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Para entender qué está pasando en España, acabaremos yendo 150 años atrás, cuando los Borbones y la burguesía catalana pactaron las bases del Estado moderno para tratar de superar las rémoras tragicómicas del Antiguo Régimen. Sin el descalabro de la Guerra Civil y el corte que supuso el franquismo, la historia sería más fácil de entender y probablemente no habríamos caído tan bajo. De momento, ver dónde estábamos hace medio siglo me parece un primer paso importante. Este verano he vuelto al libro de memorias de Macià Alavedra. Lo he hecho, no solo para acabar de repasarlo, sino también para escribir mejor el curso que viene, que será una carnicería política. Ahora nadie lo ve, o no lo quiere ver, pero me parece que el nuevo consenso en España se tendrá que hacer, no entre izquierdas y derechas, sino entre catalanes y castellanos.

[...] Terminada la explicación, vi que Blas Piñar aplaudía silenciosamente en el fondo de la sala. Al final de la sesión me vino a buscar y me dijo: "Oye, qué baño les has dado a estos sabihondos de la UCD. Yo había sido notario de Viella y, aunque te sorprenda, hablo el aranés". Me quedé asombrado: sobre todo cuando empezó a explicarme que había publicado un libro sobre las variantes dialectales de las lenguas pirenaicas. Mientras hablaba, vi que los periodistas entraban en la sala y, amablemente, lo interrumpí: "Permíteme que me separe un poquito de ti, que vienen los periodistas y no quiero destrozar mi incipiente carrera política".

Por la tarde me trajo un ejemplar de su libro, que era un tocho considerable, y me dijo: "Confieso que estoy sorprendido de que gente como tú o Roca seáis personas moderadas; pero sabed que seréis desbordados por los radicales".

Como he dicho, las posiciones del catalanismo político estaban en minoría incluso en Catalunya, en aquellos años decisivos. La victoria de las izquierdas había sido abrumadora. Del concierto económico, ni el PSC ni el PSUC ni la UCD querían saber nada. Nosotros, y yo particularmente en un discurso que hice ante la comisión que elaboraba el Estatut, lo defendimos sabiendo que no lo conseguiríamos. También se debe reconocer que entonces nadie pensaba que el concierto supondría un privilegio tan grande para el País Vasco. Ha sido después que la situación creada por el terrorismo y la idea de que no bastaba con medidas policiales para controlarla han acabado comportando que, para cada vasco, haya el doble de dinero público que para cada catalán.

La cuestión es que si los vascos se centraron en la hacienda y en la seguridad ciudadana, los catalanes hablábamos de un concierto cultural y lingüístico, y esto lo obtuvimos en buena medida. Aquí Trias Fargas consiguió algo extraordinario en política parlamentaria, que es cambiar, con la fuerza de un discurso, el sentido del voto de la mayoría. Las izquierdas defendían que el Estatut debía garantizar el derecho de hablar catalán y punto. "Nada de deberes", decían. No se podía obligar a los trabajadores que habían venido masivamente de fuera a aprender el catalán. El franquismo había cambiado el país y había que aceptarlo. El argumento era este. Y Trias Fargas, que tenía una relación de afecto con el castellano por los años que su familia había pasado en el exilio de Colombia, hizo un discurso que detuvo la votación del artículo y permitió reformularlo.

Sin hablar de deber, el artículo sometido a votación acabó ligando la obligación de saber catalán a los medios que la Generalitat fuera capaz de desplegar para que los ciudadanos venidos de fuera lo pudieran aprender. Esto permitió hacer la Ley de normalización lingüística que tenemos ahora y que hoy todo el mundo esté de acuerdo en dar igualdad legal al catalán y al castellano. Sin esta ley, en el nuevo Estatut aprobado en Miravet, el catalán y el castellano no compartirían derechos y deberes.

Es verdad que la ley de normalización ha dado mejores resultados en el interior del país que en Barcelona, donde ahora yo oigo hablar mucho más el castellano que cuando llegué en la época franquista. Aun así, era una buena ley. Iba hasta el límite del consenso, que es algo que no se puede romper cuando se legisla sobre temas delicados. Las leyes que establecen las bases del juego democrático deben respetar el consenso, porque si no se vuelven inaplicables o contraproducentes. No quiero frivolizar, pero, en mi opinión, TV3 y Catalunya Ràdio han sido mucho más importantes para la defensa del catalán que la mayoría de los artículos de la Ley de política lingüística.

Lo que hace que las personas utilicen un idioma diferente del que hablan en casa es la necesidad

Las lenguas no ganan hablantes por decreto, sino por prestigio y por influencia. Lo que hace que las personas utilicen un idioma diferente del que hablan en casa es la necesidad. Una lengua no se adopta por sentimentalismo o por caridad, ni tampoco por curiosidad intelectual. Lo que hace que las personas que quieren prosperar sientan que un idioma es útil en su vida y lo adopten es que gente importante del país donde viven tenga medios para defenderlo y para usarlo públicamente.

Volviendo a la Constitución, mientras la redacción avanzaba con la intervención destacada de Roca, yo elaboré la metodología que, con cuatro retoques, serviría para aprobar el Estatut. La idea era que una ponencia prepararía el texto a partir de los proyectos de cada partido y que, después, una asamblea de parlamentarios, constituida por senadores y por diputados, enmendaría o aprobaría el texto de la ponencia. Los grupos podían mantener vivas las enmiendas que no aprobara la ponencia y volverlas a presentar a la asamblea. En la ponencia, que se acabó llamando la Comissió dels Vint, nuestro partido tenía tres representantes. El presidente de la mesa era un histórico de ERC que se había pasado al PSC: Josep Andreu Abelló.

Como ya he dicho, Andreu Abelló había sido presidente de la Audiència Territorial de Catalunya y del Tribunal de Cassació durante la guerra. Abelló era un hombre que había tocado muchas teclas en la Catalunya republicana. En enero de 1939 se marchó de Barcelona acompañando al president Companys al exilio. El vicepresidente de la mesa era Josep Verde Aldea, del PSC también, y yo era el secretario. Entre los redactores del Estatut había dos ponentes constitucionales, Miquel Roca y Jordi Solé Tura, además de otro que había sido muy activo: Martín Toval, a quien después encontré en el Parlament de Catalunya.

Tarradellas era consciente de que su carrera terminaría con la aprobación del Estatut y se quejaba de que corríamos demasiado. Me reprochó que hubiera presentado la metodología antes de que el Senado aprobara la Constitución. Solo nos puso palos en las ruedas. La obsesión de ralentizar el proceso para aplazar su final político lo llevó a unas actitudes que no le hicieron ningún favor, ni a él ni a nosotros. No quiso ceder un espacio a la Generalitat para redactar el Estatut, y el alcalde Josep Maria Socias nos hizo un hueco en el Ayuntamiento de Barcelona. Fue allí, en una sesión de trabajo, que Abelló propuso ir al parador de Sau. Y así, durante julio y agosto de 1978, hicimos el Estatut con unas ganas y una voluntad de consenso que permitieron que trabajaran codo con codo perfiles tan distantes como Josep Benet y el exministro franquista López Rodó.

En el parador había una piscina y un campo de fútbol y, como hacía un calor espantoso, por la mañana nos refrescábamos y, por la tarde, liberábamos la tensión jugando al fútbol. Después de negociaciones interminables con una administración que se las sabe todas y que contaba con juristas muy avezados, capaces de detener a políticos preparados pero todavía muy voluntaristas, que querían transformar el Estado tocando el núcleo del poder real, sacamos de las Cortes un Estatut cojo en dos temas: las finanzas y la seguridad ciudadana. Para justificarnos, hemos dicho que habíamos hecho un "concierto" lingüístico. Pero la verdad es que, si tienes dinero, puedes hacer las políticas culturales, industriales o de investigación que quieras. Por eso, mejorar la financiación ha sido el gran tema de los gobiernos Pujol, como después explicaré.