Me acerco al barrio de las Tres Torres, en el distrito de Sarrià-Sant Gervasi, junto al mercado, no sin antes pasearme por el núcleo más antiguo del barrio, donde encontramos el bar Mestres, concretamente en la calle Vergós, con casi cien años de historia a sus espaldas.
Aparco la moto justo delante, y fuera del bar veo un par de parroquianos apurando cigarrillo y carajillo. Son las once y cuarto, muy tarde para desayunar y demasiado pronto para tomar el vermut, pero aun así, las mesas y la barra están a rebosar de clientes. Unos espabilándose con los bocadillos, y los otros con la cervecita o el vermut y unas patatas de bolsa. Como yo todavía no he desayunado, me apunto al lomo con queso, pero tienen bocadillos de beicon, salchichas, butifarra, embutidos y queso. Las tortillas, sin embargo, son la especialidad de la casa.
Vayamos por partes. El bar Mestres es de visita obligada, ya que es digno de estar en la vitrina de un museo solamente por el ambiente que se respira. Aquí todo es como antes. La puerta de entrada es de cristal con marco de madera marrón, en la vidriera luce la habitual placa con las letras RB, que nos indica que es un bar restaurante; también unos viejos adhesivos de la marca Cinzano, Martini y patatas Matutano, y cuelga una pizarra que nos indica que hacen menú de mediodía de cocina casera. A través del cristal ya se divisa la cafetera, con las tazas alineadas y la pared llena de botellas, algunas de las cuales compruebo una vez dentro del local que son para el funcionamiento del día a día, y el resto, como la de Gin Mahon, Anís del Mono, Fundador, Marie Brizard y Cointreau, con una buena capa de polvo encima, han quedado arrinconadas formando parte de la decoración.
Sentado frente a la barra en una mesa redonda de mármol, me ventilo el desayuno imaginándome las historias que han pasado por estas cuatro paredes. Veo a Anna Mestres de pequeña jugando por el bar mientras su abuelo servía vasos de vino a la clientela y su abuela preparaba los bocadillos para los trabajadores de la zona, igual que ahora los prepara ella. También me imagino al equipo de fútbol Tres Torres, que tenían el campo de fútbol a pocos pasos del bar, celebrando las victorias después de los partidos en el Bar Mestres, mientras el suegro de Eduard Munné instalaba el nuevo trofeo en la vitrina de la pared, donde ahora cuento casi cien. Vete a saber si incluso hacían campeonato de butifarra... El local reúne todas las condiciones para haber sido refugio de tahúres, como tantos otros bares de la época ahora ya desaparecidos.
Es siempre una lástima para la ciudad, para los barrios y para los vecinos en general la pérdida de bares auténticos con un ambiente único que forman parte de nuestra historia
Antes de irme charlo con Eduard, que me pregunta si me quedo a comer y a probar el menú de la casa, pero hoy no podrá ser, y ya me sabe mal, porque toca escudella, ensalada de pasta y lentejas de la casa de primero, y manitas de cerdo, carrillera, codillo y callos de ternera de segundo. Por otro lado, me confirma que, junto con su mujer Anna, son la cuarta generación al frente del negocio, y que si no pasa nada nuevo, tiene previsto cerrar el próximo año o, como mucho, en 2028, para jubilarse, cansado de subir la persiana cada día de los últimos treinta años. Y, claro, les felicito por la decisión tomada y la merecida jubilación, aunque con su cierre perderemos un trozo de Barcelona. Llegado este punto, lo que os propongo es disfrutarlo mientras podamos. ¡Viva el bar Mestres!
Es siempre una lástima para la ciudad, para los barrios y para los vecinos en general la pérdida de bares auténticos con un ambiente único que forman parte de nuestra historia, por otro lado imposibles de resucitar, por mucho que se empeñen algunos grupos de restauración en hacerlo, consiguiendo únicamente mantener el espacio más o menos como estaba con cuatro fotos antiguas colgadas y una carta clonada con gildas, croquetas, bravas, tartar y pulpo que no tienen nada que ver con el bar original.
