambios rapidísimos. Una auténtica anomalía.
La clave ha llegado ahora gracias al telescopio XRISM. Sus observaciones han demostrado, por fin, que el origen de esos rayos X no está en la estrella, sino en una enana blanca compañera y magnética, que actúa como un embudo: roba material del disco y lo canaliza hacia sus polos, donde se producen choques a temperaturas extremas. Con este descubrimiento no solo se resuelve el misterio, sino que además se abre una nueva categoría de sistemas binarios y se revela una grieta en los modelos actuales, ya que este fenómeno parece ser mucho más común de lo esperado en estrellas masivas.
