Salir a comer fuera parece algo sencillo. Elegir un plato, disfrutar del momento y pagar. Pero la realidad es que hay pequeños detalles que pueden hacer que la cuenta suba mucho más de lo esperado sin que apenas te des cuenta. No tiene que ver con pedir el plato más caro ni con elegir un restaurante de lujo. El incremento muchas veces viene de decisiones que parecen normales y que forman parte de la experiencia. Ahí es donde está la clave.
La mayoría de los restaurantes ganan mucho más dinero con lo que se bebe que con lo que se come en ellos
Las bebidas y los postres, los grandes responsables
Y es que los chefs coinciden en lo mismo. Las bebidas y los postres son los productos que más margen de beneficio generan en un restaurante. Esto significa que su precio está muy por encima de su coste real. En muchos casos, incluso más que los platos principales, que requieren elaboración, tiempo y materia prima de calidad. De este modo, una comida que parecía ajustada de precio puede encarecerse rápidamente sin que uno se entere. Pedir varias bebidas, una copa de vino o refrescos durante la comida acaba sumando más de lo que parece de forma inesperada y no calculada por parte del cliete.

Con los postres ocurre algo similar. Son el cierre habitual de la comida y muchos clientes los piden casi por inercia. Sin embargo, su precio suele ser elevado en relación a lo que cuestan realmente. Además, hay un factor importante. Al llegar al final de la comida, el cliente ya ha tomado varias decisiones y presta menos atención al precio. Es más fácil añadir un postre sin pensarlo demasiado, ya que a veces ni se mira la carta al pedirlo. Lo que lleva a que no se sepa si es muy caro o no.
Por qué los restaurantes potencian la venta de estos productos
La realidad es que estos dos elementos son clave en el negocio de la restauración. Las bebidas, por ejemplo, no requieren cocina ni elaboración, lo que reduce costes y aumenta el margen. En el caso de los postres, muchos son elaboraciones sencillas o incluso productos preparados que se venden a un precio mucho mayor. Esto permite a los restaurantes aumentar el ticket medio sin necesidad de subir los precios de los platos principales, que son los que más comparan los clientes. También hay una estrategia clara. La carta suele destacar bebidas especiales o postres atractivos para incentivar su consumo, ya que son los productos más rentables.
Además, forman parte de la experiencia. Comer fuera no es solo alimentarse, también es disfrutar, y ahí es donde estos extras entran en juego. Así pues, el truco no está en dejar de pedir, sino en saberlo. Las bebidas y los postres son los elementos que más influyen en el precio final. Ser consciente de ello permite decidir mejor y evitar que la cuenta suba más de lo previsto sin darse cuenta a base de pedir cosas que parecen baratas pero que, al final, no lo son para nada.