Hace algo más de un año –en mayo de 2014– Pedro Sánchez era un político casi desahuciado. Acababa de perder las elecciones europeas frente al Partido Popular por casi medio millón de votos y un muy pobre 23% de los sufragios; había emergido con fuerza a su izquierda una formación regeneracionista como Podemos, que hablaba sin complejos de la casta y que emulaba el espíritu asambleario del 15M; y, finalmente, los principales referentes del socialismo –desde González a la presidenta andaluza Susana Díaz– le consideraban naíf y con poca capacidad de liderazgo. No hacía un año que había sido elegido secretario general del PSOE y estaba sentenciado. Agarrado al único mástil que aguantaba la tempestad reinante en la barcaza socialista, Sánchez resistió las embestidas de su propio partido y su recambio se postergó a las elecciones municipales del pasado mes de mayo. No tuvo un buen resultado, pero la aritmética de los pactos hizo que los socialistas recuperaran parcelas significativas de poder local y autonómico. Tampoco tuvo un buen resultado el pasado 27S en las elecciones catalanas –el peor de la historia del PSC– pero fue algo mejor de lo esperado y, además, el descalabro del PP fue absoluto.
Con estos mimbres, Sánchez ha llegado hasta aquí y se ha plantado con opciones de ganar las próximas elecciones españolas. Su propuesta estrella de cambio se reduce a una reforma federal de la Constitución española. No satisface ni a su propio partido, es rechazada por el PP, refractario a cualquier reforma, y tampoco se abre camino en Catalunya como solución al conflicto con España. No obstante, Catalunya es para el PSOE crucial en la batalla electoral. Aquí se escogen 47 diputados, la segunda comunidad en número de escaños tras Andalucía, donde hay en juego 60. Todas las grandes victorias del PSOE se han sustentado en un buen resultado en Catalunya. Por ello tampoco es extraño que la formación de la alcaldesa Ada Colau haya entrado en la contienda electoral con voluntad de echar una mano a la renqueante izquierda de Podemos.
En este esquema preelectoral español aún no han movido sus piezas Convergència y Esquerra. Los primeros quieren repetir coalición y los segundos no han explicitado su posición final. Una alianza les aseguraría la primera posición en Barcelona y Tarragona, y les otorgaría una mayoría amplia de los diez escaños que hay en juego en Girona y Lleida. También les aseguraría 12 de los 16 senadores en disputa. De ir separados, lo más probable es que se diera paso a un resultado incierto en que cualquiera de las cuatro formaciones en cabeza –CDC, PSC, C’s y Esquerra– se acabara llevando el gato al agua. Obviamente, no sería lo mismo que las dos formaciones en cabeza fueran CDC y ERC que PSC y C’s. Sobre todo por el efecto que tendría para el proceso político abierto en Catalunya. Y la fecha para comunicar las coaliciones a la junta electoral vence el 6 de noviembre. Ésta va a ser, sin duda, la primera piedra de toque para la coalición que acaba de ganar las elecciones en Catalunya.
