Josep Cusí podía haber pasado a la historia simplemente como el amigo más leal de Juan Carlos I. El hombre que lo acompañó cuando era rey y cuando dejó de serlo, cuando soplaba viento de popa y cuando las aguas se volvieron mucho más difíciles. La lealtad y la discreción marcaron la relación de casi seis décadas con el rey emérito. Cusí fue el propietario de los Bribón, los barcos con los que ambos regatearon durante casi cuarenta años. El confidente que sabía más que casi nadie y explicaba menos que todos. Pero reducirlo a eso sería explicar solo una parte de una vida excepcional y extraordinaria. Josep Cusí i Ferret, empresario, deportista olímpico, armador y una de las figuras que más han contribuido a impulsar la vela de competición en España, ha fallecido este miércoles 19 de agosto en Barcelona a los 92 años, después de un empeoramiento de su delicado estado de salud. Ha fallecido en su casa de Barcelona, rodeado de su familia. Pero aunque los obituarios lo recordarán junto a Juan Carlos, Josep Cusí había construido una biografía propia difícil de encajar en una sola etiqueta. Fue nadador, waterpolista, olímpico, submarinista, empresario, armador y navegante. Recorrió el mar Rojo con Cousteau, disputó unos Juegos Olímpicos y dedicó medio siglo a hacer de Barcelona una de las bases de una de las grandes sagas de la vela española.
Cusí, padre de ocho hijos, de los cuales seis están vivos; tenía once nietos, cuatro bisnietos y un tataranieto. Estaba casado en terceras nupcias con Inés Muiños, hija de un prestigioso oftalmólogo y la mujer de la que el armador hablaba siempre con devoción, y con la que había construido a su lado, durante los últimos años, su refugio familiar más íntimo. Al mismo tiempo, Juan Carlos también encontró refugio en el matrimonio. Más que amigos, durante décadas funcionaron como una familia escogida.
Un humanista del deporte
Nacido en Barcelona el 13 de enero de 1934, Cusí pertenecía a aquella generación de deportistas para los que especializarse en una sola disciplina parecía casi una extravagancia. Alumno de La Salle Bonanova, nadó —cruzó el estrecho de Gibraltar de joven—, jugó a waterpolo, disparó en unos Juegos Olímpicos, buceó, navegó y compitió hasta convertir el mar en una segunda casa. Cuando tenía 16 años ya destacaba en natación, con victorias en campeonatos de Catalunya y de España. Después llegó el waterpolo. Y después, el tiro olímpico. Su puntería lo llevó hasta los Juegos de México de 1968, donde compitió en la modalidad de trap (tiro al vuelo) y acabó en una meritoria 14.ª posición, con 192 aciertos. El tiro también lo acercó, indirectamente, al poder. Llegó a ejercer de instructor de Francisco Franco para sus cacerías y, en aquel ambiente, coincidió con el entonces príncipe Juan Carlos. Según explican, una broma sobre la semejanza física entre ambos ayudó a romper el hielo. Una semejanza que ha sido siempre objeto de comentarios sobre una supuesta relación de sangre entre ambos.
La relación que de ahí salió acabaría durando casi sesenta años. Cusí aún empezó a prepararse para los Juegos de Múnich de 1972, pero el trabajo y las obligaciones familiares hacían cada vez más difícil mantener las exigencias de la alta competición en tiro. Buscó un deporte que le permitiera seguir compitiendo sin aquel entrenamiento casi obsesivo. Y eligió la vela, que no era una elección tan casual como podría parecer. El mar ya formaba parte de su vida. Otra de sus grandes pasiones había sido la investigación submarina, una mezcla de aventura, arqueología y curiosidad científica. El Museo Marítimo de Barcelona conserva restos de peces localizados por él, y Cusí vivió una de las experiencias que más recordaba de juventud embarcándose durante tres meses en el Calypso de Jacques Cousteau, en aguas del mar Rojo, donde participó en la filmación de un documental, El mundo del silencio, la primera película rodada bajo el agua.
Una palabra: Bribón
Pero sería sobre la superficie del mar donde construiría su gran leyenda deportiva. Cuando Juan Carlos se preparaba en Barcelona para competir en vela en los Juegos Olímpicos de Múnich de 1972, los caminos de ambos se volvieron a cruzar en el Real Club Nàutic de Barcelona. A partir de entonces formaron una pareja difícil de separar: Juan Carlos, patrón; Josep Cusí, armador. Y en el centro de todo, un nombre: Bribón. Cusí había pensado mucho cómo bautizar su barco de regatas. Le gustaba que los nombres explicaran la función de la embarcación. Para competir, decía, había que ser sagaz, agresivo y tener un punto de pícaro. Bribón lo resumía.
El primero llegó en 1973. Después vendrían muchos más. Durante casi cuarenta años, hasta quince barcos llevaron aquel nombre, siempre asociado al Real Club Nàutic de Barcelona y a una de las aventuras deportivas más longevas de la vela española. El palmarés es de leyenda: seis Copas del Rey, dos Sardinia Cup, doce Copas de España y once Trofeos Conde de Godó, entre muchas otras victorias. Por el proyecto pasaron cerca de 150 tripulantes y algunos de los grandes nombres de la vela española e internacional.
El 17 de septiembre de 2011, en Barcelona, se cerró la gran etapa deportiva del Bribón. Después de cuarenta años de competición, el proyecto arriaba las velas. Aquella temporada todavía había conseguido su sexta Copa del Rey. Parecía el final. Pero no lo era. Años después, Cusí y Pedro Campos adquirieron en Finlandia un 6 Metros clásico construido en 1929 para que Juan Carlos pudiera volver a competir. El viejo barco también acabaría llevando el nombre de Bribón y con él compitieron en los últimos años en Sanxenxo, donde el padre de Felipe VI se escapaba de su exilio de Abu Dabi cada vez que podía.

La vida de Cusí cambió radicalmente en noviembre de 2021, cuando sufrió un ictus grave. Sobrevivió, pero quedó con importantes problemas de movilidad y de visión. Los últimos años los pasó sobre todo entre el domicilio familiar de Sarrià-Sant Gervasi, en Barcelona, y la casa de Alp, en la Cerdanya. En silla de ruedas, rodeado de la familia y de los amigos que seguían visitándolo, mantenía el sentido del humor y aquella elegancia personal que quienes lo conocían consideraban inseparable de su carácter. Y todavía había otro Bribón a su lado. No un barco, esta vez, sino el Jack Russell que Juan Carlos le había regalado años atrás y que se había convertido en una compañía inseparable.
El contacto entre los dos viejos amigos tampoco se perdió. Juan Carlos llamaba a menudo por videollamada, a través de Inés Muiños, para saber cómo evolucionaba. Y el día del cumpleaños de Cusí, la primera llamada acostumbraba a llegar del antiguo compañero de regatas. La madrugada de este miércoles, aquella historia de casi seis décadas ha terminado en Barcelona. La familia lo despedirá primero en la intimidad y más adelante está previsto anunciar una ceremonia para recordarlo.