Un moderno y hospitalario bar en Sant Antoni que entra por la vista

Hacía tiempo que había oído el nombre de Bandini’s por aquí y por allá y no había ido. Mis reticencias tenían que ver con las modas, con una doble moda: la moda de los bares de vinos y el bar de vino del momento que se pone de moda, y este era Bandini’s. Aun así, me debo a mi trabajo y, a veces, sucumbo a alguna moda cuando ya ha bajado un poco el suflé. La curiosidad mató al gato, dicen.

No había ido nunca a Bandini’s porque los bares con platillos y vinos naturales de gama de entrada, a precios a menudo no demasiado de entrada, se han multiplicado en Barcelona como setas en el mes de octubre, y a mí no me parece del todo bien. No me parece bien la poca originalidad que convierte el ocio de esta ciudad en algo homogéneo y aburrido; no me parecen bien los platos a precios que no hacen un tique demasiado alto, pero que son demasiado altos para lo que ofrecen; no me parecen bien los vinos naturales con demasiados defectos que a menudo se sirven allí.

Gírgoles, ruca, parmesà, vinagreta i torrada del restaurant Bandini's. / Foto: Rosa Molinero Trias
Setas, rúcula, parmesano, vinagreta y tostada del restaurante Bandini's. / Foto: Rosa Molinero Trias

Pero es bien cierto que los bares con platillos y vinos, bien puestos, estéticos, si tienen un servicio que marca la diferencia y eligen bien los vinos (los propietarios, Carmen y Povel, se conocieron en el Bar Brutal, uno de los referentes de los vinos naturales en la ciudad), son un enclave de mucha utilidad en la ciudad. Encuentro que tienen un estándar que, de conocerlo, no genera excesivas frustraciones si todo sale bien, y que este pacto es garantía de poder sentarse durante un rato placentero. Y sé que me tengo que mirar la gastronomía desde múltiples puntos de vista, y aquel día intento hacerlo desde el mío y desde el de mi amiga.

En Bandini’s encuentro aquella atención cálida, de barrio, bilingüe, que me hará volver si un día estoy por la zona

Me lo hace ver mi amiga Odile, que es consultora de artistas plásticos, y que siempre dice que ella come por la vista. Tiene la oficina cerca y hace tiempo que quería ir; "siempre está lleno", me dice, y aquel día tenemos suerte: en la terraza, que ocupa buena parte de este chaflán agradable del barrio de Sant Antoni, no cabe ni un alfiler, pero dentro encontramos mesa.

Espàrrecs, gambes, maionesa, ous de truita del restaurant Bandini's. / Foto: Rosa Molinero Trias
Espárragos, gambas, mayonesa y huevas de trucha del restaurante Bandini's. / Foto: Rosa Molinero Trias

Bandini’s conserva una apariencia de bar barcelonés de principios del XX que recuerda al bistró francés y que es muy nuestra: suelo de baldosa hidráulica, sillas estilo Kohn, luz tenue, ventanales y barra. Me hace pensar si, de hecho, el bar nacido en el siglo XXI, el bar típico barcelonés de ahora, es un bar de platillos y vinos, si aquellos bares que servían cafés y bebidas y, quizás, alguna tapa sencilla, se han convertido en un Bandini’s, donde encuentro aquella atención cálida, de barrio, bilingüe, que me hará volver si un día estoy por la zona. 

No me atrevería a decir que Bandini’s es un bar de vinos porque tiene una oferta amplia de comida. Aquel día, que ni queremos beber vino ni queremos comer demasiado, hacemos las setas con rúcula, parmesano y vinagreta de balsámico (12 €), que llevan dos tostadas. La combinación es buena, la vinagreta, un punto dulce, y me habría gustado encontrar más seta. Después, tres espárragos con gamba, mayonesa y huevas de trucha (17 €), los últimos de la temporada, pero no por ello de mala textura. La salsa con mayonesa y generosa en carne de gamba es un acierto y el matiz salino y vegetal del espárrago hace que piense en replicar la receta en casa en algún momento. 

Ganache de beurre noisette, merenga i cafè del restaurant Bandini's. / Foto: Rosa Molinero Trias
Ganache de beurre noisette, merengue y café del restaurante Bandini's. / Foto: Rosa Molinero Trias

Para acabar, unas onzas de merluza con salsa suprema, espinacas y zanahoria (21 €). En la carta hablan de una merluza frita y frita es como llega a mesa, pero también e inesperadamente rebozada con galleta y no con el clásico rebozado de huevo y harina que hace de la merluza un bocado suave, esponjoso y adictivo, y que habría encajado más. Y de postre, una ganache de mantequilla tostada sobre merengue y salsa de café (7 €), un postre muy dulce que satisfará los paladares más golosos. A Odile le encantó.