Pedro Sánchez y Salvador Illa habían planeado un ideario de pax autonómica en Catalunya consistente en hipotecar la escasa ambición de los independentistas (amenazándoles de ser la única Administración que les aplicaría la amnistía y todo el consiguiente espantajo sobre la ultraderecha) y también en el ir tirando de un Govern típico de la sociovergencia, con un hiperliderazgo presidencial y unos consellers tan competentes como escasamente ávidos de protagonismo. La semana pasada, el colapso absoluto de la movilidad pública en todo el país no solo ha hecho añicos el plan de anestesiar a la población por parte del Govern en minoría más plácido de nuestra historia (con una oposición política de pacotilla y una connivencia periodística casi soviética), sino que, como ya le pasó al president José Montilla, la pretensión de administrar la nación como una simple gestoría regional ha acabado saltando por los aires.
En una Catalunya colonizada por España los trenes nunca acabarán de funcionar del todo
Entiendo que la mayoría de catalanes —y aún más los usuarios de Rodalies— estén la mar de preocupados ante la posibilidad de volver a viajar en unas líneas de tren que parecen princesas abandonadas a merced de cualquier King Kong, ya sea en forma de desprendimiento o descarrilamiento. Pero, como pasa siempre, hay que abstraerse de la contingencia, por terrible que sea, ya que aquí lo importante resulta patentizar de nuevo no solo el hecho de que Catalunya tiene un sistema de movilidad pública absolutamente precario a la hora de hacer honor a la iniciativa particular de sus ciudadanos y empresas, sino que todas las promesas del renacimiento de Rodalies (ya sea la broma de la empresa mixta comandada por la Generalitat o la financiación singular) han sido, son y serán una tomadura de pelo. Como ya escribí hace un par de años aquí mismo, en una Catalunya colonizada por España los trenes nunca acabarán de funcionar del todo.
El mejor resumen del vodevil de esta semana no solo es la visión de un president en funciones que prometía jornadas “complicadas” que acababan sin trenes (mis amigos socialistas me habían perjurado que Albert Dalmau era casi un genio, lo que contrasta con el hecho de que tenga que pedir perdón a los ciudadanos leyendo un comunicado, como un simple conserje) y una consejera del ramo del transporte que habla de un restablecimiento progresivo del servicio, sin poder afirmar la apertura de una sola línea ni establecerla en un mínimo horario concreto. Esto es un delirio, pero la guinda del desgobierno ha sido el hecho de ver cómo un triste sindicato de maquinistas españoles puede quedarse en casa y parar el país, pasando olímpicamente de su obligación de ir a currar y frotándose las amenazas en forma de expediente de la Gene por el ano. Si alguna vez volvemos a hacernos nuestras las calles, deberíamos pedirles consejo.
Hay que ser justos y recordar que esto no solo es responsabilidad de los socialistas, ya que hubo partidos catalanes que se arrodillaron ante las pretensiones funcionarias de una pandilla de xenófobos que se negaron a firmar un nuevo convenio ante el cambio de administración de Rodalies Catalunya. De entre estos, hoy hay que felicitar a nuestros camaradas independentistas, los cuales —como veis— han permitido que una simple agrupación de la guardia civil maquinista pueda dejar casi a un millón de personas con cara de tonto, mirando la vía e imaginando ver un tren que nunca llegará. Este factor debe tenerse muy en cuenta, porque ahora veréis cómo todo el procesismo aprovechará este lío de los trenes para volver a intentar enredarnos a base de manifestaciones donde reivindicarán todo aquello que no han sabido defender. Recordadlo; esto del catalán cabreado es un truco para engordar a los sociatas.
Tiene cierta gracia que toda esta crisis de los trenes en Catalunya se haya producido con la máxima instancia del país mirándolo todo desde el hospital, porque habría sido interesante ver si Salvador Illa habría aprovechado la ocasión de los trenes para enfadarse por primera vez con Pedro Sánchez y Óscar Puente. A la espera de que regrese el Molt Honorable, tendremos que quedarnos admirando cómo el Govern de tothom deja a cientos de miles de conciudadanos sin transporte y también evidenciando cómo estos consellers tan competentes que nos habían prometido los socialistas son incapaces no solo de informar a la población sobre si podrá ir a trabajar, sino también si tienen la mínima habilidad de gestión para reparar una crisis de transporte inaudita en la Europa civilizada. La pacificación les ha funcionado políticamente, ya que el independentismo no es oposición; pero el ínfimo crédito ciudadano adquirido ya se les ha fundido.
Primero acabamos con la mentira procesista y ahora hemos matado la pax autonómica. El animalito ya estaba bien enterrado después del 1-O, pero a menudo hacen falta algunos descarrilamientos para que todo el mundo se dé cuenta del drama de la ocupación. Poco a poco, vuelvo a insistir por enésima vez, queda más claro que en España solo nos espera miseria. Muy pronto, volverá el conflicto nacional, y hará falta que mantengamos la fuerza para volver a ponerlo en marcha. No os preocupéis por el transporte, que esto cada uno lo hará desde casa.