Barcelona, 29 de junio de 1821. Hace 205 años. El buque mercante de bandera española El Gran Turco, procedente de La Habana, atracaba en el puerto de Barcelona. Durante su trayecto transoceánico había tirado por la borda varios cadáveres de tripulantes muertos debido al “vómito negro”. La desestiba de personas y mercancías contagiadas provocaría la propagación del foco infeccioso y, en pocos días, la capital catalana se vería totalmente superada por una formidable crisis sanitaria. Pasados los meses (diciembre, 1821), las autoridades municipales contabilizarían 6.244 muertos. Pero la investigación historiográfica moderna eleva esta cifra hasta 10.000 (el 10% de la población de la ciudad). ¿Qué falló? ¿Por qué se produjo aquella tragedia?

¿Quién sabía que El Gran Turco era un barco infectado?
El capitán de El Gran Turco, Josep Ferran, era plenamente consciente de que su embarcación era un “barco de la muerte”. La prueba sería que, durante la travesía, habrían enfermado y muerto varios miembros de la tripulación. Y que los síntomas que habrían presentado no invitaban a dudas. El capitán Josep Ferran siempre supo que parte de su tripulación estaba afectada por el “vómito negro”. Y a pesar de la extraordinaria capacidad de propagación de esta enfermedad, habría desembarcado primero en Málaga, donde crearía un foco de propagación que afectaría a miles de personas, y posteriormente, en Barcelona, Tortosa y Palma, donde propagaría el virus mortal entre la población de dichas ciudades. Por lo tanto, sería el primer responsable de la propagación del “vómito negro” y de la muerte de miles de personas.
¿Quién más sabía que El Gran Turco era un barco infectado?
Dos semanas antes (mediados de junio de 1821), El Gran Turco había hecho escala en Málaga. La documentación coetánea revela que en aquel puerto andaluz desembarcaría una parte de la tripulación que había enfermado durante la travesía. No existe ningún dato que revele la cifra exacta de contagios y de víctimas, pero es del todo seguro que los desembarcados debieron de representar una carga viral suficiente para propagar la enfermedad, ya que aquel fenómeno quedaría perfectamente documentado. Por lo tanto, las autoridades municipales, gubernativas y portuarias de Málaga serían los segundos responsables de la propagación del “vómito negro” lejos de su ciudad, y de la muerte de miles de personas.

¿Alguien más sabía que El Gran Turco era un barco infectado?
La Junta Municipal de Sanidad de Barcelona, presidida por el Dr. Joan Francesc de Bahí, estableció un cordón sanitario alrededor de la ciudad para impedir la propagación de la enfermedad. Pero aquella medida no se debió de aplicar con rigor. Primeramente, porque las fuentes relatan que los vecinos de los barrios más cercanos al puerto huyeron, aterrados, de sus casas y se refugiaron en los bosques de Montjuïc, malviviendo a la intemperie. Y, en segundo lugar, porque las autoridades portuarias de Barcelona nunca impidieron que El Gran Turco zarpara y prosiguiera su macabra ruta de propagación del virus. Durante las siguientes semanas, tocaría los puertos de Tortosa y de Palma, provocaría la propagación de la enfermedad y causaría la muerte de centenares de personas.
¿Qué era, exactamente, el “vómito negro”?
Tradicionalmente, se había atribuido el origen del “vómito negro” o “fiebre amarilla” a los barcos esclavistas, que la habrían exportado de África a Cuba durante los siglos XVII y XVIII. Pero investigaciones recientes han demostrado que, a finales del siglo XV —al inicio del proceso colonizador de América—, los europeos ya eran víctimas de esta enfermedad. Sobre todo en verano, y a partir de la picadura de un mosquito, se producía una infección que se ponía de manifiesto con una clara sintomatología: fiebre alta, escalofríos, cefalea, pérdida del apetito y vómitos de sangre. Por este motivo —por la coloración oscura de la sangre en el vómito de los afectados—, en Cuba se la llamaría, popularmente, “vómito negro”. También, en casos graves, producía ictericia (piel amarilla), y en Europa sería conocida como “fiebre amarilla”.

¿Quién habría podido impedir aquella mortandad?
Es cierto que cuando se produjo la formidable crisis sanitaria de 1821, todavía no se conocía el vehículo transmisor del “vómito negro”. No sería hasta 1881 cuando el médico cubano de origen catalán Carles Finley Barrés descubriría que el transmisor de aquella enfermedad era un mosquito llamado “Aedes aegypti” y, por lo tanto, hasta entonces, no se podría combatir de manera efectiva dicha enfermedad. Pero si las autoridades gubernativas, municipales y portuarias de Málaga y de Barcelona hubieran retenido el barco y confinado a la tripulación y la carga en el lazareto, habrían evitado la propagación de la enfermedad. Algunas investigaciones estiman que, solo en Catalunya y en Mallorca, el “vómito negro” de 1821 habría provocado la muerte de unas 20.000 personas.