Gabriel Rufián, que no ve claro su futuro en ERC, intenta hacerse un lugar en este espacio a la izquierda del PSOE junto a Sumar, Podemos y los Comuns. El jueves, Rufián, Irene Montero y Xavier Domènech mantuvieron un revelador debate en la Pompeu Fabra para reivindicar la unidad de las izquierdas. Del proyecto no dijeron nada que no pueda firmar un militante del PSOE e incluso de otros partidos centristas. Básicamente, la defensa de los servicios públicos y combatir las desigualdades. Nada de asuntos complicados como la ley mordaza, y menos aún de la República.
La cuestión catalana, la autodeterminación y la lengua más bien estorbaban, dado que el acto se transmitía en streaming a toda España. Sin embargo, la primera intervención del público fue la de un instagramer, que cuenta con más de medio millón de seguidores, que consideraba necesario para ganar gritar todos juntos “¡Viva España!” con la idea de arrebatarle el eslogan a la derecha. Antes, Rufián había dejado caer que le interesa más llegar a TikTok que a las bibliotecas.
Así que quedó claro que es preferible evitar los debates profundos sobre grandes proyectos porque podrían complicar el acuerdo del frente de izquierdas, cuyo objetivo es principalmente aritmético: para evitar la pérdida de escaños que impone la ley D’Hondt si se presentan por separado. “Hay que inventar algo electoral”, dijeron todos, porque, según Montero, una coalición de izquierdas “puede tener muchos votos”, y Rufián insistió en que “es la última bala que tenemos”. Para frenar a la extrema derecha, pero también para no perder el empleo.
No hay, pues, una propuesta política concreta de esta izquierda identitaria que no pide el voto por lo que hace o por lo que ha hecho, sino por lo que son o por lo que dicen que son, que no siempre coincide con la realidad. En los últimos años también se ha producido en el ámbito de la izquierda un cambio de cultura política, basado estrictamente en un populismo reivindicativo puramente retórico. Sumar, Podemos, Comuns y ERC llevan ya suficiente tiempo en las instituciones de gobierno como para hacer balance de lo que han hecho. Y sí, la retórica se ha mantenido, pero no para cambiar nada importante, salvo la promoción de las bicicletas y los tranvías cuando los autobuses ya son eléctricos. Ni la reforma laboral, ni la ley mordaza, ni ningún cambio estructural en el Estado. Durante el procés, que, con todos sus defectos, planteaba un desafío democrático al Estado, los Comuns frenaron todo lo que pudieron a base de retórica ideológica y divisiva hasta ganarse la confianza y el apoyo de Ciudadanos y del PP para impedir que Barcelona tuviera un alcalde independentista.
La falta de coraje de quienes se proclaman radicales se ha evidenciado cuando han tenido cuotas de poder gubernamental; es difícil recordar alguna iniciativa de cambio social o estructural que los identifique
Es difícil recordar alguna iniciativa de cambio social que los identifique y se percibe una falta de coraje cuando tienen que tomar decisiones controvertidas. Un ejemplo lo tenemos esta semana, cuando el ministro de Cultura, Ernest Urtasun, hombre de los Comuns, niega el traslado temporal del cuadro Guernica al museo Guggenheim de Bilbao, alegando los riesgos técnicos que comporta el cambio de ubicación. El Guernica no se moverá, pues, de Madrid, tal como quieren quienes mandan. Sin embargo, el ministro de la izquierda radical no ha sido capaz de mover un dedo para mantener intactas las pinturas de Sijena en el MNAC, que no son un cuadro, sino murales que hay que arrancar de la pared y que todos los informes técnicos desaconsejan. Ni siquiera se ha atrevido a enfrentarse a la catalanofobia aragonesa, porque de lo que se trata es de no molestar a quienes le permiten sentarse en el Consejo de Ministros mientras se porte bien.
El PSUC fue un partido determinante en la dictadura y en la transición hasta transformarse en Iniciativa per Catalunya, pero después Ada Colau reconvirtió el partido disolviendo la militancia, suprimiendo las cuotas de los afiliados y sustituyendo a los militantes por voluntarios; es decir, transformando un partido en un club de fans.
Hay una historia interesantísima sobre la evolución de lo que antes se conocía como la izquierda transformadora. Se produjo precisamente cuando irrumpió en este espacio el grupo de Ada Colau, que había destacado como activista con actuaciones mediáticamente espectaculares, disfrazándose de superheroína. Colau presentó una especie de OPA al partido Iniciativa per Catalunya y, cuando asumió el control, ordenó la disolución de la militancia. Suprimió las cuotas que pagaban los militantes, que era una manera de neutralizarlos, y los sustituyó por una especie de voluntarios acríticos. Era la manera de reconvertir el partido en un club de fans.
Las comparaciones con el pasado son odiosas, pero también reveladoras. Hubo una vez un partido catalán que, durante la dictadura y antes de asumir cuotas de poder político en democracia, influyó considerablemente y fue lo bastante determinante en lo que podríamos llamar la reconstrucción democrática del país. El Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC) lideró la resistencia antifranquista, impulsó el movimiento sindical y participó activamente en las plataformas unitarias de las fuerzas democráticas. La contribución del PSUC fue clave en la incorporación de ciudadanos llegados de otras regiones de España y del movimiento obrero a la reivindicación nacional del autogobierno. A pesar de proclamar su corpus doctrinario marxista-leninista, al convertirse en referente de la resistencia democrática contra la dictadura, atrajo a sus filas a obreros con conciencia de clase, pero también a profesionales, intelectuales, gente de la cultura, por supuesto a estudiantes y a todo tipo de entidades cívicas y del movimiento vecinal. De aquella transversalidad surgieron ideas y proyectos de país que fueron determinantes en la recuperación de la democracia.
Sin ir más lejos, en Catalunya se ha implantado un sistema público de salud que es, sin duda, todavía hoy uno de los mejores del mundo, y en ello hay que decir que el PSUC y sus compañeros de viaje llevaron a cabo un proyecto auténticamente revolucionario. Hay una historia sobre cómo se decidió el modelo y el debate comenzó bajo el primer Govern Tarradellas, con el doctor Ramon Espasa como conseller del ramo. Tarradellas y también Santiago Carrillo, que habían vivido su exilio en Francia, defendían el modelo francés, que, dicho rápidamente, financia las visitas ambulatorias a médicos particulares. Sin embargo, aquí, los doctores Ramon Espasa, Nolasc Acarin, los Laporte —padre e hijo— ya tenían diseñada la red de atención primaria. No se inspiraron en Francia ni en ningún sistema europeo, ¡sino en el modelo de la Cuba de Fidel Castro! Y después llegó el doctor Trias, procedente de Comisiones Obreras, que consolidó la implantación del proyecto y extendió el sistema a los hospitales comarcales.
Las ideas comunistas o eurocomunistas evolucionaron hacia una socialdemocracia más exigente que la oficial, pero que se hacía notar en todos los debates sectoriales: la salud y la educación, el urbanismo, la agricultura, las ciencias, el deporte, etc. Era gente con ideas y vocación de gobierno que, en muchos casos, con la caída del comunismo continuaron su carrera por su cuenta desde otros ámbitos, y eran reconocidos no solo por lo que decían o por quiénes eran, sino sobre todo por lo que hacían. Ya que estamos recordando, fue también Ramon Espasa quien, desde una minoría parlamentaria y sin disfrazarse de Superman, forzó la caída en picado del precio de las hipotecas, que en aquella época superaban ampliamente el 10%.
Decía un veterano político del establishment socialista que “Hay dos tipos de partidos: los que quieren gobernar y los que solo aspiran a colocarse”.
