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Cuando un café queda demasiado amargo, la reacción más habitual es añadirle azúcar. Sin embargo, hay una alternativa mucho menos conocida que puede funcionar mejor: una cantidad mínima de sal. No se trata de salar el café hasta que se note, sino de añadir solo una punta casi imperceptible. La sal tiene la capacidad de reducir la percepción del amargor y, bien utilizada, puede equilibrar una taza preparada con un café demasiado tostado, una extracción excesiva o un agua que aporta un sabor poco limpio.

El azúcar no es la mejor solución ante el amargor

La sal reduce el amargor sin convertir el café en dulce

El azúcar disimula el amargor porque le añade dulzor, pero no lo elimina realmente. La sal, en cambio, modifica la manera en que el paladar percibe determinados sabores y puede hacer que las notas amargas pierdan protagonismo. Por eso, una taza agresiva puede resultar más redonda y equilibrada sin necesidad de llenarla de azúcar.

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La cantidad es fundamental. Basta con añadir unos pocos granos de sal a la taza o una punta muy pequeña al café molido antes de prepararlo. Si se pone demasiada, el sabor salado aparecerá inmediatamente y el remedio será peor que el problema. El objetivo es que la sal no se pueda identificar, sino que solo reduzca aquella sensación áspera que queda al final de cada sorbo.

Este truco resulta especialmente útil con cafés muy tostados, preparaciones que han estado demasiado tiempo en contacto con el agua o cafeteras que trabajan a temperaturas demasiado altas. También puede suavizar ciertos sabores rancios o metálicos relacionados con el agua acumulada durante demasiado tiempo en depósitos, especialmente en máquinas que no se limpian con suficiente frecuencia.

El truco no sustituye una buena preparación

Añadir sal puede salvar una taza, pero no debería servir para esconder errores constantes. Un café demasiado amargo acostumbra a indicar una sobreextracción, una molienda demasiado fina, una dosis excesiva o una temperatura demasiado elevada. En una cafetera italiana, por ejemplo, también puede aparecer cuando se deja la cafetera al fuego hasta que el café sale con violencia y empieza a quemarse.

Por eso, antes de recurrir siempre a la sal, conviene revisar la preparación. Hay que utilizar agua fresca, una molienda adecuada, una dosis equilibrada y una cafetera limpia. Los depósitos, filtros y conductos acumulan aceites y residuos que pueden hacer que incluso un buen café tenga un sabor rancio o excesivamente intenso. La sal también se puede incorporar antes de la preparación. En una cafetera de filtro, se puede poner una punta mínima entre el café molido. En una italiana, es más fácil corregir la taza una vez servida, porque así se controla mejor la cantidad. En cualquier caso, hay que empezar con muy poca y probar antes de añadir más.

La realidad es que este truco no convierte un café malo en un café excelente, pero sí que puede hacerlo mucho más agradable. Una punta de sal bien medida reduce el amargor, limpia la sensación final y evita tener que añadir varias cucharadas de azúcar. Es un recurso sencillo, barato y sorprendente que funciona precisamente porque casi no se tiene que notar.