Cuatro inviernos después del inicio de la invasión rusa en Ucrania, Iván duerme con un ojo abierto. Hace tiempo que se compró un pequeño generador para garantizar unas horas de luz cuando la red eléctrica cae. Tiene una hija pequeña y explica que afrontar temperaturas de hasta veinte grados bajo cero sin calefacción ni electricidad es una carrera de resistencia. “No es solo el frío, es la incertidumbre”, asegura. Las sirenas continúan sonando y alertan de bombardeos, pero cuando su hija no está en casa, reconoce que ya no va hacia los refugios, ni tampoco hace falta ir al metro, un búnker por excelencia. Lejos del frente, pero bajo la misma guerra, la vida cotidiana se ha convertido en logística.
Un frente estabilizado pero sin victoria
La guerra en Ucrania ya hace cuatro años que dura y aún no hay un desenlace claro. El mapa habla de estancamiento armado. Rusia controla aproximadamente un 20% del territorio ucraniano —la totalidad de Luhansk y partes relevantes de Donetsk, Kherson y Zaporíjia—, pero no ha conseguido la ruptura estratégica que buscaba en el Donbás.
Según el Institute for the Study of War (ISW), Moscú mantiene la iniciativa en varios sectores del frente, pero sin rupturas decisivas. Los avances son lentos y sostenidos, pero insuficientes para forzar una capitulación ucraniana. El conflicto se ha convertido en una guerra de desgaste con un frente de unos 2.000 kilómetros.
El coste humano es colosal. El Center for Strategic and International Studies (CSIS) estima —con datos no confirmados oficialmente— que Rusia podría haber sufrido hasta 1,2 millones de bajas desde febrero de 2022, entre 275.000 y 325.000 muertos. Ucrania, entre 500.000 y 600.000 bajas, con hasta 140.000 muertos. Las cifras son aproximadas, pero dibujan un escenario de agotamiento estructural. Dima forma parte de ello. Hace tres años que es soldado. En otra vida era profesor. Ahora no sabe cuándo podrá volver al aula ni si, cuando lo haga, habrá alumnos. Su caso resume la transformación del conflicto: de la guerra de movimientos de 2022 a una guerra de trincheras y drones, donde cada metro conquistado tiene un precio altísimo.
La guerra sobre las ciudades: drones, frío e infraestructuras
La batalla no se libra solo en el frente. Rusia ha intensificado los ataques con misiles y, sobre todo, con drones de largo alcance contra infraestructuras energéticas y zonas urbanas. Según el ISW, en 2025 se han lanzado decenas de miles de drones contra territorio ucraniano. El objetivo es doble: desgastar la capacidad energética y erosionar la moral civil. Ucrania reclama más sistemas de defensa antiaérea Patriot, pero el desequilibrio económico es evidente: un misil Patriot vale entre 1,6 y 3,3 millones de euros según la versión, mientras que un dron kamikaze ruso puede costar menos de 30.000 euros. Saturar la defensa es, en sí mismo, una estrategia.
Iván lo vive cada invierno. Cuando la luz cae, activa el generador. Sabe que en tres días la infraestructura puede estar reparada, pero también que los ataques volverán. La guerra, para millones de ucranianos, es resistir al frío.
Presión internacional y el papel de los Estados Unidos
El contexto internacional también ha cambiado. El regreso del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, a la Casa Blanca ha alterado el equilibrio de apoyos. Los EUA han reducido el envío directo de armamento, mientras la Unión Europea y aliados como el Reino Unido asumen un papel más central, incluida la compra de armas norteamericanas para transferirlas a Kyiv. Washington mantiene el apoyo en inteligencia, pero el margen de Ucrania para recuperar la iniciativa militar es limitado. La guerra depende tanto de la capacidad industrial como de la voluntad política de los aliados.
En este escenario, el presidente ucraniano mantiene un discurso firme. En una entrevista reciente con la BBC, Volodímir Zelenski rechazaba ceder territorio a cambio de un alto el fuego. “No lo veo como tierra, sino como abandono”, afirmaba, advirtiendo que una retirada dividiría la sociedad y daría tiempo a Rusia para rearmarse. Zelenski defiende que la victoria es preservar la independencia y, a largo plazo, restaurar las fronteras de 1991, a pesar de admitir que intentarlo inmediatamente tendría un coste humano inasumible.
Los límites de Putin
A pesar de mantener la iniciativa táctica, Rusia no es inmune al desgaste. Las sanciones occidentales han alterado la economía, con inflación sobre productos básicos y un gasto militar que absorbe una parte creciente del presupuesto estatal. Moscú ha reorientado exportaciones energéticas hacia mercados como la India o China y ha adaptado la industria de defensa, pero a medio plazo esto genera desequilibrios estructurales.
El coste humano también condiciona la guerra. El sistema de reclutamiento voluntario es cada vez más caro y depende de primas e incentivos para captar nuevos soldados, especialmente en zonas con menos oportunidades. El avance constante de tropas es necesario para mantener el frente, pero la sostenibilidad social y política del modelo es limitada.
A pesar de los esfuerzos económicos y militares, Moscú no dispone ahora de los recursos humanos ni materiales para lanzar una ofensiva decisiva que rompa el frente. El avance es posible, la ruptura no; la guerra continúa, pero ninguno de los dos bandos tiene capacidad para imponer una victoria rápida.
¿Puede terminar la guerra? Escenarios plausibles a medio plazo
Con estas coordenadas, el futuro inmediato dibuja más continuidad que ruptura. Si Rusia no consigue romper el frente, pero mantiene la presión sostenida, el conflicto podría derivar en una línea estabilizada sin acuerdo formal de paz: una guerra congelada que recordaría el período 2014–2022, con intercambios puntuales de fuego pero sin una solución política definitiva. Es el escenario que muchos analistas internacionales consideran más probable al menos hasta 2027: una guerra larga, de baja intensidad relativa pero constante.
Otro escenario pasaría por concesiones territoriales de facto de Ucrania a cambio de garantías de seguridad sólidas, financiación sostenida y algún tipo de blindaje internacional. Algunos sectores diplomáticos occidentales lo han planteado como una salida pragmática. Pero Kyiv lo rechaza porque no solo implicaría asumir la pérdida de territorio, sino también legitimar una anexión por la fuerza y fracturar la cohesión interna.
En este debate también aparece la cuestión de las elecciones. Zelenski ha dejado claro que Ucrania podría celebrar comicios si forman parte de un proceso real para poner fin a la guerra, pero con condiciones estrictas: garantías de seguridad sólidas antes de convocarlos y mecanismos que aseguren la participación de millones de desplazados y refugiados. Con la ley marcial todavía vigente y partes del territorio ocupadas, organizar unas elecciones libres y reconocidas internacionalmente es técnicamente posible, pero política y logísticamente extremadamente complejo. Sin alto el fuego estable, cualquier votación quedaría expuesta a riesgos de seguridad y a una legitimidad cuestionada.
La guerra larga también tiene otra derivada menos visible pero igualmente decisiva: el coste de mantener los ejércitos. Rusia necesita incorporar constantemente nuevos efectivos para sostener el ritmo del frente. Diversos informes apuntan que el sistema de reclutamiento voluntario es cada vez más caro y que el Kremlin ha incrementado las presiones, especialmente en regiones periféricas, para cubrir las cuotas mensuales. El desgaste humano obliga a pagar primas elevadas, a flexibilizar requisitos médicos y a buscar efectivos en sectores sociales vulnerables. Ucrania, por su parte, también afronta dificultades para renovar tropas después de cuatro años de combate intenso. El debate sobre la edad de movilización, las rotaciones y la fatiga social forma parte del trasfondo estructural del conflicto. Si el factor militar no permite una victoria clara y el factor político está condicionado por la seguridad, la pregunta ya no es solo cómo terminar la guerra, sino en qué condiciones podría congelarse.
Una guerra que transforma vidas
Mientras tanto, la vida continúa marcada por la provisionalidad. Antonina se marchó de Mykolajiv con sus dos hijos y ahora vive en Estonia. El pequeño se ha adaptado con relativa rapidez; el mayor cambia de humor cada vez que habla con amigos que se quedaron en la ciudad. Ella tuvo que elegir entre continuar dando clases a distancia o intentar reconstruir una nueva vida desde cero. La suya es la guerra de los desplazados, la de las decisiones irreversibles.
Entre el generador de Ivan, la trinchera de Dima y el exilio de Antonina, el conflicto se mide en kilómetros conquistados y en grados bajo cero. El frente puede parecer inmóvil, pero el desgaste es profundo y acumulativo. Rusia mantiene la presión; Ucrania resiste con el apoyo internacional, aunque con incertidumbres crecientes. Las capitales occidentales calculan costes y escenarios, pero sobre el terreno el tiempo no es una abstracción geopolítica: es invierno tras invierno.
Cuatro años después, la guerra no ha decidido un vencedor. Tampoco ha generado aún las condiciones políticas para una paz estable. Lo que sí ha hecho es transformar generaciones enteras, redibujar la arquitectura de seguridad europea e instalar la incertidumbre como rutina. Y mientras el debate internacional oscila entre negociación y resistencia, millones de personas continúan viviendo en una espera que, de provisional, ya ha pasado a estructural.
