Cuando un aparato electrónico se queda bloqueado, la opción más inmediata, efectiva e instintiva es la de apagar el aparato y volverlo a encender. Seguramente no es la medida más ortodoxa, pero a menudo es la más eficaz porque habitualmente el sistema que lo hace funcionar se queda colgado y el aparato se queda como congelado en una especie de pausa eterna que solo se soluciona cuando se pulsa el botón y se reinicia. Esto es exactamente lo que le ha pasado al movimiento independentista y el viernes se pudo ver por las calles de Barcelona, Amposta y Girona en una nueva Diada histórica, pero no histórica por los motivos en que se hacía historia la década pasada, sino porque esta ha sido la Diada del 'reset'.
Una de las características de este renacimiento de la Diada es el evidente relevo generacional en sus manifestantes. Seguro que en muchos hogares los abuelos que desde 2012 en adelante solo se perdieron una manifestación, la de la pandemia del 2020, este año han optado, por motivos tanto físicos como de cansancio político, por quedarse en casa. No han abandonado el independentismo, pero sí el esfuerzo de comer temprano, coger el tren, caminar unos cuantos kilómetros, volver a coger el tren y cenar tarde. Por el contrario, muchos de estos abuelos han visto cómo sus hijos, pero sobre todo sus nietos y nietas, han tomado el relevo activista, se han atado una estelada al cuello, algunos se han pintado la cara y todos se han hecho selfies para inmortalizar lo que, para muchos, era su primera mani indepe.
Cuando el aparato se queda colgado y no se avanza conviene apagar y volver a encender. Y, efectivamente, cuando la máquina se vuelve a poner en marcha siempre necesita otro rato para arrancar del todo. Paciencia
Además del perfil de los asistentes, los discursos de las entidades convocantes han mirado al futuro, a la reanudación y la esperanza, en lugar de continuarse lamiendo las heridas del pasado, del duelo y del odio. Pero también ha sido significativo que de "La revolta dels somriures" se haya pasado al putaespañismo desacomplejado y que el "ni un paper a terra" haya evolucionado hacia la quema de una bandera española en el escenario principal. Todo esto con una asistencia mucho menor que las millonarias del procés pero superior a la del año pasado y eso que este año la Diada caía en un atractivo viernes que implicaba un atractivo fin de semana de tres días de fiesta.
No es necesario profundizar mucho en los motivos que explican este incipiente resurgimiento. Continuando con la metáfora informática del principio, es posible que al software independentista le haga falta una actualización, pero el hardware todavía está ahí, básicamente porque los motivos para desear una Catalunya con Estado propio continúan intactos: el déficit fiscal, la falta de inversiones, la catalanofobia, la represión contra las esteladas y, sobre todo, que no nos dejen preguntar si queremos seguir formando parte de España. Efectivamente, ha sido la Diada del 'reset', ese gesto que siempre viene después de un rato esperando a ver si el problema se arregla solo. No. Cuando el aparato se queda colgado y no se avanza conviene apagar y volver a encender. Y, efectivamente, cuando la máquina se vuelve a poner en marcha, siempre le hace falta otro rato para arrancar del todo. Paciencia.