El otro día, me pasaron unas fotos de un desayuno de tenedor en el Cafè de la Rambla de El Prat de Llobregat que tenía muy buena pinta y, claro, hoy, tres días más tarde, no he podido resistirme: he cogido el coche para acercarme y ver qué se cuece. El café está situado en la calle Anselm Clavé —que todo el mundo llama la Rambla—, junto al ayuntamiento y el mercado. Ya me lo decía mi amigo, que en El Prat la gente madruga mucho. El local está lleno a primera hora, y a lo largo de la mañana la cosa se va tranquilizando, pero cuando llegan las once, se acaban los desayunos y el personal empieza a preparar el menú del día.  

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Cafè de la Rambla / Foto: Víctor Antich

La historia del Cafè de la Rambla llenaría más de un libro, porque pronto cumplirá un siglo de vida, que se dice pronto. Actualmente, son Eli y Josep, nacidos en El Prat, quienes gestionan el negocio —nieto, él, de los fundadores y a la vez tercera generación al frente del establecimiento—. Josep manda en la cocina y se pelea diariamente con las cacerolas, las ollas y las sartenes para preparar esa cocina de siempre. Eli, por su parte, se ocupa del comedor, que, por cierto, es una maravilla digna de estar en un museo de historia, con sus paredes con las molduras originales y las fotografías antiguas del local, que nos recuerdan épocas pasadas.

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Restaurant La Rambla. Plato de callos / Foto: Víctor Antich

Leo en la pizarra colgada al fondo del comedor que hoy tienen callos, albóndigas, capipota, churrasco y huevos fritos con panceta. Otros días puedes probar también el bacalao, los pies de cerdo o la butifarra con judías.
Imma, que lleva media vida trabajando en La Rambla, me sirve un platazo de callos humeante que, por el aroma que desprenden, resucitarían a un muerto. De hecho, es el plato estrella de la casa y lo cocinan todos los días de la semana. Ciertamente, esta tripa de ternera está para mojar pan, y es lo que hago con el pan que compran en el horno de toda la vida, que está crujiente y tiene ese sabor de los panes de antes de existir las malditas franquicias. Los remojo, como no podía ser de otra forma, con unos vasos de vino con gaseosa, porque ya lo dice el dicho, "En Roma haz como los romanos", y aquí todo el mundo bebe lo mismo. De hecho, los de las mesas de al lado ya se han pimplado el vino con gaseosa y van por los destilados.  

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Restaurant La Rambla / Foto: Víctor Antich

Compruebo con alegría que la clientela, mayoritariamente, son vecinos de El Prat. Todo el mundo se conoce y se respira ese ambiente de bar de pueblo tan difícil de encontrar y que tanto echamos de menos. Los jueves y los viernes, sin embargo, aparecen muchos ciclistas que están de ruta y aprovechan para recargar fuerzas con los ya famosos desayunos de tenedor de La Rambla.
Para redondearlo, dentro del café, hay un pequeño patio muy acogedor donde la parroquia, una vez están bien llenos, se fuman el cigarrillo, si conviene, y el cafecito con cuatro gotas o directamente —como decíamos— la copita.

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Café de la Rambla / Foto: Víctor Antich

Si los desayunos son buenos, ¡no os perdáis el menú del mediodía en la Rambla, ya que es imbatible, ¡al precio de 15 €! ¡Ríete tú de la oferta en la ciudad de Barcelona! Hoy, por ejemplo, Josep está preparando ensalada, escalivada, espárragos con mayonesa, habas a la catalana, alcachofas de El Prat al horno y paella de primero, y de segundo, pollo al horno, fricandó, carrilleras, pulpitos con salsa y lubina a la plancha. Como veis, hacen cocina tradicional catalana muy variada. No me extraña que llenen todos los días de lunes a viernes, ya que el fin de semana descansan merecidamente. Se proveen de carne, pescado, verduras y fruta en el mercado municipal de El Prat, que lo tienen a tres minutos, y donde encuentran todo lo que necesitan.

El Café de la Rambla de El Prat mantiene viva la tradición de la cocina casera y los desayunos de tenedor, con producto fresco y precios populares

Fíjate, la alcaldesa es una de las clientas habituales que les visita semanalmente para comer con otras compañeras del consistorio, o no, posiblemente por la proximidad, pero seguro que también por la comida que dan y el trato que dispensan.
Antes de marcharme, Eli me pregunta si no les había visitado antes, y al decirle que no, me espeta: ¡Pues ya vas tarde! Ya lo sabéis.