El uso de móviles, tablets y otros dispositivos electrónicos se ha normalizado en la vida cotidiana de los adultos y también en la de los niños. Sin embargo, desde la psicología del desarrollo y la pediatría se lanza un mensaje claro: el cerebro infantil no está preparado para una exposición temprana a las pantallas. Así lo advierten de forma reiterada los especialistas y, de manera oficial, la Asociación Española de Pediatría (AEP).
El impacto del boom tecnológico en la primera infancia
En apenas una década, la presencia de pantallas en los hogares se ha multiplicado. Tablets educativas, móviles “para entretener” o dibujos animados a demanda se han convertido en recursos habituales para calmar, distraer o incluso “estimular” a los más pequeños. El problema, según los expertos, no es la tecnología en sí, sino el momento evolutivo en el que se introduce.

Desde la psicología infantil se explica que, en los primeros años de vida, el cerebro se encuentra en una fase crítica de maduración. Las conexiones neuronales se desarrollan a partir de la experiencia directa con el entorno: el movimiento, la exploración, el lenguaje cara a cara y el juego simbólico. Las pantallas, en cambio, ofrecen una estimulación rápida, pasiva y bidimensional que no sustituye la interacción real.
La consecuencia de una exposición temprana y prolongada puede ser un impacto negativo en áreas clave como la atención, el lenguaje, el autocontrol emocional y el desarrollo cognitivo. Por eso, los pediatras insisten en que no es una cuestión de moda educativa, sino de salud neurológica.
La recomendación oficial: cero pantallas en los primeros años
La Asociación Española de Pediatría es contundente:
Hasta los 3 años, nada de pantallas (ni móviles, ni tablets, ni televisión).
A partir de esa edad, el uso debe ser muy limitado, supervisado y con contenidos adecuados, priorizando siempre la interacción humana.
Según la AEP, antes de los tres años el cerebro infantil no tiene la capacidad de procesar adecuadamente los estímulos digitales, lo que puede interferir en la construcción de funciones ejecutivas básicas como la atención sostenida, la memoria de trabajo o la regulación emocional.

Para muchos padres, este tema resulta especialmente delicado. Vivimos en un contexto donde las pantallas están en todas partes y donde, en ocasiones, parecen una solución rápida ante el cansancio o la falta de tiempo. Sin embargo, los especialistas recuerdan que no se trata de culpabilizar, sino de informar y acompañar a las familias con criterios científicos.
Desde la psicología, se recomienda sustituir las pantallas por juego libre, lectura compartida, conversación, movimiento y rutinas estables, elementos que sí favorecen un desarrollo cerebral sano. La clave está en confiar en la evidencia y recordar que, en los primeros años, menos tecnología es más desarrollo.
Porque proteger el cerebro infantil hoy es invertir en la salud emocional y cognitiva del adulto del mañana.