Soñar ha fascinado al ser humano desde siempre. Durante siglos se han interpretado los sueños como mensajes ocultos, premoniciones o símbolos del inconsciente. Sin embargo, desde la neurociencia moderna, la explicación es menos mística y más funcional. Pablo Barrenchguren, neurocientífico, lo resume con una afirmación clara: “Soñar es un subproducto de lo que hace nuestro cerebro”. Es decir, los sueños no serían el objetivo principal del descanso, sino una consecuencia de procesos cerebrales mucho más relevantes para nuestra supervivencia y bienestar.
Dormir es una necesidad biológica fundamental. Mientras descansamos, el cerebro realiza tareas esenciales: reorganiza información, consolida recuerdos, regula emociones y mantiene el equilibrio del sistema nervioso. En ese complejo trabajo interno, aparecen los sueños.
Los enigmas del sueño y su función principal
La ciencia todavía no ha resuelto todos los misterios del sueño, pero sí ha aclarado algunas cuestiones clave. Barrenchguren explica que la función principal del sueño no es soñar, sino permitir que el cerebro se recupere y se reorganice. Durante las distintas fases del sueño, especialmente el sueño REM, se activan circuitos neuronales relacionados con la memoria, el aprendizaje y la gestión emocional.
Soñar sería, según el neurocientífico, un efecto secundario de esta intensa actividad cerebral. Mientras el cerebro consolida recuerdos y limpia información irrelevante, se producen activaciones espontáneas de imágenes, emociones y narrativas que nosotros experimentamos como sueños. No están “diseñados” para transmitir mensajes, sino que surgen de la manera en que el cerebro conecta recuerdos y emociones.
Esto explica por qué los sueños suelen ser extraños, inconexos o ilógicos. El cerebro no está intentando contar una historia coherente, sino reorganizando información de forma automática.
La conexión entre los sueños y la vida cotidiana
Aunque los sueños no tengan una función simbólica predeterminada, Barrenchguren señala que sí están profundamente conectados con nuestra vida diaria. El contenido onírico se nutre de experiencias recientes, preocupaciones, deseos y emociones no resueltas. Soñamos con lo que el cerebro considera relevante, no necesariamente con lo que es importante de forma consciente.
Por ejemplo, situaciones de estrés, conflictos personales o aprendizajes nuevos suelen aparecer transformados en los sueños. No como mensajes cifrados, sino como reflejos de un cerebro que está procesando información emocional. Esta conexión explica por qué, tras periodos intensos, los sueños pueden volverse más vívidos o recurrentes.
Barrenchguren advierte contra la interpretación literal de los sueños. Buscar significados universales puede llevar a conclusiones erróneas. Cada sueño depende del contexto vital y emocional de la persona. Lo relevante no es el símbolo, sino el estado mental que lo genera.
Desde esta perspectiva, los sueños pueden servir como una ventana indirecta al estado emocional, pero no como una guía consciente. No nos dicen qué hacer, pero muestran cómo está trabajando nuestro cerebro.
En definitiva, Pablo Barrenchguren propone una visión desmitificadora, pero fascinante: soñar no es el propósito del sueño, sino el rastro que deja un cerebro ocupado en mantenerse sano y equilibrado. Dormimos para vivir mejor; soñamos porque nuestro cerebro nunca se detiene.
