Imaginar qué comían los hombres que acompañaron a Cristóbal Colón en 1492 ayuda a comprender mejor las penalidades del viaje que culminó con la llegada a América. Durante más de dos meses de travesía atlántica, la tripulación apenas podía pescar debido a la profundidad del océano. Alguna tortuga, calamares o incluso cetáceos eran capturas excepcionales. La base real de su alimentación no provenía del mar, sino de las bodegas. Gracias a los diarios de navegación y a estudios posteriores, como los divulgados por el médico gaditano Lucas Picazo Sotos, especializado en nutrición e historia, conocemos detalles muy precisos.

Qué comía Cristóbal Colón en el descubrimiento de América

En cada nave había un despensero, figura clave encargada de repartir las raciones con justicia y priorizar los alimentos más perecederos. También existía el alguacil de agua, responsable de medir y distribuir el líquido con extremo cuidado, especialmente cuando comenzaba a deteriorarse por el calor.

La despensa tenía que estar muy planificada / Foto: Unsplash
La despensa tenía que estar muy planificada / Foto: Unsplash

El desayuno consistía en bizcocho (también llamado galleta marinera o pan de barco) acompañado de ajo, sardina salada o queso, además de agua y vino. A media mañana, hacia las once, se servía la comida principal: carne salada, pescado o queso, junto con arroz y legumbres secas. Cada marinero recibía aproximadamente una o dos libras de bizcocho al día, media libra de proteína, vino y cerca de un litro de agua. Era una dieta energética y sorprendentemente planificada para la época, aunque muy salada.

El famoso bizcocho era el auténtico protagonista. Elaborado con harina, trigo, agua y levadura, se cocía dos veces para endurecerlo y prolongar su conservación. Esa doble cocción lo convertía en una pieza casi pétrea. De hecho, se decía que causaba auténticas “agujetas” en la mandíbula. Muchos marineros lo golpeaban contra las paredes del barco para desprender gorgojos antes de consumirlo. A menudo lo mojaban en vino para ablandarlo, convirtiendo la bebida en un complemento casi imprescindible.

La doble cocción convertía el bizcocho en una pieza casi pétrea

El vino, procedente en muchos casos de la zona de Jerez, no solo aportaba calorías: tenía un efecto antiséptico y se conservaba mejor que el agua. Se distribuían unos tres cuartos de litro por persona al día. El agua, en cambio, se corrompía rápidamente; tras pocos días adquiría mal sabor y era necesario colarla con un paño para beberla. La frase “el agua se mareaba” no era metáfora, sino una descripción literal de su deterioro.

Por la noche se encendía el fuego cuando el tiempo lo permitía y se preparaban guisos como la mazamorra, a base de legumbres. Las legumbres eran consideradas el “pan de los pobres”, ricas en energía y proteínas. El queso se consumía una o dos veces por semana, especialmente cuando no era posible cocinar.

Las legumbres tenían mala reputación / Foto: Unsplash
Las legumbres tenían mala reputación / Foto: Unsplash

Aunque hoy pueda parecer una alimentación precaria, los estudios indican que era más abundante y equilibrada que la de buena parte de la población española del siglo XV. Sin embargo, estaba compuesta por alimentos secos, salados y a menudo agusanados. Un pan durísimo, raciones medidas y agua escasa fueron el verdadero combustible del viaje que cambió la historia.