El debut de Christine Lagarde como presidenta del Banco Central Europeo el jueves fue más prometedor que real, toda vez que, a corto plazo, siguió casi punto por punto la hoja de ruta preparada por su antecesor Mario Draghi. Los mercados no tomaron posición sobre los matices al estar pendientes de Donald Trump y los aranceles sobre China, negociación que creó expectativas positivas.

No obstante, después de afirmar que la zona euro no está en vías de caer en la japonización, Lagarde enunció unas previsiones del BCE que revelan unos datos muy débiles, con una inflación del 1,2% (cuando el objetivo es del 2% para evitar la deflación) y un crecimiento del mismo orden para este año, empeorando en 2020 (1,1% de crecimiento). Los tipos de interés seguirán por esa razón en un nivel cero y continuarán las compras de activos por valor de 20.000 millones de euros mensuales. Se ha tocado suelo en la caída, pero no caben aventurerismos.

Ahora bien, como los tiempos están cambiando, toca una revisión de la estrategia del banco central, que, según señaló su nueva responsable, no se conformará con mantener la estabilidad de los precios (¡con lo que cuesta!), sino que se abrirá a nuevos objetivos (el "mix político"), a saber, el cambio climático y la integración social. La revisión se prolongará hasta finales de 2020.

El BCE no se conformará con mantener la estabilidad de los precios, sino que se abrirá a nuevos objetivos: el cambio climático y la integración social

Sobre el primer apartado, la francesa espera contar con Mark Carner, gobernador del Banco de Inglaterra que termina su mandato en enero, para ocupar el cargo de enviado climático de la ONU. Carner dijo el pasado 31 de julio que las empresas que ignoren el cambio climático irán a la bancarrota, lo que puede crear un colapso financiero.

A Christine Lagarde, ese escenario le permitirá comprar activos vinculados a causas medioambientales, soslayando las críticas del Bundesbank acerca de la compra de activos y deuda de los gobiernos por confundir la política monetaria y la fiscal.

También los nuevos responsables confían en la Cumbre de Davos del próximo año, cuyo lema para 2020 será, siguiendo las propuestas de la Tabla Redonda americana, un capitalismo no solamente centrado en la obtención de beneficios, sino que además podría ser reforzado por la política presupuestaria de las administraciones públicas.

En este caso, ha sido un expresidente del BCE, también francés, Jean-Claude Trichet, quien ha advertido del gran riesgo que representa un mundo cuya deuda del conjunto de agentes (familias, empresas, estados) asciende a 250 billones de dólares, lo que representa el 320% del PIB global. "Los barriles de pólvora están ahí. No se sabe cuál puede ser el detonador, pero siempre hay uno", dice Trichet. La revisión del límite del 60% sobre la deuda gubernamental que fija el Tratado de Maastricht avisa de que pronto puede pasar a la historia.

Así las cosas, el BCE, una institución que aportaba confianza a la economía europea, puede convertirse en un campo de pruebas que no es seguro que ofrezca un bello jardín desde donde preparar un futuro alegre y prometedor.

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