Guardar el pollo crudo en cualquier estante de la nevera, confiando en que la bolsa o el envase original ya lo protegen, es un error más peligroso de lo que parece. Aunque el envoltorio aparente estar completamente cerrado, puede presentar pequeñas fugas de líquido o haberse contaminado exteriormente durante el transporte y la manipulación. Si el pollo se coloca encima de frutas, verduras, quesos o platos preparados, estos líquidos pueden caer sobre alimentos que después se consumirán sin cocinar. Así es como se produce la contaminación cruzada, una de las principales causas de infecciones alimentarias en casa.
Con alimentos como el pollo crudo, la clave está en tener mucho cuidado
El pollo crudo siempre debe ir en la parte más baja
El pollo puede contener microorganismos patógenos como la Salmonella o el Campylobacter. Una cocción completa los elimina, pero el problema aparece cuando pasan a otros alimentos antes de llegar a los fogones. Una gota casi invisible puede contaminar una ensalada, una pieza de fruta, un recipiente o cualquier producto listo para consumir. En estos casos, no habrá una cocción posterior que elimine las bacterias.
Para evitarlo, los especialistas recomiendan colocar siempre el pollo y el resto de carnes crudas en el estante inferior de la nevera. De esta manera, si se produce alguna fuga, el líquido no puede gotear sobre otros productos. No basta, sin embargo, con dejarlo directamente en el estante. Lo más seguro es introducir el envase original dentro de un recipiente limpio, cerrado y lo suficientemente profundo para retener cualquier líquido.
Este recipiente también evita que la bolsa o la bandeja entren en contacto directo con las superficies interiores del frigorífico. Después de manipular el envase, conviene lavarse bien las manos con agua y jabón antes de tocar cajones, mangos, utensilios u otros alimentos. También hay que limpiar inmediatamente cualquier derrame, sin pasar simplemente un trapo que luego se use por toda la cocina.
Tampoco deberías lavarlo antes de cocinar
Otro error habitual es lavar el pollo crudo bajo el grifo pensando que así se eliminan las bacterias. En realidad, el agua puede provocar salpicaduras microscópicas y esparcir los microorganismos por el fregadero, el mármol, los platos o los alimentos cercanos. El pollo no necesita lavarse: la manera segura de eliminar las bacterias es cocinarlo completamente hasta que el interior alcance una temperatura adecuada.
También es importante no conservarlo demasiado tiempo. El pollo crudo debería consumirse preferentemente durante las 24 o 48 horas posteriores a la compra, siempre respetando la fecha de caducidad y las instrucciones de la etiqueta. Si no se va a cocinar dentro de este plazo, es mejor congelarlo tan pronto como sea posible, bien protegido y dividido en las raciones que se utilizarán posteriormente.
En la nevera, los alimentos cocinados y los que se comen directamente deben estar separados de los productos crudos. Los primeros pueden ocupar las zonas superiores, mientras que las carnes y los pescados sin cocinar deben quedar abajo y dentro de recipientes independientes. Este orden reduce considerablemente el riesgo de contaminación. Guardar el pollo correctamente no solo ayuda a conservarlo mejor: evita que un único envase pueda convertirse, sin que lo veamos, en el foco de contaminación de toda la nevera.