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Comprar una lechuga entera de huerto puede parecer menos práctico que coger una bolsa de ensalada preparada, sobre todo porque muchas personas imaginan que tendrán que pasar un buen rato separando hojas, eliminando tierra y secándolas una por una. En realidad, con un poco de orden, el proceso puede quedar prácticamente resuelto en un par de minutos. A cambio, tendremos una lechuga más crujiente, con más sabor y sin necesidad de comprarla cortada y cerrada dentro de una bolsa de plástico. La clave es no empezar lavándola hoja por hoja, sino retirar primero todo aquello que no interesa y aprovechar el agua de manera eficiente.

Con pocos pasos bien hechos la lechuga se limpia en un par de minutos

Primero las hojas exteriores y después el agua

El primer paso es retirar las hojas más externas. Son las que han estado más expuestas a tierra, polvo, golpes y manipulación, y a menudo también son las más marchitas. No hace falta eliminar media pieza: normalmente basta con quitar las dos o tres primeras capas hasta que aparezcan hojas firmes, verdes y con buen aspecto.

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

A continuación, hay que separar la base para que las hojas se desprendan con facilidad. Una manera rápida es cortar la parte inferior del tronco y poner las hojas directamente dentro de un bol grande con agua fría. En lugar de pasarlas individualmente bajo el grifo, se pueden mover con las manos durante unos segundos para que la tierra y los pequeños restos queden en el fondo.

Si la lechuga viene directamente del huerto y lleva bastante tierra, es preferible repetir la operación con agua limpia. No hace falta dejarla en remojo durante mucho rato. Lo que interesa es separar físicamente la suciedad, revisar los pliegues de las hojas y eliminar cualquier insecto pequeño que pueda quedar escondido. En menos de dos minutos se puede tener toda la pieza limpia si se trabaja con un recipiente lo suficientemente grande.

El truco que hace que dure más en la nevera

El punto que mucha gente olvida es el secado. Guardar la lechuga todavía mojada hace que las hojas se deterioren mucho más rápidamente. Aquí es donde una centrifugadora de ensaladas resulta especialmente útil: en pocos segundos elimina gran parte del agua sin tener que secar cada hoja con papel de cocina. Hay muy sencillas y no ocupan mucho espacio. Se pone la lechuga dentro de la cesta, se hace girar y el agua queda en la base del recipiente. Si no tenemos, también podemos extender las hojas sobre un trapo limpio o papel absorbente y retirar suavemente el exceso de humedad antes de guardarlas.

Una vez limpia y seca, la lechuga se puede conservar en un recipiente cerrado con un trozo de papel de cocina en el fondo para absorber la humedad que vaya apareciendo. Así queda preparada para utilizar directamente durante los días siguientes. La diferencia respecto a una bolsa de lechuga cortada es evidente: más textura, más frescor y ese gusto vegetal que todavía conserva una pieza recién cogida del huerto. Y todo ello sin dedicarle más que unos minutos.