El inglés tiene dos palabras que me gustan especialmente, sunrise y sunset, para las cuales no tenemos un término específico, sino que las traducimos como salida del sol y puesta del sol. Por el contrario, tenemos muchas palabras para definir la luz del sol a la salida y a la puesta. ¿Quizás la luz nos ha interesado más? La luz y los matices de color. Así, tenemos las palabras alba y aurora, que sugieren la salida del sol, pero que no son sinónimas del todo. La aurora se refiere a la luz rosada casi rojiza que nos indica la salida del sol. El alba, en cambio, hace referencia a la claridad casi blanca que acompaña a los rayos de luz del sol cuando está a punto de romper el horizonte. Matices diferentes de luz y color. La alborada y el anochecer se refieren a todo el periodo de tiempo que dura esta claridad difusa, respectivamente, hasta que el sol ya ha salido del todo y es de día, y hasta que el sol se pone definitivamente y es de noche. Muy curioso es el hecho que tenemos una palabra que podemos utilizar tanto a la salida como a la puesta del sol para referirnos a aquella luz indefinible, una claridad que puede crecer o disminuir, hasta que sea de día o de noche: el crepúsculo. Aunque mayoritariamente usamos esta palabra a la puesta de sol, tenemos crepúsculo matutino y crepúsculo vespertino.

De hecho, la salida y la puesta del sol son tan importantes para los animales, que tenemos circuitos neuronales específicos para distinguir la luz crepuscular, de forma que nuestro cerebro interpreta si amanece o se hace de noche. De esta manera, ponemos en orden el reloj circadiano de nuestro organismo, porque aunque tenemos otras referencias externas, como la temperatura, la necesidad de alimentación y las interacciones sociales, si alguna cosa es periódica y un referente permanente en nuestra vida, es el ciclo día/noche debido a la rotación de nuestro planeta Tierra sobre su eje.

Se sabe que el ritmo circadiano en los animales tiene un ciclo aproximado de 24 horas y está controlado por un grupo denso de neuronas en el hipotálamo, denominado núcleo supraquiasmático. Esta región del cerebro se encarga de sincronizar mediante señales eléctricas y químicas otras neuronas del cerebro y las células del resto del cuerpo. En un artículo reciente, se ha publicado que, en los primates, existe un circuito neuronal específico que tiene una preferencia clara por los colores de la franja cromática de la luz crepuscular (cuando el sol sale o se pone), y que las células que responden a estas longitudes de onda se encuentran en la retina.

Mirar el cielo a la salida del sol y a la puesta de sol ha sido muy relevante para establecer y reforzar nuestro ritmo circadiano

Recordemos cómo percibimos los colores. La retina de los vertebrados (y, por lo tanto, la nuestra) tiene dos tipos principales de neuronas fotorreceptoras: bastones y conos. Tenemos un 93-95% de bastones y el resto son conos. Los bastones expresan un pigmento, la rodopsina, que se excita con fotones de luz poco intensa, pero que no distingue entre diferentes longitudes de onda, y por eso, sólo nos permite ver en blanco y negro. Como tenemos muchos bastones, nos confieren visión periférica. Cuando es de noche, bajo la luz de la luna (luz de muy baja intensidad), no percibimos los colores porque sólo se excitan los bastones. Tampoco podemos leer ni distinguir detalles muy precisos de lo que vemos. Por otra parte, los conos contienen pigmentos, u opsinas, que se excitan con fotones de alta intensidad y de diferente longitud de onda. Los humanos (todos los primates) tenemos tres tipos de conos, los que tienen opsinas que se excitan con fotones de luz de longitud de onda del rango del rojo, los que tienen opsinas que se excitan con fotones de longitud de onda del rango del verde, y los que tienen opsinas que se excitan dentro del rango del azul. Todos los colores que vemos son combinaciones de estas longitudes de onda. Los conos, además de permitirnos ver en color, también nos permiten distinguir los detalles de forma precisa, particularmente porque tenemos una acumulación de conos en la mácula, una zona central de la retina donde confluyen la mayor parte de fotones después de pasar por la lente del cristalino. Por eso, cuando es de día o con mucha luz, vemos en color y también podemos leer y ejecutar funciones visuales con elevada precisión. Las células fotorreceptoras convierten los fotones (energía lumínica) en energía química y, después, en impulso eléctrico, que será procesado por varias neuronas hasta llegar a nuestro cerebro, que es el que interpreta y realmente "ve" la imagen y percibe los diferentes colores y detalles.

Cuando, por mutaciones genéticas, alguna de las opsinas de los conos no se produce, no vemos alguno de los colores y somos daltónicos. Hay varios tipos de daltonismo, según qué longitudes de onda no podemos percibir. Hay otras mutaciones genéticas que no nos permiten distinguir ningún color, sólo podemos ver en blanco y negro, lo cual se llama acromatopsia.

Pues bien, hay otras neuronas en la retina que también son fotorreceptoras y expresan un pigmento diferente, la melanopsina. Estas neuronas son un subgrupo de las llamadas células ganglionares retinales, cuyos axones conectan directamente con el cerebro. Estas neuronas de la retina con melanopsina no capturan los fotones de la luz para percibir figuras, sino que específicamente están relacionadas con el control circadiano. ¿Cómo puede ser eso? Parece ser que este pequeño subgrupo de células ganglionares de la retina reciben estímulos específicos de otras neuronas de la retina, en un circuito específico, de forma que pueden interpretar los gradientes de luz azul y amarilla, de forma que se excitan cuando hay un incremento de luz amarilla a la vez que hay una reducción de luz azul. Es decir, más que percibir un color, lo que perciben es el cambio opuesto de la luz de dos colores, la luz azul y la luz amarilla. Y ahora, pensad en qué situación ambiental se da justamente este cambio en sentido opuesto. Cuando sale el sol, pasamos del cielo negro de la noche a azul oscuro, a zonas que se vuelven azul claro y que, rápidamente, hace la transición hacia a amarillo y rosado a medida que el sol sale. En el ocaso, pasamos también de zonas de cielo azul a cielo amarillo-rojizo, hasta que oscurece. Este circuito tan específico de percepción de la transición de colores en gradientes opuestos, en la retina de primates, ha sido primordial para informar a nuestro cerebro de la transición día/noche. Mirar el cielo a la salida del sol y a la puesta de sol ha sido muy relevante para establecer y reforzar nuestro ritmo circadiano. Otro día hablaremos de por qué no es conveniente mirar teléfonos móviles y tablets con luz de pantalla intensa por la noche justo antes de ir a dormir por el hecho de que interfiere con el control de nuestros ritmos circadianos.

Encuentro poético pensar que, muy probablemente, parte de la fascinación y el placer que todos los humanos sentimos cuando miramos el cielo, al amanecer y al anochecer, cuando vemos los tonos azules que rápidamente hacen la transición a colores encendidos, es a causa de unas pocas neuronas de nuestra retina que en aquel momento están estableciendo conexiones neuronales dentro de un circuito específico con el fin de decirle a nuestro cerebro que ya es de día, o que pronto empieza la noche.

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