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La guerra de Ucrania ha entrado en una dimensión de desgaste humano que ya es difícil de comparar con ningún conflicto reciente en Europa. Según las últimas estimaciones de los servicios de inteligencia británicos, cerca de medio millón de soldados rusos habrían muerto desde que Vladímir Putin ordenó la invasión en febrero de 2022. Una cifra que, si se confirma del todo, situaría el conflicto como una de las guerras más letales para Rusia en décadas.

Los datos han sido apuntados por la directora del GCHQ, Anne Keast-Butler, que advierte que el ejército ruso está experimentando un desgaste sostenido y una pérdida progresiva de capacidad operativa. Según su análisis, Rusia estaría incluso “retrocediendo en el campo de batalla” después de haber llegado a su punto álgido de iniciativa en 2022.

A pesar de la magnitud de las pérdidas, el ritmo de la guerra no se ha frenado. Diversas fuentes occidentales sitúan las bajas rusas totales —entre muertos y heridos— en decenas de miles cada mes. En paralelo, estimaciones norteamericanas apuntan que entre 15.000 y 20.000 soldados morirían mensualmente, una rotación constante que evidencia la intensidad de las operaciones militares.

Una guerra que se come soldados

El conflicto se ha convertido en una guerra de atrición pura. La estrategia rusa, basada en ofensivas continuas y una elevada tolerancia a las bajas, ha permitido mantener presión sobre el frente, pero a un coste humano cada vez más difícil de absorber. Unidades enteras han sido relevadas o reconstruidas varias veces desde el inicio de la invasión.

El general ucraniano Andrí Biletski sostiene que este desgaste ya es visible sobre el terreno. Según afirma, Rusia ha perdido parte de su capacidad de avance sostenido y depende cada vez más del impacto artillero y de los bombardeos aéreos para mantener la iniciativa. “La falta de personal ya no les permite repetir los movimientos de hace un año”, apunta el mando ucraniano, que sitúa los próximos meses como un posible punto de inflexión del conflicto.

Putin aguanta con fuego y misiles

Sin embargo, el Kremlin mantiene una capacidad de presión constante sobre Ucrania. Los ataques con misiles balísticos y drones se han intensificado en las últimas semanas, golpeando infraestructuras energéticas y zonas urbanas lejos del frente. Es una manera de compensar las dificultades crecientes en el combate terrestre. Kyiv alerta, además, que Rusia ha comenzado a utilizar misiles Oreshnik con capacidad nuclear, un elemento que añade una dimensión aún más inquietante a la escalada del conflicto.

En este contexto, el presidente ucraniano Volodímir Zelenski insiste en que la guerra se decidirá en gran parte en la capacidad de resistir este tipo de ataques. Por eso reclama a Estados Unidos más sistemas Patriot y más interceptores, con el objetivo de reducir la ventaja rusa en el cielo. Con las negociaciones congeladas y sin ninguna señal de desescalada, la guerra entra en una fase en la que el frente ya no solo se mide en kilómetros ganados o perdidos, sino en una cifra cada vez más difícil de asumir: la de los muertos.