Durante décadas, las monarquías del Golfo Pérsico, enriquecidas por los combustibles fósiles, han proyectado al mundo una imagen de estabilidad, prosperidad y seguridad en medio de una de las regiones más convulsas del planeta. Con el apoyo de las bases militares estadounidenses desplegadas en la zona, países como los Emiratos Árabes Unidos, Catar o Baréin han construido una marca internacional basada en el lujo, la atracción de inversores y el turismo. Pero el estallido de la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán el pasado 28 de febrero ha puesto a prueba este modelo. Los ataques con misiles y drones de la República Islámica contra la región han hecho tambalear los cimientos económicos sobre los cuales estas monarquías habían construido su futuro, convirtiéndose en una auténtica prueba de fuego para unas economías que aspiraban a consolidarse como centros financieros globales. De hecho, los efectos ya se hacen notar tanto en el sector energético como en las actividades no petroleras, y parte de los daños tendrán consecuencias estructurales difíciles de revertir a corto plazo.
A pesar de los continuos ataques iraníes contra la región, los gobiernos del Golfo han intentado transmitir una imagen de calma. Poco después del inicio de la guerra, los Emiratos Árabes Unidos aseguraron en un comunicado que el país había adoptado "estrategias económicas con visión de futuro" para reforzar su capacidad de absorber cualquier impacto económico. Sobre el terreno, sin embargo, la percepción es otra. Fabián Patus, responsable de gestión de crisis en la multinacional europea Alstom, resume el estado de ánimo con una sola palabra: "Desconfianza". Este catalán, que ha vivido en Baréin durante el último año, explica que la población está sometida a un estado de alerta constante porque no saben "cuándo se volverán a repetir los ataques". Según relata, "el año pasado hubo un impacto de misil, pero los bareiníes no se podían imaginar que habría una guerra y que recibirían más de 400 misiles interceptados en un solo mes".
Los efectos de la guerra son visibles en la actividad económica. “Mucho comercio está parado o ya se ha marchado; muchos empresarios han tomado la decisión de trasladar su negocio a otros lugares del mundo porque el Golfo ya no es una zona segura y piensan que los ataques volverán”, asegura Patus. Aunque el alto el fuego entre Estados Unidos e Irán ha reducido significativamente los lanzamientos de misiles y drones sobre la región, estos no han desaparecido completamente y el miedo a una nueva escalada militar todavía marca las decisiones de inversores. Muchas empresas cuestionan la conveniencia de ampliar sus operaciones en un territorio donde los edificios de oficinas han recibido bastantes impactos en los últimos meses, mientras que el sector turístico también acusa el golpe. Las cancelaciones de reservas se han multiplicado y el Consejo Mundial de Viajes y Turismo estima que, durante las primeras semanas de la guerra, la región llegó a perder unos 600 millones de dólares diarios en ingresos vinculados al turismo.

La crisis también se hace notar con especial intensidad en el sector inmobiliario, que depende en gran medida de la llegada constante de trabajadores extranjeros o expatriados. Muchos de ellos se replantean si vale la pena trasladarse a una región que ha dejado de parecer inmune a los conflictos de Oriente Medio. “Se han parado todas las inversiones, el turismo ha bajado muchísimo”, asegura Patus. Hasta hace pocos meses, los hoteles funcionaban con altas ocupaciones gracias a los turistas y a los residentes extranjeros, pero las reservas ahora se han esfumado. Algunos restaurantes se encuentran al límite de la viabilidad económica e intentan reducir costes para sobrevivir. “Tengo contacto con el director general de un par de hoteles que me dice que así no podrán aguantar”, añade Patus.
Pérdida de confianza
Una de las consecuencias más profundas del conflicto es la erosión de la confianza en el paraguas de seguridad norteamericano sobre el cual las monarquías del Golfo han construido buena parte de su modelo económico. Durante décadas, países como los Emiratos Árabes Unidos vendieron al mundo una imagen de estabilidad garantizada por su estrecha alianza con Washington. Pero los repetidos ataques iraníes han hecho tambalear esta percepción y han recordado a los inversores, empresas y residentes extranjeros que incluso ciudades globales como Dubái no son inmunes a las tensiones regionales. En esta misma ciudad, el club de Euroliga Dubai Basketball se vio obligado a abandonar temporalmente los Emiratos para poder seguir compitiendo. “Nos trasladamos a Sarajevo cuando empezó el conflicto”, explica Marta Campderrós, responsable de marketing del equipo. El caso representa un nuevo revés para la proyección internacional de los Emiratos, que durante años también han invertido grandes cantidades de dinero para consolidarse como un centro global de eventos deportivos, desde la Fórmula 1 hasta proyectos como el mismo equipo de baloncesto. “Hemos pasado más de dos meses compitiendo fuera de Dubái”, añade Campderrós.
Quienes se han quedado tampoco están contentos con el papel de la Casa Blanca en la región. “La reflexión que hace la gente aquí es que, a pesar de ser aliados de Estados Unidos, los ataques y la guerra que tenemos actualmente con Irán son precisamente por tener bases militares norteamericanas”, explica Patus. “Si no hubiera sido por estas bases, no nos habrían atacado”, añade. Esta pérdida de confianza en el paraguas de seguridad de Washington ha empujado a algunos países del Golfo a explorar alternativas para reforzar sus capacidades defensivas. Entre ellas destaca Ucrania, que durante los últimos años ha acumulado una experiencia única en la detección e interceptación de drones rusos. El presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, ha cerrado acuerdos millonarios con Arabia Saudita y Qatar, interesados tanto en la tecnología desarrollada por Kiev como en los conocimientos adquiridos en el frente, después de más de cuatro años de guerra.
I met with the Amir of the State of Qatar, Sheikh Tamim bin Hamad Al Thani @TamimBinHamad, in Doha. The Prime Minister, Sheikh Mohammed bin Abdulrahman Al-Thani, was also present at the meeting.
— Volodymyr Zelenskyy / Володимир Зеленський (@ZelenskyyUa) March 28, 2026
We discussed issues that could further strengthen the protection of life in both… pic.twitter.com/33vWX3BvgA
Las inversiones en tecnología militar ucraniana son un ejemplo de que la factura de la guerra también se refleja en las prioridades de los gobiernos del Golfo. Los miles de millones de dólares destinados a reparar infraestructuras, reforzar la seguridad ante la amenaza iraní y compensar la pérdida de ingresos han obligado a muchos países a redirigir recursos que anteriormente dedicaban a proyectos de proyección internacional. Buena parte de estos fondos se destinan ahora a recuperar una cierta normalidad interna y la situación se ha ido estabilizando gradualmente, aunque a un ritmo mucho más lento de lo que las monarquías del Golfo habrían deseado. "Ya han reabierto escuelas y parece que todo vuelve a la normalidad", explica Campderrós, que pudo volver a los Emiratos Árabes Unidos con el resto de miembros de Dubai Basketball a mediados de mayo.
Éxodo inversor
Todavía es demasiado pronto para medir con precisión cuáles serán las consecuencias a largo plazo para la reputación económica de las monarquías del Golfo. Sin embargo, los ataques iraníes que, con más o menos intensidad, continúan produciéndose desde el 28 de febrero han roto una idea que parecía consolidada: que el Golfo era una excepción dentro de un Oriente Medio marcado por la inestabilidad. "Muchísimas personas se han marchado a sus países y ha sido principalmente por la guerra, por la peligrosidad", explica Patus. "A nadie le apetece estar en una zona donde hay conflicto y, por otro lado, muchos también se han visto obligados a irse por la crisis económica", añade. De hecho, él mismo ha decidido abandonar la región después de haber presenciado de primera mano el impacto del conflicto en Baréin. "Ya lo he aguantado bastante, me voy a México", concluye Patus. La huida del talento y el capital extranjero que durante años había alimentado el crecimiento del Golfo Pérsico ya es una realidad tangible.