Soy de los que, justo ahora hace seis años, mientras Pedro Sánchez anunciaba que decretaría el estado de alarma —después de que dos días antes la OMS hubiera declarado la COVID como pandemia mundial—, empezó a notar algunos síntomas de un resfriado extraño. Hay gente que, después de sufrir un accidente grave o alguna enfermedad fuerte, anota en el calendario la fecha en la que lo ha superado como “el día en el que volví a nacer”. Yo no. De hecho, es la primera vez que pienso en el aniversario de aquellos hechos. Pero lo recuerdo. Sufrimos: la inquietud de saber que tienes algo que nadie conoce muy bien de qué va. El desasosiego de hablar con un médico amigo que te dice “sobre todo, no vengas al hospital”. La preocupación cuando el médico de la mutua no viene: “Si quiere, puede darse de baja del seguro, pero tenemos derecho a no poner nuestra vida en peligro. Anulo la visita”. Los nervios de gestionar a los trabajadores de una empresa nueva cuando ya costaba levantarse de la cama. El dolor, en todas partes. La reflexión, cuando estás en aislamiento. La pena de algunas miradas que tienen que disimular palabras y actitudes porque hay niños en casa y tenemos que ser fuertes. Con la gente que murió, no sé si volví a nacer, pero doy gracias a Dios por haberlo superado.
Todo esto me vino a la cabeza esta semana, cuando, por un resfriado que duraba demasiado, me he visto obligado a acudir al hospital y, al entrar en la consulta, la enfermera me dijo amablemente que hiciera el favor de ponerme una mascarilla antes de entrar. Cuando repetí la operación de la mascarilla para entrar en la farmacia, gente conocida me dijo: “¿qué haces con mascarilla?”. Hay que decir que allí no la llevaba nadie. No estaba para dar lecciones y dije la verdad: “en el hospital me han regañado por no llevarla”. Más allá de la anécdota, es evidente que no estamos donde dijimos que estaríamos. Más bien seguimos donde dijimos que nunca volveríamos a quedarnos. ¿Qué ha sido de todo lo que teníamos que aprender? ¿Cuál es el motivo de que no hayamos cambiado casi nada?
Es evidente que no estamos donde dijimos que estaríamos; más bien seguimos donde dijimos que nunca volveríamos a quedarnos
Nos dimos cuenta de que la dependencia del petróleo era un peligro, que hacía falta un fuerte impulso de las energías renovables. Aquí hay que reconocer que el Estado ha avanzado mucho más que Catalunya. Algo impensable hace décadas. Con la guerra de Irán, petróleo. En educación, se realizó un gran esfuerzo para intentar garantizar la conectividad de todos los alumnos en caso de tener que quedarse encerrados en casa. Parte de la digitalización, que genera dudas pedagógicas, parecía que al menos ayudaba en eso. Pero llegan unas lluvias o un fuerte viento, el Govern decreta que se cierren las escuelas y todos a casa sin clase. Ni un intento de mantener una cierta educación híbrida por si algún día vuelve a ocurrir algo grave. ¿Salud y residencias, reforzadas? ¿Sistemas de prevención? Se avisa a los sectores de riesgo de que deben vacunarse cuando se acerca la época de la gripe. Pero lo de la mascarilla, que se aplica perfectamente en Asia y dijimos que tenía sentido, ha pasado a mejor vida. El teletrabajo, después de tener una aplicación totalmente aleatoria, vuelve a reducirse. Aquí hace falta más debate porque existen razones de peso. Pero quizá en determinadas épocas o situaciones habría que contemplarlo. La dependencia de las cadenas globales de suministro, etc. En Catalunya no podemos hablar de la presencia del coche frente al transporte público porque en Catalunya el transporte público no funciona —con algunas excepciones—. Sería fantástico debatirlo, pero la falta de inversión sistemática lo impide.
La pandemia fue un espejo que nos mostraba nuestras fragilidades. Durante meses repetimos que había que aprender de sus lecciones. Seis años después, quizá la lección más clara sea otra: las sociedades recuerdan muy poco tiempo las crisis que las transforman.
