“Seguros en tiempos inciertos”. Este es el mensaje con el que la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, afronta unas elecciones clave en un momento en que la política internacional y la vida cotidiana de los ciudadanos vuelven a chocar de lleno. La líder socialdemócrata ha decidido jugar fuerte y adelantar comicios en un contexto delicado pero también lleno de oportunidades. Su gestión del nuevo choque con la administración de Donald Trump —especialmente por las tensiones alrededor de Groenlandia— le ha dado un impulso inesperado después de unos meses complicados. Hace poco más de un año, su partido tocaba fondo en encuestas; hoy, remonta gracias a un efecto clásico: el cierre de filas en momentos de crisis.

Pero este impulso tiene límites. Porque, mientras el foco internacional apunta hacia el Ártico y las relaciones transatlánticas, en Dinamarca la conversación real va por otro lado. El día a día pesa. Y mucho. Los votantes tienen la cabeza en el precio de los alimentos, en la vivienda y en el coste de la energía, especialmente en un contexto global marcado por la inestabilidad —con la guerra con Irán como telón de fondo que amenaza con tensionar aún más la inflación. Frederiksen lo sabe y, en la recta final de campaña, ya ha abierto la puerta a medidas para contener el impacto económico si la situación empeora.

Los rivales de Mette Frederiksen

No lo tendrá fácil. Uno de sus principales rivales es Troels Lund Poulsen, líder liberal y actual ministro de Defensa, que apuesta por rebajas fiscales y una línea dura en inmigración. También pisa fuerte Alex Vanopslagh, una figura más joven que ha construido su discurso contra la burocracia, a pesar de que su campaña ha quedado tocada por un escándalo. Y es que admitió que había consumido cocaína mientras estaba al frente del partido, diciendo que solo lo había hecho “una o dos veces como mucho” desde que es líder. Esto, evidentemente, provocó críticas internas y externas, incluida la expulsión de un candidato del partido que no compartía su postura.

Alex Vanopslagh, líder del partido Liberal Alliance, en una imagen promocional en el exterior del Kultorvet en Copenhague, Dinamarca, el 23 de marzo de 2026, un día antes de las elecciones parlamentarias / EFE

Con todo, entender unas elecciones en Dinamarca no es sencillo. El país cuenta con un sistema multipartidista muy fragmentado, con una docena de fuerzas con opciones reales. Esto obliga a pactos constantes y convierte cada escaño en una pieza clave. Y aquí es donde entra un actor a menudo secundario pero potencialmente decisivo: Groenlandia. Con solo dos representantes en el parlamento danés —los mismos que las Islas Feroe—, puede acabar inclinando la balanza en unas elecciones ajustadas como las que apuntan las encuestas.

El poder de Groenlandia

La paradoja es evidente: un territorio lejano, con aspiraciones de independencia y una relación históricamente compleja con Copenhague, puede acabar decidiendo quién gobierna Dinamarca. Y este año, aún más. Porque todo indica que Groenlandia podría romper su tendencia tradicional y enviar representantes menos alineados con el bloque de izquierdas.

Los líderes de los principales partidos daneses, Troels Lund Poulsen (Liberal) y Mette Frederiksen (Socialdemócratas), se dan la mano después del debate electoral ‘The Last Answer’ en la Sala Común de Christiansborg, Copenhague / EFE

Esto da aún más incertidumbre a un escenario ya abierto. El bloque progresista liderado por Frederiksen parte con ventaja, pero sin garantías de mayoría. Por otro lado, la derecha podría sumar suficientes apoyos si consigue alianzas clave, con los moderados como posibles árbitros.

Sea cual sea el resultado, lo que parece claro es que la próxima legislatura exigirá pactos y concesiones desde el primer día. Y que la política danesa, a menudo vista como estable y previsible, también sabe moverse en terreno incierto. Frederiksen, que podría convertirse en una de las líderes más longevas del país, llega a la cita con la experiencia de haber gobernado en tiempos convulsos. Pero en estas elecciones no bastará con gestionar crisis globales: el veredicto final se decidirá, sobre todo, en el bolsillo de los ciudadanos.