Hace entre 43 y 46 millones de años, un objeto procedente del espacio cayó en las aguas del actual mar del Norte y desencadenó una colisión de enormes proporciones. Según las reconstrucciones científicas, el impacto proyectó rocas y agua hasta 1,5 kilómetros de altura y generó un tsunami que pudo superar los 100 metros cerca del lugar de la colisión.
Las huellas de aquel episodio permanecieron ocultas bajo el fondo marino durante millones de años. En 2002, los geólogos descubrieron una extraña formación circular frente a la costa oriental de Inglaterra, pero no consiguieron ponerse de acuerdo sobre su origen. Algunos defendían que había sido creada por un asteroide, mientras otros atribuían su forma a procesos geológicos terrestres.
Una investigación liderada por la Universidad Heriot-Watt de Edimburgo ha aportado pruebas decisivas de que el cráter Silverpit se formó por el impacto de un objeto de unos 160 metros de diámetro. El estudio, publicado en Nature Communications en 2025, combina imágenes sísmicas, muestras minerales y simulaciones informáticas para reconstruir un acontecimiento que llevaba más de dos décadas generando controversia.
Un cráter de tres kilómetros oculto bajo el océano
Silverpit se encuentra en la parte meridional del mar del Norte, aproximadamente a 130 kilómetros de la costa de Yorkshire, en Inglaterra. La estructura está enterrada bajo unos 700 metros de sedimentos y tiene un diámetro cercano a los tres kilómetros, aunque las fracturas circulares que la rodean se extienden hasta una distancia de unos 20 kilómetros.
Cuando los científicos la identificaron en 2002, varias características apuntaban a una colisión con un objeto extraterrestre. Tenía un contorno prácticamente circular, una elevación central y una serie de fracturas concéntricas parecidas a las que aparecen en otros cráteres de impacto.
Sin embargo, esa interpretación no convenció a todos los especialistas. Algunos geólogos propusieron que el movimiento de depósitos subterráneos de sal había deformado las capas de roca, mientras otros señalaron que la actividad volcánica podía haber provocado el hundimiento de una parte del antiguo fondo marino.
La discusión llegó a tal punto que, en 2009, durante un debate científico organizado en Londres, la mayoría de los participantes rechazó la hipótesis del asteroide. Aunque la forma del cráter recordaba a la de otros impactos conocidos, faltaban pruebas físicas que permitieran descartar las explicaciones alternativas.
La dificultad para resolver el misterio también estaba relacionada con el lugar donde se encuentra Silverpit. La erosión, la acumulación de sedimentos y los movimientos de la corteza terrestre pueden modificar o eliminar las huellas de colisiones antiguas. Reconstruir cómo los impactos de grandes asteroides han transformado la historia geológica del planeta exige encontrar estructuras que hayan conservado suficientes señales de lo ocurrido.
En este caso, las capas de sedimentos que cubrieron el cráter terminaron protegiendo buena parte de su estructura original, lo que permitió estudiarla con técnicas más avanzadas.
Unos cristales encontrados en un pozo petrolífero dieron la respuesta
El equipo dirigido por Uisdean Nicholson utilizó nuevas imágenes sísmicas tridimensionales para examinar las rocas enterradas bajo el fondo marino. Esta técnica permite reconstruir estructuras del subsuelo a partir de ondas que se reflejan en las distintas capas geológicas, sin necesidad de excavar directamente hasta ellas.
Las imágenes mostraron con mayor detalle la elevación central del cráter, sus fracturas y la forma en que se habían desplazado los sedimentos. La distribución resultaba compatible con un impacto a gran velocidad, pero la prueba más convincente apareció en unas pequeñas muestras recuperadas de un pozo petrolífero cercano.
Los investigadores encontraron cristales de cuarzo y feldespato con deformaciones provocadas por presiones extraordinarias, situados a una profundidad correspondiente al suelo original del cráter. Estas alteraciones microscópicas, conocidas como estructuras de choque, se producen cuando una onda de presión muy intensa atraviesa los minerales.
Las condiciones necesarias para generar esas deformaciones son muy diferentes de las que suelen producir los procesos geológicos ordinarios. Su presencia, junto con la estructura observada mediante las imágenes sísmicas, proporcionó una evidencia física que las hipótesis basadas en movimientos de sal o actividad volcánica no conseguían explicar.
El análisis de los sedimentos también permitió situar la formación de Silverpit entre hace 43 y 46 millones de años, durante el Eoceno medio. Los investigadores pudieron así establecer tanto el origen de la estructura como el periodo geológico en el que ocurrió la colisión.
Este tipo de pruebas minerales ya ha sido fundamental para investigar otros impactos de grandes dimensiones. En el caso de Chicxulub, por ejemplo, el análisis de las rocas permitió estudiar la procedencia del asteroide relacionado con la extinción de los dinosaurios. La información conservada bajo la superficie puede revelar detalles que ya no son visibles en el paisaje actual.
Así se habría formado el tsunami de más de 100 metros
Con el origen del cráter establecido, los investigadores utilizaron simulaciones informáticas para reconstruir el impacto. Los modelos apuntan a que un asteroide de aproximadamente 160 metros de diámetro llegó desde el oeste siguiendo una trayectoria relativamente oblicua y golpeó el fondo marino a enorme velocidad.
Aunque era considerablemente más pequeño que el objeto relacionado con la extinción de los dinosaurios, su energía bastó para excavar una gran cavidad y desplazar violentamente el agua y los sedimentos que se encontraban en la zona.
La colisión habría levantado una cortina de fragmentos rocosos y agua de aproximadamente 1,5 kilómetros de altura. Cuando todo ese material volvió a caer sobre el océano, provocó un desplazamiento adicional de agua que, según las simulaciones, pudo generar un tsunami de más de 100 metros cerca del lugar del impacto.
Esa altura es una estimación obtenida mediante modelos físicos, no una medición directa. Tampoco significa que las olas mantuvieran esas dimensiones mientras atravesaban el mar del Norte, ya que su altura y comportamiento habrían cambiado según la profundidad, la distancia y las características del fondo marino.
Las imágenes sísmicas también muestran señales compatibles con un regreso violento del agua hacia el cráter. La presencia de zonas erosionadas y sedimentos removidos sugiere que la cavidad volvió a inundarse rápidamente después de la colisión, modificando parte de las capas que acababan de quedar expuestas.
El interés de Silverpit no se limita a la reconstrucción de aquel tsunami. Se trata de uno de los pocos cráteres submarinos cuya formación puede atribuirse con gran confianza a un impacto extraterrestre, y su conservación permite examinar cómo respondieron las rocas a una colisión de alta velocidad.
Estos datos también pueden mejorar los modelos utilizados para estudiar impactos futuros. Misiones como DART y Hera, diseñadas para investigar cómo modificar la trayectoria de asteroides potencialmente peligrosos, dependen de comprender cómo reaccionan los materiales cuando reciben un impacto.
El cráter Silverpit ofrece ahora un ejemplo real con el que comparar esas simulaciones. Después de más de veinte años de debate, los científicos disponen de pruebas suficientes para explicar su origen y de una estructura excepcionalmente conservada para seguir investigando las consecuencias de una colisión submarina.
