Sumergirse en la vida cotidiana del genio de la Sagrada Familia es descubrir que, más allá de sus innovadoras formas arquitectónicas y su espiritualidad intensa, Antoni Gaudí también aplicaba una filosofía muy particular a su relación con la comida. A diferencia de muchos de sus contemporáneos de la Barcelona de finales del siglo XIX y principios del XX, Gaudí no buscaba el placer gastronómico; vivía con una dieta extremadamente sencilla, casi vegetariana y profundamente influida por el naturismo, un movimiento que promovía la salud a través de lo natural y la moderación. Esta elección nació de su propia salud frágil (sufrió reumatismo desde niño) y de la influencia de corrientes higienistas como las del médico alemán Sebastian Kneipp, defensor de dietas a base de frutas y verduras, ejercicio al aire libre y baños de agua fría.

La dieta prácticamente vegetariana de Antoni Gaudí

Gaudí no era un foodie; pocas fuentes hablan de grandes banquetes en su mesa. Al contrario, su alimentación diaria se describe como sobria y frugal: hojas de lechuga o escarola crudas, aliñadas con aceite de oliva virgen extra, fruta fresca, que él consideraba superior cuando se comía directamente del árbol, y frutos secos como avellanas o almendras eran habituales en su dieta. Según testimonios recogidos por biógrafos y compañeros, muchas veces su almuerzo consistía en una simple mezcla de verduras trituradas o una ensalada ligera, seguida de un poco de leche y un puñado de nueces, sin carne ni pescado, y acompañado de agua.

Los frutos secos formaban parte de su dieta / Foto: Unsplash

La elección de prescindir casi por completo de productos animales no fue motivada por moda ni por un activismo moderno, sino por razones de salud, convicción espiritual y una visión ascética de la vida diaria. En numerosas cartas y anécdotas recogidas en biografías se observa cómo Gaudí creía que evitar la carne y limitar la ingesta ayudaba a mantener el cuerpo ligero y la mente enfocada en su obra y en su fe. Algunos relatos incluso señalan que llegó a realizar largos ayunos y a comer tan poco que ponía en riesgo su propia salud, lo que evidencia cuán extremo podía ser su enfoque dietético.

Gaudí creía que evitar la carne y limitar la ingesta ayudaba a mantener el cuerpo ligero y la mente enfocada

El entorno del arquitecto corroboró esta postura. Un testimonio relativamente reciente recuerda que al morir fue encontrado con un puñado de avellanas en sus bolsillos, un detalle que simboliza la simplicidad radical de su vida cotidiana. Gaudí también evitaba alimentos considerados excitantes o pesados: despreciaba el consumo excesivo de especias, sal y todo aquello que rompiera su idea de una nutrición “pura”.

Antoni Gaudí consumia muchos vegetales / Foto: Unsplash

La dieta de Gaudí, por tanto, no se parece en nada a la de un chef moderno ni a la de un atleta contemporáneo. Era un alimento marcado por el mínimo necesario, por la misión de dedicar más tiempo al trabajo creativo que a la mesa, y por una convicción personal propia del contexto de salud natural de su época. Esta forma de comer tan frugal, tan vegetariana y tan alejada de los banquetes tradicionales, nos da otra perspectiva de quién fue Gaudí: no solo un innovador de la piedra y el hierro, sino también un hombre que aplicó a su vida personal la misma lógica de estructura, simplicidad y pureza que vemos en sus edificios. En su mundo, el cuerpo se alimentaba no para el exceso, sino para sostener la obra, la contemplación y la devoción.