La fotografía que Oriol Junqueras se hizo en la Moncloa con Pedro Sánchez pocos días después del secuestro de Nicolás Maduro ha puesto nerviosa a mucha gente. Todo el mundo critica el acuerdo del modelo de financiación, pero lo importante es la fotografía: el fracaso de la justicia y la política castellana que simboliza. El único que ha osado comentarla es Santiago Abascal, que se apresuró a decir que si él fuera presidente, Junqueras habría salido esposado de la Moncloa. Junqueras es un político inhabilitado, y Sánchez se ha aliado con él para volver a recordar que la única alternativa a los nostálgicos del franquismo es la amnistía de los políticos del procés.

El régimen del 78 se acabó en el momento en que los políticos castellanos renunciaron a defender la unidad de España de manera democrática. Hasta ahora la comedia había aguantado porque Europa y los Estados Unidos necesitaban una España estable. Pero el giro que ha dado el mundo con el segundo mandato de Trump irá derruyendo el decorado cada vez más deprisa. La separación de Catalunya habría podido dar a España una profundidad interesante, y un papel a Madrid como ciudad puente entre Europa y Sudamérica. La independencia habría dado flexibilidad al espacio peninsular para relacionarse con el mundo como en los mejores tiempos del Imperio hispánico.

Con el giro de la geopolítica y las lecciones que ha dejado el procés, los catalanes no tendrán más remedio que ocupar espacios de poder dentro de la estructura del Estado, para protegerse, y los vencedores de la Guerra Civil se sentirán cada vez más asediados. El PP de Aznar intentó salvar la unidad de España a través de Madrid, y Madrid es cada vez una ciudad más sudamericana. El castellano es la segunda lengua de los Estados Unidos y, si la geopolítica de Washington funciona, Madrid se encontrará cada vez más atrapada en las tensiones entre el mundo europeo y el mundo Atlántico —por no hablar de la presión que África hará a su traspaís, que es Andalucía. Madrid irá perdiendo la centralidad moral, cultural, política e incluso militar de España.

Con el acuerdo de financiación, Junqueras no busca resolver el expolio fiscal de Catalunya, sino obligar al PSC a elegir entre Vox y el futuro de Barcelona

Con el acuerdo de financiación, Junqueras no busca resolver el expolio fiscal de Catalunya, sino obligar al PSC a elegir entre Vox y el futuro de Barcelona. Durante el procés ya hizo lo mismo con CiU, obligándola a elegir, ante todo el país, entre los negocios con el PP y la posibilidad de defender la independencia. La fotografía con Sánchez ha producido irritación porque el sistema mediático daba a Junqueras por amortizado y muerto. Con Junqueras pasa como con Catalunya, que siempre sobrevive a las fantasías oscuras de sus enterradores. El líder de ERC tiene un estómago de hierro, y hay que reconocer que causaba impresión verlo en la Moncloa en el lugar del president de la Generalitat, como si fuera el secretario general del PSC.

Si Aliança Catalana tiene paciencia y construye una derecha nacional digna de ese nombre, Junqueras —e incluso Puigdemont, tanto si vuelve como si no— cada vez estarán más cerca del partido socialista y España será cada vez más catalana. Igual que después de la Primera República hubo una segunda, probablemente también habrá otra ocasión de hacer la independencia. La pregunta es si el país estará preparado para asumirla, cuando llegue, o si le saldrá a cuenta dar el paso. De momento, la fotografía de Sánchez y Junqueras prefigura una España cada vez más marcada por los parias del régimen del 78, y cada vez más fracturada por la fuerza centrifugadora de Washington y Bruselas.

Ahora cuesta verlo, porque la opinión pública está anclada en debates crepusculares cada vez más caricaturescos. Pero la situación de los catalanes recuerda la de Galileo ante la Inquisición: "Eppur si muove", dicen que murmuró el viejo astrónomo, después de doblegarse ante el tribunal de momias condecoradas. Estamos aquí, al borde de otra revolución tecnológica que cambiará el centro gravitatorio de la fe, de la política y de muchas otras cosas. Si Catalunya no tiene ganas de morirse, irá abriéndose paso en el mundo que viene impulsada por la misma inercia de la historia. Con España o sin ella. Porque la verdad no necesita mártires, solo gente que no se canse de defenderla.