El recién fallecido Carlos Garaikoetxea llegó a la presidencia del País Vasco a los pocos días de cumplir los 41 años. Lo hizo incluso antes de ser el primer lehendakari de la democracia, ya que el 9 de junio de 1979 asumió la presidencia del Consejo General Vasco, el órgano provisional que gestionó la transición y redactó el Estatuto de Autonomía de Guernica. Cuando eso sucedió, en Catalunya era president Josep Tarradellas, que tenía 80 años y había regresado del exilio en octubre de 1977. Garaikoetxea tardó poco en desplazarse a Barcelona y el 2 de julio se produjo el primer encuentro entre ambos en el Palau de la Generalitat, del que ambos hablaban siempre con sumo aprecio. Un político de la nueva hornada de dirigentes surgidos de la dictadura y el president forjado en el exilio que casi le doblaba en edad. La pulsión impulsiva de quien empieza en política y el hacer mucho más tranquilo de quien ha esperado décadas en Saint-Martin-le-Beau para llegar al poder.
El almuerzo oficial no se celebró en la Casa dels Canonges, residencia oficial del president de la Generalitat, sino en lo que antes era el Saló Montserrat, la gran sala que está en la antesala del despacho del president de la Generalitat. Ahora sirve para otros menesteres y se le ha cambiado incluso el nombre por el de Sala dels Diputats. La comida, a la que asistieron algunos pocos de sus respectivos colaboradores, y el encuentro previo sirvieron para fijar una estrategia conjunta cara a la negociación de los estatutos de autonomía con Adolfo Suárez. Aunque, a la hora de la verdad, cada uno hizo de su capa un sayo, entre otras cosas, porque el estatuto catalán lo negociaron los partidos parlamentarios del momento y el papel de Tarradellas quedó muy desdibujado. Pero, de aquella visita, más allá del trato afable de Garaikoetxea durante toda la jornada, quedó para la posteridad una anécdota que luego ambos explicarían a su manera y que define aquel primer encuentro. Tarradellas, con modales muy afrancesados y siempre teniendo a De Gaulle como gran referente, le pidió expresamente a Garaikoetxea que en el saludo público ante la nube de fotógrafos congregados en el Palau de la Generalitat fuera distante y protocolario, nada especialmente caluroso, que evitara un abrazo efusivo, para guardar la máxima dignidad de sus respectivos cargos.
Será recordado como el gran padre fundador de la arquitectura institucional de Euskadi y por su firmeza en las negociaciones con Madrid para recuperar el concierto económico
Tarradellas nunca le devolvería la visita al País Vasco y las relaciones entre ambas naciones pasaron enseguida a Jordi Pujol, que en mayo de 1980 sustituiría a Tarradellas como president. La idiosincrasia del PNV y sus diferencias con Xabier Arzalluz desembocaron, en diciembre de 1984, en la renuncia irrevocable de Garaikoetxea a la lehendakaritza, un auténtico trauma en el mundo nacionalista vasco, que vivió con gran desasosiego una situación que nunca hubiera tenido que producirse. En el trasfondo de aquel pulso, la Ley de Territorios Históricos: con el presidente del gobierno vasco defendiendo un ejecutivo fuerte y con el máximo poder posible y el máximo dirigente del PNV abogando por un equilibrio basado en que las Diputaciones Forales de cada provincia (Vizcaya, Guipúzcoa y Álava) gozaran también de un poder importante y se encargaran de la recaudación fiscal de forma autónoma. En el fondo, el partido mandaba y tenía controlado el gobierno.
El resto es de sobra conocido: fundó Eusko Alkartasuna, del que fue presidente hasta 1999. EA y el PNV firmaron diferentes coaliciones electorales en varias ocasiones, a finales de la década de los 90 y en los años 2000 bajo el mandato del lehendakari Juan José Ibarretxe. Será recordado como el gran padre fundador de la arquitectura institucional de Euskadi y por su firmeza en las negociaciones con Madrid para recuperar el concierto económico, auténtica piedra angular de la situación financiera de la que goza el País Vasco. El homenaje institucional en Ajuria Enea que recibió en 2025 y que impulsó el lehendakari Imanol Pradales, del PNV, cerró, seguramente, el ciclo de desencuentros y sirvió para que fuera reconocido plenamente como un activo de honor del pueblo vasco, priorizando su obra de gobierno por encima de las diferencias. Su posición respecto al procés independentista catalán fue de solidaridad política, defensa férrea del derecho a decidir y crítica severa a la respuesta judicial del Estado. Se opuso frontalmente a la aplicación del artículo 155 de la Constitución, al encarcelamiento de los líderes independentistas y a la judicialización de un conflicto que él consideraba estrictamente político. Fue siempre un gran amigo de Catalunya sin pedir nunca nada a cambio.