Ana Mengual, nutricionista, ha puesto el foco en un detalle que casi siempre pasa desapercibido, como la posición de los huevos dentro del cartón. No están colocados todos igual por una cuestión estética. La parte más ancha queda arriba y la punta, abajo, porque en el extremo redondeado hay la cámara de aire que se forma después de la puesta. Mantener esta orientación ayuda a que la cámara se conserve estable y que la yema quede más centrada, hecho que puede favorecer la calidad durante el almacenamiento. Ahora bien, no es correcto describir esta cámara como la parte más contaminada del huevo: el riesgo microbiológico depende sobre todo del estado de la cáscara, la temperatura y la manipulación.
La manera de guardar los huevos no es aleatoria
La punta hacia abajo ayuda a conservar su estructura
En el interior del huevo, la yema queda suspendida gracias a unas estructuras llamadas chalazas. Con el paso de los días, la clara pierde densidad, la cámara de aire aumenta y la yema se mueve con más facilidad. Guardar el huevo con el extremo ancho hacia arriba evita que esta burbuja presione hacia el centro y ayuda a mantener la yema alejada de la cáscara, donde podría quedar más expuesta si las membranas interiores se debilitan.
Esto explica por qué los huevos acostumbran a llegar al supermercado con la punta hacia abajo. Es una posición práctica para conservar mejor la calidad, pero no convierte automáticamente un huevo mal manipulado en seguro. Ponerlo del revés tampoco implica necesariamente sufrir una intoxicación. La diferencia se nota sobre todo en la frescura, la textura de la clara y la posición de la yema, no en una eliminación directa de posibles bacterias.
Lo que sí que tiene un impacto claro es evitar los cambios de temperatura. En casa, los huevos se tienen que conservar en la nevera, dentro de su envase original y en un estante interior. La puerta es menos adecuada porque sufre oscilaciones cada vez que se abre. El cartón los protege de golpes, limita la absorción de olores y permite consultar la fecha de consumo preferente.
No los laves antes de guardarlos
Otro error habitual es lavar los huevos antes de introducirlos en la nevera. La cáscara tiene una cutícula protectora que dificulta la entrada de microorganismos. El agua, especialmente si se combina con frotamiento o con una temperatura inadecuada, puede facilitar que la contaminación exterior atraviese los poros. Por eso es mejor no lavarlos antes de almacenarlos.
También se deben desechar los huevos con la cáscara agrietada, porque su barrera natural ya está comprometida. Después de manipularlos, hay que lavarse las manos y limpiar los utensilios que hayan entrado en contacto con la cáscara. Las preparaciones con huevo crudo o poco cuajado requieren aún más precaución, especialmente en niños, personas mayores, embarazadas o personas inmunodeprimidas.
Por lo tanto, Ana Mengual acierta cuando recomienda conservarlos tal como vienen: parte ancha hacia arriba y punta hacia abajo. Esta orientación ayuda a mantener la estructura interna y puede retrasar la pérdida de calidad. Pero la seguridad real no depende solo de la dirección. Hay que mantenerlos refrigerados, evitar lavarlos, conservarlos en el cartón, desechar los rotos y cocinarlos adecuadamente cuando sea necesario.