Pol Aluja es enólogo. Eso significa que estudió una carrera especializada para conocer en profundidad las técnicas y los procesos necesarios para elaborar vino. Desde el trabajo en el viñedo hasta la vinificación en la bodega, su formación le permite entender todo lo que ocurre para que la uva se transforme en una botella de vino. Yo, en cambio, estudié sumillería. Esta disciplina consiste en adquirir conocimientos sobre las diferentes tipologías de vinos que existen, las variedades de uva, las zonas productoras, las técnicas de cata y la capacidad de identificar, interpretar y comunicar las cualidades organolépticas de cada vino. Dicho de forma sencilla, el enólogo hace el vino y el sumiller lo explica. Uno crea el producto y el otro lo acerca al consumidor.
En este caso, sin embargo, ambos nos dedicamos principalmente a la divulgación del vino, cada uno a su manera y a través de canales diferentes. Compartimos la misma pasión por el mundo vitivinícola, pero nuestra mirada es complementaria. Esta diversidad de puntos de vista es precisamente una de las riquezas que tiene el vino: siempre hay nuevas formas de entenderlo, disfrutarlo y comunicarlo.
Otra diferencia importante entre Pol y yo es la geografía. Vivimos en extremos opuestos de Catalunya, y eso condiciona inevitablemente nuestra relación con el territorio y con los vinos que nos rodean. Pol es un gran conocedor —y también un firme defensor— de los vinos de las comarcas de Tarragona. Conoce sus paisajes, sus variedades y los proyectos que nacen allí con una profundidad que solo se adquiere viviendo y trabajando cerca de ellos. Yo, en cambio, me muevo en otra zona de confort. Todo lo que va desde el Penedès hacia el norte me resulta especialmente familiar, y siento una vinculación muy especial con el Empordà. Es una tierra que combina mar y montaña, tramontana y Mediterráneo, y que ofrece vinos con una personalidad única.
A pesar del conocimiento que tenemos de los vinos catalanes, todavía nos quedan zonas por descubrir
Como compartimos esta sección, hemos decidido compartir también espacio y conversación. En algunas cuestiones coincidimos plenamente, mientras que en otras no podríamos estar más alejados. Y eso no supone ningún problema. De hecho, es una de las grandes magias del vino: hay tantos vinos, tan diversos y capaces de ofrecer experiencias tan distintas, que no es necesario estar de acuerdo en todo. La discrepancia también enriquece.

No es extraño que ambos mencionemos vinos de la DOQ Priorat cuando nos preguntan por los vinos más caros que hemos probado. Esta denominación concentra algunos de los proyectos más prestigiosos y valorados del país, y es habitual que sus vinos ocupen los primeros puestos cuando se habla de precio, exclusividad y reconocimiento internacional.
Cuando pensamos en proyectos que nos han sorprendido recientemente, aquí sí coincidimos en la tendencia, aunque no en el nombre. Los dos valoramos especialmente a los pequeños elaboradores que trabajan con una filosofía de mínima intervención y una gran conexión con el territorio. Yo me quedo con Tanca els Ulls, mientras que Pol destaca Can Morral del Molí. Son proyectos que demuestran que el tamaño no determina la calidad ni la capacidad de emocionar.
También difieren nuestras preferencias a la hora de recibir invitados. Para mí, las burbujas son siempre la mejor bienvenida. Tienen ese punto festivo y elegante que convierte cualquier encuentro en una ocasión especial. Pol, en cambio, apuesta por los vinos rosados. Según él, son la solución perfecta porque satisfacen tanto a quienes no suelen beber vinos blancos como a quienes prefieren evitar los tintos. Debo reconocer que es una idea bastante acertada.
Cuando hablamos de nuestras variedades catalanas favoritas, tampoco coincidimos. Pol se decanta por los macabeos de Tarragona, capaces de ofrecer vinos frescos, expresivos y llenos de matices. Yo, en cambio, siento una debilidad especial por los xarel·los del Penedès y por la cariñena blanca del Empordà, dos variedades capaces de envejecer maravillosamente.
A pesar del conocimiento que tenemos de los vinos catalanes, todavía nos quedan zonas por descubrir. Tengo que convencer a Pol para que venga a pasar unos días al Empordà y conozca de primera mano este territorio magnífico que tengo la suerte de considerar mi hogar. Por mi parte, hace demasiado tiempo que pospongo una visita a la Terra Alta. Sus garnachas blancas, minerales, profundas y con una excelente relación calidad-precio, me tienen conquistada desde hace años. Quizá ya ha llegado el momento de dejar de hablar de ellas y empezar a visitarlas.
¿Os ha gustado esta nueva sección de conversación entre Pol y yo? Seguid atentos que ¡esta es solo la primera parte!