En el siglo XXII, la esencia de la dieta mediterránea no desaparecerá, pero sí se transformará profundamente. España afrontará un escenario marcado por el cambio climático, la escasez de agua y la necesidad de reducir emisiones. En ese contexto, la alimentación combinará alta tecnología y raíces sostenibles. La nueva dieta mediterránea será más vegetal, más marina y mucho más personalizada, manteniendo el protagonismo del aceite de oliva, las hortalizas y los productos del mar. El gran cambio llegará en el terreno de las proteínas. La carne convencional será cada vez más escasa y probablemente considerada un producto ocasional.
Dieta Mediterránea en 100 años
En lugar de la carne que hemos mencionado, se impondrán proteínas de “nuevo diseño”: carne y leche cultivadas en biorreactores mediante agricultura celular, fermentación de precisión para obtener caseína o colágeno sin animales y harinas de insectos integradas de forma casi invisible en panes y pastas. Estas innovaciones permitirán mantener la tradición culinaria reduciendo el impacto ambiental de la ganadería intensiva.
El mar cobrará aún más relevancia. A los pescados tradicionales se sumarán algas cultivadas de forma sostenible, ricas en minerales y proteínas, que se integrarán en arroces, guisos y ensaladas. Las costas mediterráneas podrían convertirse en polos de acuicultura avanzada y regenerativa. Junto a ellas, las legumbres (garbanzos, lentejas o alubias) y los hongos ocuparán un papel central, reforzando el carácter antiinflamatorio y cardioprotector que siempre ha definido a la Dieta Mediterránea.
La personalización será otro pilar clave. Gracias a la nutrigenómica y la inteligencia artificial, las dietas dejarán de ser universales. Sensores y dispositivos vestibles monitorizarán parámetros de salud en tiempo real, mientras cocinas inteligentes sugerirán menús ajustados al gasto calórico y al estado de la microbiota. Incluso la impresión 3D de alimentos permitirá crear platos con texturas tradicionales, pero formulados con nutrientes específicos para cada persona. La tecnología no sustituirá al recetario mediterráneo, sino que lo adaptará a cada organismo.
A los pescados tradicionales se sumarán algas cultivadas de forma sostenible
El paisaje agrícola también cambiará. Muchas hortalizas se cultivarán en granjas verticales dentro de ciudades como Madrid o Barcelona, reduciendo transporte y consumo de agua. La hidroponía y la edición genética con técnicas como CRISPR facilitarán variedades resistentes a sequías y altas temperaturas, previsibles en el clima peninsular futuro. Así, tomates, pimientos o cítricos seguirán presentes, pero producidos con una eficiencia impensable hoy.
En el ámbito gastronómico, la tradición buscará sobrevivir en formato sostenible. La cocina de autor se orientará hacia el residuo cero y la trazabilidad total. Cada ingrediente contará su historia: dónde se cultivó, cuánta agua utilizó y cuál fue su huella de carbono. La dieta mediterránea del siglo XXII no será una reliquia del pasado, sino una evolución ética y tecnológica que pondrá en el centro las hortalizas, los alimentos del mar y la salud tanto humana como planetaria.
