Es posible que muchos de vosotros os quedéis en blanco cuando vayáis a un restaurante y echéis un vistazo a la carta de vinos. Referencias, nombres, bodegas, denominaciones de origen, variedades, añadas, precios… Mucha información y, posiblemente, la mayoría desconocida.

¿Os habéis preguntado alguna vez qué pasaría si la carta de los platos fuera tan detallada? Me parece curioso cómo ningún comensal duda en pedir un plato de jamón o unos quesos sin tener, a menudo, ningún tipo de conocimiento. El jamón puede ser etiqueta blanca, roja, verde o negra. Puede ser paleta o puede ser jamón. Puede ser ibérico o no. Tiene también diferentes denominaciones de origen. De los quesos, ni hablamos. Solo en Catalunya hay 200 queserías, cada una elaborando diferentes tipos, con diferentes leches, curaciones, etc. Pero nadie cree necesaria tener toda esta información previa en estos casos, simplemente se pide y se disfruta.

Reconozco que yo tengo un truco que nunca falla: siempre voy a restaurantes que tienen amor por el vino

Pues este es el primer consejo: ¡con el vino tenéis que hacer lo mismo! No tenéis que tener miedo de pedir un vino desconocido, y menos hoy en día, donde las bodegas se esfuerzan como nunca en sacar productos aptos para prácticamente todos los paladares. Reconozco que yo tengo un truco que nunca falla: siempre voy a restaurantes que tienen amor por el vino y, por lo tanto, su selección seguro que será cuidada. En estos casos, la elección es muy sencilla, a menudo ni me miro la carta. Hablo con el/la sumiller, le explico qué idea tengo y le marco un presupuesto. Siempre me traen 2 o 3 opciones para elegir muy acertadas. Si no tenéis claro qué os apetece, solo tenéis que nombrar un vino que os guste y, a partir de aquí, el/la sumiller hará su magia.

Carta y copa de vino. / Foto: Carlos Baglietto

No entraré en un tema que siempre genera controversia, que es el precio del vino en el restaurante. Este sería un buen melón para abrir y que daría para todo otro artículo. Lo que os puedo aconsejar es que os estiréis un poco con el precio. Encontraréis diferencia organolépticamente y de placer entre un vino que cuesta 20 € y uno que cuesta 32 €. Si sois 4 personas compartiendo la comida, por muy pocos euros más, subiréis de nivel. Vivimos en un país muy rico en cultura vinícola, por lo tanto, siempre que sea posible, pedid vino de proximidad: os adentraréis mucho más en el territorio, descubriréis sorpresas y daréis una oportunidad a los productores locales.

¡Siempre que podamos, barramos hacia casa y elijamos vino catalán!

Y ahora aquí van unos consejos básicos, partiendo de la utopía de que las cartas de los restaurantes estén llenas de vino catalán. Si os gustan los vinos tintos potentes, elegid una cariñena tinta. Si os gustan más ligeros, no dejéis escapar ninguna trepat o sumoll. Si preferís vinos blancos con cuerpo, pedid xarel·lo o garnacha blanca con crianza y, si normalmente bebéis vinos muy afrutados, buscad alguno que en el coupage lleve moscatel, seguro que os encantará.

No querría olvidarme de las burbujas. Si os gustan los espumosos frescos, decantaos por un ancestral. Y si los preferís muy finos y delicados, elegid un cava gran reserva o un Corpinnat. Y bien, si os encontráis ante una carta con las referencias clásicas españolas que todos sabemos, aquí no necesitáis ninguno de mis consejos porque os conocéis estos vinos de memoria. Aun así, terminaré pidiéndoos que, ¡siempre que podamos, barramos hacia casa y elijamos vino catalán!