La Feria Alimentaria celebra medio siglo comiéndose el mundo. Literalmente. El análisis de las tendencias, es decir, la elección que hacen los consumidores, coloca la sostenibilidad medioambiental en el último lugar de las prioridades, por detrás de la salud, el sabor o la conveniencia. Mira que hace tiempo que hablamos de cambio climático y parecía que había calado, pero cuando hablamos de salud solo nos referimos a la nuestra porque la del mundo –que es el único planeta donde podemos vivir, y por lo tanto es nuestra casa– no nos tiene nada preocupados.
Según los expertos, el sistema alimentario es la principal causa del desorden climático. Concretemos: hablamos del sistema alimentario, no de las dietas (aunque también inciden, pero en menor medida) o patrimonios culinarios. Con “sistema alimentario” nos referimos a la cadena de valor de los alimentos, a todos aquellos eslabones por los cuales pasa un alimento y en los que un agente hace una transacción económica, recibe o da dinero. Es decir, en pocas palabras: con “sistema alimentario” no hablamos de la salsa de tomate que tú te pones en los espaguetis sino del viaje que hace el tomate del huerto hasta tu plato y a lo largo del cual cobran tanto el agricultor, como el del camión que lo transporta, la fábrica donde se elabora la salsa, el supermercado que la vende y todos los colaterales que han aportado (y vendido) ingredientes, ollas para hacer la salsa, botes para envasarla y también los restaurantes que la incluyen en sus recetas. Todos estos agentes forman el sistema alimentario, y el objetivo es satisfacer al cliente consiguiendo el máximo margen.
Es importante resaltar que el objetivo de toda empresa es conseguir clientes y mantenerlos. Con esto no estoy eximiendo a la empresa de su voracidad lucrativa, sino que intento transmitir que, evidentemente, lo que le interesa son los dineritos de tu bolsillo, pero que sabe perfectamente que sin clientes no llegará al bolsillo de nadie. Y las empresas están totalmente afanadas en saber qué nos interesa, cuáles son nuestras prioridades, deseos y necesidades. Por eso todo el día hacen análisis, elucubraciones, consultas a las bolas de cristal y a los oráculos para saberlo y adelantarse a ofrecérnoslo antes que la competencia.
Hay un ejército de analistas que te están mirando por el ojo de la cerradura afanándose a darte más y mejor de aquello que eliges
Todo este discurso para deciros que la empresa puede ser pérfida, pero nosotros somos quienes la guiamos, quienes le transmitimos cuáles son los productos que queremos encontrar en los lineales del supermercado. Aunque nos consideramos unas pulgas, unos pequeños átomos en el universo de la industria alimentaria, y nos parece que las tres onzas de jamón cocido que ponemos en la cesta no son significativas, recuerda que hay un ejército de analistas que te están mirando por el ojo de la cerradura, afanándose en darte más y mejor de aquello que eliges. Nuestra compra –por pequeña que sea– tiene voz, pero también tiene voto porque construye y modifica nuestro entorno.
Las tres onzas de jamón cocido, los 100 g de queso o el par de mandarinas que pones en la cesta tienen un impacto más real y directo que la papeleta del voto que introduces en la urna. Si el queso que compras es al corte, sin envases innecesarios, y de un artesano de la comarca, estarás transmitiendo que tus prioridades son impactar positivamente socialmente, económica y medioambientalmente en tu entorno. Y el mercado se espabilará, no solo a ofrecértelo, sino a ampliar el abanico de productos. El ganadero podrá continuar viviendo en la zona rural –evitando la despoblación, con todas sus consecuencias–, tus dineritos se quedarán en el territorio y te retornarán en forma de impuestos, y el queso no habrá contribuido a agujerear la capa de ozono porque no habrá viajado y, por lo tanto, no habrá enviado CO₂ a la atmósfera.
Mientras sigamos poniendo en la cesta aquello que es más rápido, más barato o más llamativo, estamos votando por un modelo que destroza el territorio, aplasta al pequeño agricultor y nos aleja de cualquier compromiso real con el planeta
Porque, al final, detrás de cada feria Alimentaria llena de productos estrambóticos y de tendencias efímeras, hay una verdad incómoda que miramos de reojo: no nos han vendido un sistema alimentario insostenible; nosotros lo hemos comprado. Y mientras seguimos poniendo en la cesta aquello que es más rápido, más barato o más llamativo, estamos votando por un modelo que destroza el territorio, aplasta al pequeño agricultor y nos aleja de cualquier compromiso real con el planeta. La sostenibilidad no es la última de las prioridades porque nos importe poco; es la última porque, en vez de ejercer el poder que tenemos en los dedos cuando cogemos un producto del lineal, preferimos delegarlo en una urna que solo se abre cada cuatro años.
Así que la próxima vez que abráis la nevera, preguntaos no solo qué hay para cenar, sino qué mundo estáis ayudando a construir con cada bocado. Porque el futuro no lo deciden los grandes directivos de la alimentación en una feria faraónica. Lo decide vuestra cesta. Y la mía. Y ahora que estamos a tiempo, quizás vale la pena llenarlo con la tendencia más sensata: la sostenibilidad del planeta.
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