En la Serra del Montsec, en un punto elevado con vistas directas sobre la Conca de Tremp, se encuentra uno de los núcleos más singulares de Catalunya. Mur es hoy un pueblo con un solo habitante empadronado, pero también es el guardián de uno de los conjuntos románicos más completos y bien conservados del país. Tanto es así que National Geographic lo recomienda como una visita imprescindible para entender el pasado medieval catalán.
A pesar de su mínima población actual, Mur fue un enclave clave durante los siglos XI y XII, cuando este territorio funcionaba como frontera de los condes de Pallars Jussà. Su ubicación, sobre un espolón rocoso, permitía controlar visualmente toda la Cuenca de Tremp, una condición esencial en un contexto de conflictos y consolidación del poder feudal.
Un pueblo casi vacío, pero con mucha historia
Mur perdió población de manera progresiva a lo largo del siglo XX y, en los años setenta, quedó integrado administrativamente con otros núcleos del Pallars Jussà. Hoy, la presencia humana es casi simbólica, pero el pueblo conserva intacta su identidad histórica.
Este despoblamiento ha jugado, paradójicamente, a favor del patrimonio. La ausencia de urbanismo moderno y de presión turística ha permitido que el conjunto monumental llegue hasta nuestros días con muy pocas alteraciones.
El castell del Mur, una fortaleza de frontera
El castell del Mur es uno de los mejores ejemplos de arquitectura militar románica de Catalunya. Construido en el siglo XI, presenta una planta compacta adaptada al relieve y un recinto amurallado pensado exclusivamente para la defensa. La torre maestra circular, todavía bien visible, refuerza la idea de control absoluto del territorio.
Su posición dominante explica por qué Mur fue una pieza clave dentro de la organización defensiva de los condados catalanes. Desde aquí se vigilaban los accesos y se garantizaban las comunicaciones en una zona que durante décadas fue frontera activa.
Santa Maria de Mur, una joya del románico catalán
A solo cien metros del castillo se encuentra el monasterio de Santa Maria de Mur, fundado en 1069 como colegiata agustiniana por los mismos condes que impulsaron la fortaleza. El conjunto conserva íntegra su estructura original: iglesia, claustro y dependencias canónicas.
El edificio es un ejemplo claro de románico lombardo, con formas sobrias y una construcción muy equilibrada. En el interior, el suelo asciende ligeramente hacia el altar, un detalle poco habitual. Las pinturas murales originales, entre las que destaca el famoso Pantocrátor de Mur, se conservan hoy en el MNAC, en Barcelona, mientras que en el templo se pueden ver reproducciones fieles.
Un conjunto románico único en Catalunya
Lo que hace realmente excepcional Mur es la convivencia, en un espacio tan reducido, de un castillo y un monasterio románicos perfectamente vinculados, concebidos como una única unidad defensiva, política y religiosa. Pocos lugares en Catalunya permiten entender con tanta claridad cómo funcionaba un territorio de frontera en la edad media.
