De trabajar sabe, y se harta, Montse Masiques. Tiene interiorizada la cultura del esfuerzo y de la dedicación plena, aquella que impele a mezclar vida personal y profesional para sobresalir en la profesión. Sabía tanto o más Doloretes Galvany, su abuela: ella, con sus tortillas y panes con tomate, construyó el futuro de sus nietos y biznietos. Y esta es la historia primigenia compartida por muchas estirpes dedicadas a la restauración y la hostelería en el Maresme desde que el turismo, los veraneantes y los viajeros descubrieron esta lengua de tierra entre el mar y la Serralada Litoral. Este es el relato del Hostal de la Plaça de Cabrils, una institución con futuro.

Rondan los años 20 del siglo pasado. Doloretes se casa con Josep Mas, heredero de Can Mas, dedicados al carbón. Fruto de la creciente afluencia a un pueblo casi estrenado (con gestión municipal independiente de Vilassar desde 1821), decide sacar partido de la masía, ofreciendo comida y alojamiento. El arquitecto Duran Reynals se encarga de rehacerlo y decorarlo para tal finalidad. Corren los años 40 y Cabrils es ya uno de los destinos de moda, con visitantes atraídos por su singularidad, pero sobre todo, por la sabrosa simplicidad de los platillos de Doloretes: "Muchos de estos veraneantes que venían, después se construían casa en Cabrils", explica Montse, "sabedores de que Doloretes nunca tenía un "no" cuando le pedían una tortilla o cocinar algo para picar, siempre solícita a halagar a su clientela". Con los padres de Montse, Aurora Mas (hija de Doloretes) y Andreu Masiques, se continúa como La Fonda del Mas, ampliando pisos y engullendo terrazas, conformando el laberinto mágico y misterioso actual que conduce a diversas estancias dedicadas a comedores privados, cómodos y acogedores.
La Fonda del Mas se convierte entonces en hostal, reformando e incluyendo 9 habitaciones, empezando una época de mucho trabajo, lucha y éxito que Montse coge con empuje… hasta que decide que ya no puede más

En los años 90, con la efervescencia postolímpica, Montse es la única de los 9 hijos de Aurora y Andreu que siente curiosidad por la Fonda y por trabajar en ella. La Fonda del Mas se convierte entonces en hostal, reformando e incluyendo 9 habitaciones, empezando una época de mucho trabajo, lucha y éxito que Montse coge con empuje… hasta que decide que ya no puede más. El año 2018 busca un proyecto más pequeño y crea el Verdaguer, un pequeño restaurante en el centro de Vilassar que todavía está abierto con nueva gestión. La COVID es quien da un giro al camino emprendido por Montse: junto con sus hijos, Enric y Vicenç Batista, vuelve al Hostal de la Plaça para retomar el camino, inaugurando una nueva etapa de la mano del cocinero Carlos Vega, con quien empezó un tándem profesional de éxito a raíz del Verdaguer: "Carlos ya había venido al Hostal a hacer extras y al poco de abrir el Verdaguer me lo encontré por la calle y lo convencí para que viniera". A Montse, que por entonces se había quedado sin cocinero y era ella quien había tomado las riendas de los fogones del Verdaguer, se le abrió el cielo… hasta el día de hoy.
Carlos es representativo del tejido de cocineras y cocineros que, a pesar de venir de un país y cultura gastronómica diferente, han abrazado nuestro recetario y lo defienden en los fogones como propio

Carlos es representativo del tejido de cocineras y cocineros que, a pesar de venir de un país y cultura gastronómica diferente, han abrazado nuestro recetario y lo defienden en los fogones como propio, con estima y respeto, ayudando así a mantener la llama viva. Más de 20 años lo avalan, haciendo de sus platos merecedores de reconocimiento: en la carta, con platos regulares que se pueden encontrar todo el año, encontramos joyas como el suquet de rape con patata, picada de almendra y azafrán, un arroz de boletus y carpaccio con gamba de Arenys de lagrimita o los canelones de verdura o de asado, uno de los clásicos de la casa que ya sobresalía la abuela Doloretes y continúa siendo seña identitaria de la casa por su farsa maravillosa.

Fuera de carta, la temporada se despliega con sugerencias que apetecen mucho, con pescados de lonja cocinados a la donostiarra (y sus buenas patatas panaderas). Con una brandada de bacalao con olivada que, como buena magdalena de Proust, traslada a lugares felices de la memoria, o una ensaladilla rusa que navega con acierto entre la melosidad y el crujiente de la cocción de las verduras. Lo que sí se disfruta todo el año es el anfitrionaje de Montse y su equipo de sala, del cual ella no se puede sentir más orgullosa: "Tengo un gran equipo que todo el mundo valora por su trabajo y su gran labor de hospitalidad". La calidez de hogar es omnipresente en todos sus rincones y vale la pena distraerse mirando la profusión de fotos familiares, antiguas, cuadros, recortes de periódico que Andreu guardaba, enmarcaba y enseñaba a su clientela (como buen relaciones públicas), todo ufano, y objetos de decoración que susurran historia. Las vistas, que permiten disfrutar del mar desde la altura, completan el disfrute y el servicio de aparcacoches que ya instauró Andreu hace veinte años, la comodidad.

Montse sonríe en todo momento y en su mirada se puede adivinar la chispa de la abuela Doloretes, la astuta y trabajadora matriarca de la estirpe que vivía en el piso de arriba y cuando era necesario, bajaba hasta la cocina para hacer a cualquier hora sus míticas tortillas a la paisana para sus clientes. Montse fluye de sala en sala, comedor arriba, comedor abajo, atenta a todos los detalles, satisfecha de sostener una historia que sus hijos proseguirán. Lugares como el Hostal de la Plaça son oasis que protegen frente a la prisa, la inquietud o el ajetreo que todos ya llevamos incorporados de serie. Veni, vidi, "gaudi".