El Campus Mundet es hoy un espacio universitario. Aulas, bibliotecas, estudiantes, pasillos y vida académica llenan un recinto que muchos barceloneses asocian a la Universitat de Barcelona, a las antiguas Llars Mundet o al Palau de les Heures. Pero bajo esta cotidianidad hay una capa de memoria menos visible: entre 1939 y 1940, el pabellón de Llevant del recinto funcionó como campo de concentración y reclasificación de prisioneros de guerra. Así lo recogen los espacios de memoria democrática señalizados en el mismo Campus Mundet, instalados en 2014 por la Diputació de Barcelona, la UB y el Memorial Democràtic. Esta memoria, todavía poco conocida, fue el centro de la jornada “Las ausentes del recuerdo: mujeres y memoria del Campo de Concentración del Campus Mundet (1939–1940)”, celebrada el pasado martes 28 de abril en la Facultat de Geografia i Història de la Universitat de Barcelona. El encuentro reunió a historiadores, investigadoras, comunidad educativa y alumnado para reflexionar sobre los diferentes usos históricos del espacio Mundet —cuartel, campo de concentración, albergue para personas sin hogar y campus universitario— y, sobre todo, sobre las memorias que han quedado fuera del relato dominante.

La jornada ponía una atención especial en las mujeres vinculadas a este espacio y en la manera como sus experiencias han quedado a menudo relegadas. También se presentó el trabajo pedagógico desarrollado por el alumnado de tercero del Instituto Anna Gironella de Mundet durante la Semana de Proyectos, una propuesta pensada para acercar esta historia a las nuevas generaciones y convertir el campus en un espacio de preguntas, no solo de tránsito.

Pero para entender qué significa hablar hoy del campo de concentración de Mundet hay que volver al invierno de 1939. El 26 de enero de aquel año, el ejército franquista ocupó Barcelona. La derrota militar de la República dio paso a una represión organizada que no se limitaba a encarcelar: buscaba identificar, clasificar, castigar y reordenar políticamente a los vencidos. En este contexto, el campo de Horta —situado en los pabellones inacabados de la Casa de Caridad, en el actual recinto Mundet— se convirtió en una pieza clave de la maquinaria represiva franquista.

El campo dentro de la maquinaria represiva

El historiador Aram Monfort i Coll, doctor en Historia, investigador vinculado al CEFID y profesor de la Universitat Autònoma de Barcelona, ha estudiado a fondo el campo de concentración de Horta, situado en el actual Campus Mundet. Su investigación quería “entender cómo funcionaba y comprender cuál fue la utilidad de los campos dentro de la maquinaria represiva franquista”. Una de sus principales aportaciones es aclarar que Horta no era una prisión más. Monfort remarca que “en el caso barcelonés solo Horta funcionó como campo de concentración” y que era necesario acabar con “la constante confusión entre recintos concentracionarios y prisiones provisionales”.

Levante y Poniente vistos desde la montaña / UAB

El campo, por lo tanto, no era solo un espacio de reclusión. Era un lugar para clasificar a los vencidos, controlarlos y decidir su futuro. Según Monfort, muchos hombres entraban en una “zona de riesgo”, sobre todo aquellos “en edad militar” y susceptibles de haber sido soldados republicanos.

Clasificar, castigar y enviar al trabajo forzado

Los prisioneros podían ser liberados, encarcelados, juzgados o enviados a los batallones de trabajadores. El campo servía, “además de clasificar y adoctrinar, para enviar prisioneros a batallones”. Estos batallones estaban vinculados al trabajo forzado. Las tareas tenían que ver con “la recuperación de material bélico, la reconstrucción de infraestructuras y el acondicionamiento de instalaciones”. Monfort también recuerda que “este castigo —envío al campo para ser destinado a un batallón— tampoco tenía restricciones de edad”.

Por eso, Horta se debe entender como una pieza de un sistema más amplio. Monfort define la represión franquista como una “represión fría, sistemática, organizada”, y recuerda que “durante la inmediata posguerra, en Barcelona coexistieron un sistema concentracionario y un sistema penal”.

Un recinto asistencial convertido en campo

El campo empezó a funcionar poco después de la ocupación franquista de Barcelona. Según Monfort, el Cuartel General del Generalísimo decretó “la apertura del campo de concentración de Horta el 10 de febrero” de 1939. El espacio escogido fueron los pabellones del Beato Salvador, también conocidos como la Nueva Casa de Caridad de Horta. Los militares buscaban “un espacio amplio que no fuera céntrico, con buen suministro de agua y provisiones y de fácil comunicación”.

El pabellón Llevant visto desde el camino de acceso al edificio / Jordi Caminal

El recinto se adaptó rápidamente a la nueva función represiva: “Instalación del alambrado que rodeaba el complejo”, garitas de vigilancia y “habilitación de los sótanos para realizar los interrogatorios más violentos”. En cuanto a los edificios, Monfort concreta que “el pabellón Ponent era el almacén. Llevant sirvió para alojar a los prisioneros”.

Un campo saturado y difícil de cuantificar

La magnitud exacta del campo continúa siendo difícil de saber. Monfort advierte que “esta investigación no aspira a dar unas cifras definitivas sobre el número de prisioneros del campo de Horta” y añade que esto “posiblemente nunca podrá hacerse”. A pesar de la falta de datos completos, la imagen que dejan los testimonios es la de un recinto desbordado. En palabras recogidas por Monfort, “en aquel centro no cabía ni una aguja”. También se explica que “se utilizaban las cuatro o cinco plantas del edificio”.

El campo cerró en la primavera de 1940. Monfort sitúa “el cierre del recinto concentracionario de Horta” durante “la segunda quincena de abril de 1940”. Después, el franquismo borró progresivamente su recuerdo.

El edificio de Levante en la actualidad

Una memoria aún pendiente

La jornada celebrada el pasado martes en la UB intentó responder a una pregunta que continúa abierta: ¿cómo se hace presente una memoria que ha estado durante décadas soterrada? Con la participación de historiadores como Aram Monfort, Neus Moyano y Ramon Naya, y con el proyecto pedagógico del Instituto Anna Gironella de Mundet, el encuentro puso el foco en el pasado concentracionario del campus y en las mujeres que han quedado fuera del relato. El título de la jornada, “Las ausentes del recuerdo”, resume esta voluntad: recordar que Mundet fue un espacio de “reclusión”, “clasificación”, “adoctrinamiento” y envío al trabajo forzado, pero también preguntarse quién ha sido recordado y quién ha quedado al margen de la memoria democrática.