Barcelona es una ciudad a la que le gusta desayunar. Dentro y fuera de casa, hay entusiasmo por empezar el día (cuando podemos) con un buen festín. No en vano, los desayunos de tenedor han vuelto con fuerza a ocupar las mañanas con los aromas del capipota. En Romita, el restaurante hermano y vecino del triunfador Bar Roma, sirven desayunos y menús del día autóctonos y viajados. Porque, como dijo aquel publicista: en la variedad está el gusto. 

Desayunar, decíamos, es uno de los deportes gastronómicos que practicamos los barceloneses y, no tengo ninguna duda, también el resto de catalanes. Si levanta la persiana un lugar que proclama que nos dará vianda fina desde primera hora de la mañana, hacia allí que vamos. La máxima de empezar con el pie derecho es cierta y aún lo es más aquella que dice que el primer bocado del día es el más importante y, por eso, debería ser el más satisfactorio. Y en Romita lo consiguen. 

¿A quién no le gusta doblar el tiempo y comer al mediodía aquello que originalmente había sido pensado para zampar fuera de comidas?

Amanida russa del restaurant Romita. / Foto: Rosa Molinero Trias
Ensaladilla rusa del restaurante Romita. / Foto: Rosa Molinero Trias

Aquel día yo llego tarde, para comer, pero ¿a quién no le gusta doblar el tiempo y comer al mediodía aquello que originalmente había sido pensado para zampar fuera de comidas? Ya lo decía Pere Quart: "El protocolo es intocable, pero hagámoslo bien elástico". Es justamente eso lo que hacen en Romita de 08:30 h a 16 h (el menú se puede disfrutar de 13 h a 15 h o hasta agotar existencias). Un buen ejemplo es el bikini clásico (5,9 €) que sirven en Romita, que hizo famoso el Bar Roma y que es de los mejor puntuados de la ciudad. Lleva un buen jamón y también un buen queso, y como novedad lo acompañan de una salsa marina de tomate, aparte que transforma al paladar y con una mojada el bikini en una pizza. 

Bikini del restaurant Romita. / Foto: Rosa Molinero Trias
Bikini del restaurante Romita. / Foto: Rosa Molinero Trias

En Romita confirman que saben freír muy y muy bien con tres ejecuciones maestras. Dos croquetas, una esférica y de parmesano (3 €), y la otra alargada y de asado (3 €), por las cuales no me podré decidir cuando vuelva, y su icónica milanesa (11,9 €), crujentísima, que se sirve entre dos panes de brioche, rodajas de tomate fresco y unas hojas de lechuga. También la tienen en formato vegano.

Entrepà de milanesa del restaurant Romita. / Foto: Rosa Molinero Trias
Bocadillo de milanesa del restaurante Romita. / Foto: Rosa Molinero Trias

La ensaladilla rusa (7,5 €), sin atún, tiene cubiertos propios: unas marineras, como en Murcia, que son unos anillos de pan crujiente para ir untando la mezcla de patata y mayonesa. La perfuman con un toque de eneldo, cebollino y un reguero de salsa de remolacha.

Romita, entre la tradición y la novedad, preserva la estética de un bar de siempre en esta esquina entre la calle de València y la avenida de Roma

El pedido de aquel día mezcla algunos ítems del menú del día (16,95 €) con otros de la carta, y por eso también llega a mesa un plato de salmorejo que le habría encantado a mi abuela cordobesa y media ración (pedimos esta reducción para probar más platos) de albóndigas con parmentier, exquisitas, de buena textura y salsa fina y bien pronunciada de sabor. 

Pastís de llimona del restaurant Romita. / Foto: Rosa Molinero Trias
Pastel de limón del restaurante Romita. / Foto: Rosa Molinero Trias

Un desayuno no es completo sin una parte dulce que haga de contrapeso gustativo a la carga salada, y por eso acabamos con un trozo de pastel de limón Key (6 €) y con un pastel de Guinness y chocolate coronado con una mousse de chocolate regada con aceite y sal (6 €). Para hacer bajar, cafés espresso de óptima extracción, con granos del tostador barcelonés Nomad

Xocolata del restaurant Romita. / Foto: Rosa Molinero Trias
Xocolata del restaurant Romita. / Foto: Rosa Molinero Trias

Haber perfilado así las técnicas que ponen en mesa platos aparentemente sencillos, pero a los que ya hacía tiempo que les hacía falta una actualización y un poco más de cuidado, no es casualidad porque Gala Massetti y Jordi Saavedra, el motor de Romita y Roma, han tenido trayectorias destacadas en restaurantes de renombre. Se encontraron en Enigma hace ocho años, pero, respectivamente, habían pasado por Tickets, Mugaritz y Pakta, y Martín Berasategui, Hoja Santa y The Fat Duck. Romita, entre la tradición y la novedad, preservando la estética de un bar de siempre en esta esquina entre la calle de València y la avenida de Roma, es una buena señal: que Barcelona sigue perfeccionando su cocina, afinando incluso en cómo factura los desayunos.